domingo, 17 de junio de 2018

Eliseo (10)


El mar es asombrosamente azul. Paco lo sabía antes de llegar. Conforme bajaba por la rambla sabía que aparecería en cualquier momento y vivía con ansiedad infantil el instante en el que empezaría  a dibujarse sobre los últimos edificios, sobre los coches, sobre las cabezas de las personas que caminaban ajenas a su drama y a sus pequeños quebraderos de cabeza. Parece un señor que acaba de superar un episodio vascular grave, con un chándal de domingo, impecable, caminando voluntarioso para que sus arterias queden limpias como una patena. Una señora le saluda y él le devuelve el gesto. No sabe quién es. Después de tantos años tiene en su memoria una gran cantidad de fisonomías sin nombre, algunas de ellas compatibles. En verdad siempre hay gente que se parece mucho a otro sin que la sangre les una. Es asombroso cómo en cualquier lugar hay alguien con nuestros ojos o nuestra sonrisa. Sería un mal testigo, porque confundía a menudo a las personas con las que no tenía demasiada relación. Lo de los nombres era otra cosa, porque tenía la mala costumbre de rebautizar según el momento. Acababa de cruzarse con alguien a quien llamaba Ploumbier, en honor a un fontanero rijoso con el que compartió escalera hace algunos años y que le ha parado para decirle que no le concibe sin la ropa de camarero. Debe ser una de las cosas que más le han repetido en la vida, a veces siente la tentación de contestar, pero no conduce a nada. Él es Paco de Casa Paco y como dice Matilde en el colmo del cachondeo, ha creado su propia marca personal desafiando lo de la zona de confort, ese cuento de tírate al tren, según la opinión de Matilde, que decía que para ella salirse de la zona de confort era cruzar la ciudad en tacones, porque el resto de su vida cotidiana era digna de Robinson Crusoe. La brisa, y de momento, el azul. Paco decide que es buen momento para sentarse y descansar, y mirar, y pensar en Remi y en Susana, en cómo fueron inseparables y en cómo la vida les ha ido distanciando, en el caso de Remi, hasta de él mismo. Remi debía ser la persona más equilibrada de la galaxia hasta que se quedó encogido de puro miedo. Y esa Matilde… Miedo le da preguntarle por Susana. Seguramente le dirá que es una racha como otras veces y que estas tonterías las hace para sentirse viva y joven y pensar que aún puede dar la vuelta al mundo como las herederas ricas de las revistas. En el fondo sabe que no es así, que hay algo que la corroe y que ese algo tiene que ver con el miedo a las arrugas, a la demencia, a la soledad y a la muerte. Susana vive pensando en un futuro oscurecido por la idea de la enfermedad. El asunto de Remi la tenía devastada, y por alguna razón en ella había tomado cuerpo la  idea de que algo así entraría en su vida para quedarse. De estas crisis habían tenido muchas, muchas. En una de ellas Susana se puso una cama en el bar, esa fue la peor sin duda, y entonces Pili la convenció de que volviera a casa. Pasaba de vez en cuando. Sólo se apagaba un poco, dejaba de hablarle, de tocarle. El niño estaba casi interno, era lo mejor para un chico de sus capacidades. Al año próximo se iría a Francia a terminar sus estudios y entonces sólo serían ellos dos en casa y en el bar. Dos para tropezar o para evitarse. Dos amigos o dos extraños. Alguna vez a Paco le había rondado la idea de hacer una cafetería fina, olvidarse de los boquerones en vinagre y de la parroquia que aterrizaba a la hora de almorzar a tomarse dos cañas a la carrera. Una cafetería fina con señoras bien vestidas que dejasen la chaqueta sin temor a mancharla. Ese proyecto liberaría a Susana de la cocina; el horno era otra cosa. Tampoco costaría tanto la reforma y a ellos les faltaban unos años para la jubilación, por lo que sería una manera inteligente de rematar la vida del local mientras se cotizaban el máximo. El bar hacía buena caja, eso no podía negarse, pero Susana estaba harta y él no se sentía con fuerzas para pedirle que guisara más, que limpiase más, que estuviese más tiempo en aquel expositor que había elegido erróneamente, y que tanto le pesaba. Qué preciosidad de azul. Susana dibujaba con tinta, era buena, según decían. Acaba de caer en la cuenta de que hace mucho que no la ve dibujar, sólo la ve vagar a deshoras. Ella hubiera pintado aquella línea de mar con unos barcos en el fondo, con esas bateas apenas, con aquellos pájaros que se clavan entre las olas. A veces pintaba caras que no pertenecían a nadie, que eran solamente composiciones a base del material que consumía los días sofocados entre sartenes y ollas, gestos captados de reojo con fidelidad fotográfica al girar la cabeza en la cocina. Había pintado una vez al padre de Yoni de espaldas. Quizá es el mejor de sus dibujos. Le hubiera reconocido entre millones. Era él. Un esbozo apenas, dos líneas y allí estaba ese animal, como le llamaba Matilde en la intimidad. Ah, Matilde, qué grande era. Llévala a un terapeuta, Paco, llévala de fin de semana. O no la lleves. Cómprale una estilográfica para que te escriba cartas de amor. Matilde se quebraba al recordar que Remi le compraba un papel amarillo pálido  maravilloso para que ella le dejase de vez en cuando una carta. Remi ya no le compra nada y ella no le escribe porque no quiere decirle lo que piensa. Matilde habla poco con Remi, sólo le mira al fondo de los ojos para descubrir ese momento en el que vuelve un instante a ser él. Ya no le hablo casi, Paco, y él me dice que no me enfade, y yo no estoy enfadada, sólo estoy rebelde con esta puta vida que no nos hemos merecido, Paco, que creo que hemos sido buena gente a pesar de mi mala leche y de esas ganas perpetuas de meterle fuego al mundo, eso ya sabes que no es cierto, que es sólo es una terapia que me he impuesto para dejar que la rabia salga por alguna parte.
Paco le ha comprado una pluma. Se la puso en las manos, sin envolver. Sólo la pluma. Pinta edificios si no quieres pintar mar. Pinta desde el balcón. Pinta a Matilde o al pasante, pinta el autobús, eso me da igual. Sólo quiero que vuelvas. Susana probó la pluma en el reverso de un sobre del banco. Era emocionante tener algo que hacer, algo inesperado. Mientras ponía su nombre observando el trazo, volvió a sonar la puerta. Paco se había ido. Desde el balcón le vio cruzar la calle, pero esta vez él se quedó esperando que ella apareciese por el balcón y agitó la mano, diciéndole adiós. Al mismo tiempo Matilde y Eliseo observaban la escena desde el bloque 20. Aquí ha pasado algo, grita Matilde a Eliseo,  y él sonríe tímidamente, casi con vergüenza al ver a su vecina gritándole desde abajo; le parece una escena un tanto suburbial, simpática incluso. ¿Usted cree? Y tanto. Me parece que se le ha acabado la tontería por ahora. De vez en cuando aterriza, confiesa la mujer en tono confidencial, le entra un come come y zas, en barrena. Y Paco es tan santo como los primeros cristianos y se las ingenia para que ella esté bien. Esta Susana tiene aún pajaritos y cree que se le escapan los trenes. Si Paco le dice... Oye, ¿por qué no subes, que así es muy incómodo? Va, sube. Eliseo se acaba de dar cuenta de que no ha podido rehusar y está como diría Tere, en faldón, o lo que es lo mismo, no presentable. Se cambia y sube. Matilde le espera en la puerta. Entra, hombre. Qué raro que no hayas venido a mi casa en tantos años. Pues sí, intenta decir Eliseo, pero sólo le sale el pues. Remi le mira y le saluda con una expresión de placidez próxima al sueño. Hola Alberto. Hola, dice turbado un Eliseo sin recursos. Alberto es su primo, hace al menos veinte años que se murió. Tú síguele la corriente, dile que mañana vas a pescar. Que mañana me voy a pescar, dice un Eliseo extrañado ante el papel que estaba desempeñando. Remi se removió con una gran sonrisa. Me voy a la cama, mañana vienes y nos vamos. Vale, vale, buenas noches. Remi trastabilla al levantarse y Eliseo le levanta por debajo de los brazos. Al salir de la habitación, Matilde se hunde en un sillón. Una luz débil sale del dormitorio, es como un vigía que no deja que se olvide nadie de lo que queda de Remi. Matilde mira en la dirección de la luz y propone tomar algo ¿Café o vodka? Menos mal que no soy de beber, porque si lo fuera me iba a poner ciega ahora mismo. Usted no puede con esto, Matilde, tiene usted que pedir ayuda. Yo puedo venir cuando usted quiera, si estoy en casa, no lo dude. Matilde explica en dos frases su experiencia por los despachos donde deberían haberla ayudado y de los que salió más incendiaria que confortada con unos bonos para un comedor social;  apoya el índice en la sien. Aquí me parece que me clavan un estilete cuando me mientan los servicios sociales. Te lo agradezco, tutéame, pero esto es mío y para mí. Además, a tu hermana le da una embolia si te ve que me ayudas. Eliseo se siente en la obligación de defender a Tere de la invectiva, y se estira un poco en la silla antes de contestar. Mi hermana no es mala, Matilde, contesta un Eliseo completamente serio hasta que Matilde y él estallan en una carcajada fresca,   que rompe toda la tristeza anterior. Sí que es mala, y borde. Qué borde es, Matilde.

lunes, 11 de junio de 2018

Eliseo (9)


Pasó la noche lentamente. La mujer de enfrente, pese a toda su artillería óptica, estaba inusualmente quieta, sentada en un sillón. Eliseo la observaba ya hacía un rato; tampoco hacía él gran cosa. Sus progresos de interiorismo habían llegado al cénit al poner unas cañas de bambú en un jarrón. Algo vivo y relajante, se dice un Eliseo satisfecho con sus pequeños cambios, aunque un poco molesto al descubrir que Nemo está injustamente confinado y que debe hacer algo con él, que será esperar su muerte por causas naturales, ya que Tere tiene un acuario de órdago, pero lo mismo las especies que lo pueblan son sólo depredadoras y no puede correr el riesgo de convertir al pobre Nemo en la merienda de uno de los campeones de José Antonio. Era José Antonio un hombre nacido para competir. Eliseo observaba su actitud de lejos y notaba cómo se erguía si su interlocutor era más alto, cómo cruzaba los brazos a la más mínima oposición de argumentos, cómo ponía una mano sobre el hombro de aquél al que quería marcar. Con él era distendido y hasta condescendiente, ejerciendo una especie de protección muy lejos de la realidad, porque casi veinte años les separaban, y su cuñado empezaba a acusar los achaques propios de la edad, en forma de articulaciones crujientes  y falta de visión periférica, lo que dificultaba tareas como la conducción de un coche de muchas válvulas sobre el que hablaba con más orgullo que si hubiera sido un hijo. No era mal hombre José Antonio, pero entraba en una categoría de personas con las que no era capaz de sintonizar. Desde hace unos días Eliseo está preocupado por encontrar a otros con los que sintonizar. Le gustaría saber qué opina de eso la mujer de los prismáticos militares.
Susana está desplomada en el sillón del balcón. Es ya muy tarde y el sueño no llega. Le dice el doctor que se acueste, que no empiece otras tareas, que establezca una rutina. ¿Otra? Se pregunta Susana. No puedo con más rutinas. Su doctor le dice con cariño que las rutinas hacen que todo fluya. Por supuesto que no ha preguntado la mujer a qué se refiere con todo y a qué se refiere con fluya. Paco y él se conocen desde que hicieron la mili. Lo mismo Paco le ha dicho que ella se va de la cama y que él hace porque vuelva y no lo consigue. Los puñeteros secretos. A ratos quiere ser Matilde y seguir a rajatabla su máxima, que es no callar nada y después apechugar hasta que escampe. Pero para eso hay que nacer así, con ese descaro y esa frescura. Pili lo tiene claro: te cueces a fuego lento, Susanita, y claro, así no te escapas de todo eso que piensas. No sabe si Pili está al tanto de ese morirse poco a poco que la agota por las noches, pero como es una sabuesa de primera, le comenta con autoridad que no dormir es el abismo. Pili lo sabe y ya está. Asumámoslo, se dice Susana vencida, y por eso a veces coge el pan a la carrera, aunque quisiera decirle que se consume porque el niño es mayor y la aparta, porque Paco es mayor y la requiere, porque ella es mayor para otra vida, porque se siente cobarde, porque casi cree que no pasaría nada si se quitara de en medio. Este discurso que avanza a grandes pasos hacia la tragedia sólo es posible si no está Matilde cerca; su forma de confrontarla con la realidad siempre la dejaba sin razones para la queja: la desgracia es relativa, como la felicidad, como la alegría. Tienes cara de difunta de tercera, le solía decir Matilde, con una especie de cariño brutal que la devolvía de nuevo al mundo.
Susana se mete sigilosa en la cama. Paco se vuelve hacia ella, le roza la frente apenas con las puntas de los dedos. Que yo te quiero, Susana. Que ya lo sé, Paco, descansa que aún queda noche. Paco espera la respuesta a esa petición velada que hay en toda declaración. Había tenido un buen día. Logró hacer un par de corazones perfectos en el café de una pareja, un tulipán al hombre que ha resultado ser pasante. Le gustaba ver la cara de fascinación de  sus clientes  al ver el resultado de la filigrana. La leche flotaba sobre el café  como por arte de magia y él se desenvolvía con ligereza de ilusionista. Sus clientes parecían niños asombrados. Qué agradable era poder coger un adulto cualquiera y hacerle feliz un instante. Una tostada perfecta,  una porción generosa de tarta, una cucharilla brillante como un espejo.  Qué lástima que Susana ya no se asombre de esos primores diarios, que Remi no venga a contarle que podía estar en Roma haciendo esas cosas y cobrar el triple por un café. Qué pena que la belleza de esos actos insulsos sólo toque el corazón del desconocido. Por qué, se pregunta Paco, no podemos conservar la capacidad de asombrarnos y nos convertimos en esclavos de las rutinas, de los recuerdos. Por qué reinventamos el pasado y deseamos un futuro imposible.
Susana salta de la cama en un movimiento eléctrico y repentino. No puedo más, se dice, y se levanta, dejando a Paco fingiendo un sueño que también ha perdido. Si dejo el bar, tengo que ir a trabajar a algún sitio. Si dejo el bar dejo a Paco, porque yo quiero a Paco, pero no quiero lo mismo que él. Si dejo a Paco tengo que dejar el barrio, porque llevamos aquí toda la vida y no podré responder tantas preguntas. Donde quiera que mire estará él y eso será insoportable. Paco dirige sus ojos hacia el balcón, donde Susana divaga. No parece mirar hacia ninguna parte, apenas murmura en voz baja. Quisiera poderla escuchar, poder hurgar en lo que la inquieta. Susana le escuchará, pero ¿qué decirle ahora? Paco ya no tiene razones, sólo creencias: sin ti me muero, sin ti no vivo, sin ti no tiene sentido, sin ti, sin ti. Se ve como esos clientes que entran a veces al bar, buscando comer cualquier cosa y se quedan mirando a Susana, y ella les sirve muy seria, y ellos parecen infantes, y todo lo encuentran bueno porque les recuerda a alguien, porque necesitan comida caliente, porque andan perdidos entre la gente, buscando a quien no vendrá. Él no quiere ser un hombre triste, pegado a una vida pasada, un soltero calavera, intentando tener veinte años. Él quiere tener los años que tiene, pelear con el hijo  de vez en cuando, comer en el campo los domingos. Él quiere que en todas estas escenas esté Susana de fondo, que llene con sus gestos los silencios. Él cree. Él quiere. Lo que nadie sabe aún es qué quiere y qué cree Susana.
Susana  se remueve en el sillón, parece que hace frío, pero entrar es entrar a decir: mira Paco. Prefiere helarse en el sillón y ver cómo duermen los vecinos. Matilde ha sacado un pañuelo blanco y le ha hecho dos señales. Ayer le dijo muy seria que cuando la viera como un alma a esas horas haría cualquier chorrada, para que quedara patente lo que estaba pensando ella. Ya lo sé, Matilde, ya lo sé. Paco esta noche se resiste. Mañana libran y no hay excusa. El hombre de la pecera tampoco hace por dormir, apoyado en la ventana hace horas, mirando cómo otros duermen, o vigilan, o  huyen de  las propias ideas. El hombre de la pecera, Eliseo desde hace unos días, ya no apaga la luz y ayer, al coger el pan, miró a Pili a la cara. Matilde las tiene al corriente, dice que no hay maldad en su cuerpo, y Pili suspira con fastidio. No puede ser que este hombre me llegue un día y me diga: Pilar, quiero cenar con usted. Pues es inminente, dice divertida Matilde. Pili se pone seria y requiere a sus amigas. Decidle lo mío con Lola. Decidle que no me gustan los tíos. Anda, boba, dice Matilde, ese no se lanza en la vida. Va a esperar que casque Tere en tal de no oírla, y para eso faltan  diez años al menos.
La puerta suena, rotunda. Paco se fue en algún momento. Susana entiende que amanece. Apenas un rayo de luz, un frío que la ha entumecido, ni un alma por la calle. Paco debió doblar la esquina, le ha perdido de vista. Qué descanso, se dice ella. Paco se quita el mal humor caminando, un día llegó hasta la playa. Llevaba arena en las zapatillas y olía a sal al volver. Lo recuerda. Recuerda la incertidumbre, el sabor de la sal, el crujido de la arena. Otras veces ha decidido Susana que la vida es una estafa, y otras veces Paco ha esperado una inflexión caminando. Esta mañana se ha ido sin decir nada a Susana.  Es una forma de respeto que utiliza en contadas ocasiones, en las que la paciencia se ha consumido en actos sin significado aparente, como leer en el balcón antes del sueño. La ha dejado sola para que pueda ir donde Pilar y allí hable con Matilde y con ella del hastío, de la vida, de lo que no se puede negociar de los días que pasan, implacables.
En la panadería, Matilde tiene a Pili cogida de ambas manos. Tú no te agobies, mujer. Tú verás cómo eso no es nada, cómo es muscular, o nervioso. Susana llega suspirando. Mira quién llega… Ayer te vi gilipollesca, serían al menos las cinco, ¿viste que te pedí la oreja? Matilde tiene para todas y pone a Pili en antecedentes. Paco se ha ido a andar, lo mismo tarda tres días. Eso no es malo, eso es la vida. Yo ya no peleo con Remi, me dice a todo que sí. Lo que daría yo por poder tener con él aunque fuera una bronca. Eliseo entra sin hacer ruido y da un buenos días muy pobre, Pili le alarga la barra y él le da justo el importe. Un adiós aséptico y la puerta zanjan una posible conversación. Camina Eliseo por la calle diciendo que tal vez mañana, cuando una mano en el hombro le hace detenerse por sorpresa. Lo mismo es el quinqui que le acecha. Si grita, le oirá Matilde. Hace un esfuerzo supremo al girarse y mirar. Es la mujer del bar.
-Me llamo Susana, Eliseo. Soy la del telescopio.

domingo, 3 de junio de 2018

Eliseo (8)


Ya me cuentas, ya me cuentas, dice Matilde al aire, caminando con energía por la calle, sin ver ya la cara del destinatario de sus palabras. Encuentra a Eliseo de frente, apretando una carpeta contra el pecho. Hola vecino, te acompaño. Eliseo se deja llevar hasta el portal por Matilde. Es valiente esta Matilde, con el marido hecho cisco, se dice un Eliseo un tanto perturbado por la familiaridad con la que la mujer le trata. La verdad es que no suelen hablar mucho, pero sabe por Tere que Remigio no puede con su alma desde hace más de seis meses, en los que anda por los espacios siderales, en palabras de su mujer, que es una santa en opinión de Tere, que tiene opinión para todo y sobre todas las cosas.
Eliseo, hombre de Dios, si ese quinqui que te sigue te molesta, tienes que hablar con la policía. No puedes dejar que te acose, que esta gente no entiende más que dándoles leña. Lo siento, Remi tenía más temple. Él aburría a los fantasmas, los dejaba cociéndose en lo suyo. Yo en cambio estoy que muerdo, supongo  que por esta puta vida que me queda. Me hago vieja con Remi y cualquier día no puedo con él. Tengo que reformar el baño y me cuesta un riñón. Me acabo de dar cuenta de que las puertas de mi casa son demasiado estrechas, que esas cosas nunca las piensa una hasta que las piensa. Eso sí, me voy a resistir todo lo que pueda a una cama de hospital, que aunque él no me reconozca me acuesto a su lado y duermo con ese calor que desprende, que desde que estamos juntos no he vuelto a pasar frío. Gracias a las pastillas. Luego dicen que los españoles tomamos muchas, pero a ver cómo se concilia el sueño con esta mierda de pensión que nos ha quedado. Jubilarnos antes de tiempo nos ha hecho polvo, pero ¿qué iba a hacer? Te estoy mareando…  Eliseo le coge las bolsas y le sonríe. ¿Me escuchas? Que no te dejes pisar ni esto. Matilde junta índice y pulgar un instante, describiendo un círculo y Eliseo sigue el dibujo de sus dedos en el aire. ¿Tú te crees que este tío tiene agallas? Lo que tiene es una castaña del diez, que le falta la de esta semana entrante, la está pidiendo por favor, que sólo sirve para calentar la sangre ajena. Te digo Eliseo que este tío está  muy mal, a punto mismo del naufragio, y no dudará en molestarte, si ve que te saca astilla, que puede que lo suyo no sea ni maldad, que sólo sea puta ignorancia, pero alguien así con la lástima te devora. Las maneras castizas de Matilde intimidan al pasante, que aclara con timidez que es cosa del jefe el asunto, a lo que Matilde replica con energía.  Le dices a tu jefe lo que hay y tu jefe hará. Que no lo hace, que este tipo sigue rondándote, tú vienes y me lo dices. Me pitas. Matilde, vamos al cuartelillo. Y yo me voy contigo y le piso el cuello en diferido, que es de esa gente que me pone de mala sombra, de los que escupen, de los que mean donde les pilla, de los que gritan en el bar, que para un triste café que me tomo, me pasaba a cuchillo al que se pone a berrear. Este es de los que van a toda pastilla en el coche y atropellan ciclistas, que te digo yo que es el anticristo, la negación cultural, eso que quisiera una que no le tocase nunca cerca. Ya sé que me estoy pasando, que él no tiene culpa de lo de lo que vale el plato de ducha, pero o vomito las bilis o voy al psiquiatra, y no me da, Eliseo, no me da…Eliseo esboza un gesto de comprensión sin atreverse a contrariar ni una pizca a una mujer que parece resulta a todo. Una mujer buena, agraviada permanentemente, herida, cansada.  La mujer de la bolsa de basura es amiga mía, ¿no te lo había dicho? Me hizo un par de vestidos cuando Remi y yo nos acabábamos de mudar. Parece que hace mil años. Lo que pasa es que no quiero meterme. Pero me he dicho: Matilde, total ¿qué te puede pasar? ¿Que te dé un tiento? Una vez un alumno mío hizo amago de pegarme. Me tienes que matar, le dije  con los ojos redondos, y se fue  a su casa con cara de espanto. Imagina el padre luego. Que el niño era un líder del mañana, que es la edad, señora mía, que si yo estudié en los curas y eso sí era abanicar. Como si el canalla tuviera derecho a ir a tocarme las narices. Que viene la de latín, tío, esa que lleva las faldas largas, jajá, tío, verás cuando le haga como que le voy a dar, verás cómo flipa, tío. Y yo estaba detrás de la puerta escuchando, diciéndome: eres un mierda, y vas a ser un mierda toda tu vida. Qué mal momento eligió el muchacho, que estaba yo en el baño serenándome porque esa mañana Remi se había despistado en la calle y a mí me dio mala espina. Estaba aterrado en mitad de un paso de cebra, se quedó clavado al asfalto y cuando se tranquilizó me convenció para que le dejase en la cafetería del instituto porque tenía hora libre.  Me pasé toda mi hora de clase diciéndome si estaría bien y al salir de allí, a mediodía, ya no era él. A veces la vida se te cae en un rato, y después no hay quien la recoja. Por eso te digo, Eliseo: tonterías las justas.  Este ser que te atormenta necesita un correctivo. Y yo, con tu ayuda, lo rasco, porque se está quedando pegado a mi vida, que la otra noche, Eliseo, cuando iba a quedarme durmiendo, vino el cabrón a pitarte. Si lo cojo, Elliseo, me lo cargo. Remi abrió los ojos dormido, porque le había dado las gotas, le dio un ataque de pánico y no pudo dormir esa noche, llamándome a gritos. Si pillo al padre de Yoni, si lo pillo…
Eliseo sólo asiente. Habla mucho esta Matilde, hay que ver lo que lo necesita. Que me quedo aquí, que muchas gracias. Muchas de nadas, responde ella. Si esta noche te sale, ven a verme, sin problemas.
Abre la puerta Eliseo. Al fin en casa, se dice. Matilde sube un piso más, menos mal que hay ascensor, porque se pega al riñón la escalera. Matilde debe tener setenta, o alguno más, casi de la edad de Tere, pero la lleva mejor.  Tere es de esas personas que parecen indestructibles, pero le falta calor en el corazón. Matilde es frágil y valiente, por eso sufre tanto y necesita llorar más según Pili, que conoce a Matilde casi toda la vida y vigila la profundidad de sus ojeras cada mañana. Pili a veces se olvida que Eliseo está haciendo la cola y habla con libertad con la mujer del barista, que también tiene la mirada cargada de palabras silenciadas.  Ambas le ignoran en un ejercicio de confianza que no es desprecio. Eliseo siempre ha sido invisible, y por eso no le extraña que se desarrollen conversaciones personales en su presencia. Apenas son unas palabras, retazos de frases, pero no hay cambios en  la entonación, como si ambas mujeres se sintieran cómodas con el hombre. Lejos de sentirse ofendido, Eliseo se relaja. Allí no es mal recibido, al contrario. Entre ellas era uno más.
Cae la tarde y desde la ventana Eliseo ve a la mujer del telescopio discutir con un adolescente que bracea frente a la ventana del salón. Un adolescente debe ser un reto, se dice para sus adentros. Hace tiempo que no trata con ninguno, y la verdad, tampoco tiene curiosidad. Le proporciona cierta tranquilidad tratar sólo con adultos. Si él tuviera un adolescente en casa tendría que preocuparse de su educación afectiva, si acaso el conocimiento más difícil de transmitir, puesto que uno siempre se percibe como único en estos asuntos y construye las teorías sobre dolores pasados y angustias futuras. Si hoy alguien le hubiera esperado en casa, si alguien le hubiese interrogado al llegar, no podría más que contarle su encuentro con el desconocido en la oscuridad, o mentir y hablar de cualquier otra cosa. Debe ser difícil convivir con alguien, comunicarle tranquilidad, protección, ser imagen de rectitud. Matilde y Remi no tuvieron hijos, se lo dijo Tere. Ellos sí hubieran sido buenos padres, y ella ahora tendría con quién compartir el dolor. Un hijo que crece con una madre así debe sentirse feliz, porque Matilde debió ser indestructible unos años atrás. Fantasea Eliseo con una infancia sin miedos, sin inseguridades. Una infancia rodeada de cosas hermosas. No ha ido a casa de Matilde, pero imagina que tiene un Modigliani en el salón. Un Modigliani o un Pisarro. Matilde debe estar rodeada de cosas hermosas, cosas que le produzcan felicidad cuando Remi no sea él y el mundo se le caiga encima. Eliseo da vueltas a estas cosas con la ventana abierta y ve salir a un muchacho de la portería del bloque de enfrente. Los que se van y los que se quedan pueblan las aceras de la ciudad que deja ir ríos de personas a ciertas horas del día y de la noche. Ahora mismo era una hora de salida. Iban a coger el transporte los que harían el turno de tarde. Dentro de dos horas llegaría otra riada de caras cansadas, ausentes en sus pantallas, con gesto relajado, con caminar disciplinado, rumbo a los edificios que formaban aquella masa de hormigón salpicada de árboles viejos. A Eliseo le gustaría saber qué pasa por sus mentes, qué les inquieta, qué desean, si son dichosos. Le gustaría poder hurgar en sus agendas y ver las citas pendientes. Él no tenía ninguna, solía ser así. Por eso el encuentro con Matilde le había parecido tan extraordinario. Matilde necesitaba desahogarse y él agradecía la conversación trivial. De momento sabía de la tristeza de ella, de su rebelión permanente, de su afán protector. En verdad tenía suerte de haberla encontrado. Era una coincidencia feliz,  un verdadero acontecimiento.
Algo que nunca podría contar a Tere.

lunes, 28 de mayo de 2018

Eliseo (7)


Eliseo marcha con el pan a casa. Hoy se le ve exultante, con una camisilla de cuadros que ha intentado planchar sin demasiada fortuna. Parece un adolescente, inseguro y candoroso, con ese rubor indisimulable que le sube al rostro cuando la panadera le mira a la cara. Pobre hombre, se dice Pili, la que le va a caer. Vino antes que él Susana y le dijo que el padre de Yoni andaba tras un vecino de Matilde. Confrontaron sus conocimientos y llegaron a la conclusión de que el analista era en realidad el pasante, de nombre Eliseo Serrano, y probablemente por eso anduviera semejante personaje tras él, por uno de esos juicios que le caen de vez en cuando por cosas nada importantes, como llevar el coche sin seguro o conducir algo pasado de copas. Este hombre es un desastre, afirma Matilde -recién llegada a la tahona y puesta al día por Pili- refiriéndose al padre de Yoni, siempre metido en grescas, y este Eliseo, Dios mío, con tan poquísimo espíritu, con esa cara de escolapio, que le van a dar hasta en el paladar. Hoy vino hecho un niño cantor de Viena, dice Pili, que pone cara de hastío por el asunto de Yoni padre, a lo que Matilde responde entornando los ojos, tapándose la boca ante el bostezo inminente, pensando fugazmente en Remi  cuando enfila la acera en dirección a casa Paco. La cantidad coches verdes que circulan hoy, hay que  joderse… Paco, perdóname que estoy un poco gili, porque no sé si lo mío es madrugar o trasnochar. Se lo va a comer por los pies, dice Matilde  a Susana, nada más verla  salir de la cocina. Cualquier día vienen los de El Caso. Paco, Paquito, dame un café en condiciones, que Remi está en la cuarta dimensión desde ayer tarde… ahora dice que soy su tía.  
Yo invito al café, dice Paco cogiendo a Matilde de la mano, estrechándosela un poquito. Matilde sabe surfear la vida. Cuando daban clase los dos, Remi y ella, se iban de viaje a Roma y venían hechos dos figurines, bronceados, estilosos. Parece que ve a Matilde entrar con la cámara de fotos colgada y una bolsa de papel en la que siempre les traía algo; ahora que todo ha cambiado,  sabe llegar de la farmacia igual de señora, aunque lo que lleve en el capazo sea un catálogo completo de píldoras de todos los colores. Aún me quedaba mundo por ver, pero mira, no esperaba yo ver tanto esta parte, dice con su habitual sorna mientras acaba el crucigrama con las gafas de Paco, que según él son las gafas del pueblo, porque sus clientes las piden como piden la baraja. Paco le dibuja un corazón con la leche y le guiña un ojo antes de ponerle dos barquillos que Matilde muerde con éxtasis teatral. Sacude el azucarillo con la pierna cruzada, sentada en la barra con verdadero sentido del equilibrio. Que me pierdo, Paco, dice con media sonrisa amarga tras apurar la taza. Susana le manda un beso desde su puesto de mando y Matilde se va sin prisa. Mañana me dejas pagar, ¿me oyes? Paco sabe que anda escasa, pero que conserva intacto su amor propio. Cuando naufragó Remi se pulió los ahorros en doctores, y ahora ya sólo toma café cuando puede. Es una señora, se dice Paco. Mientras tuvo no le faltó a nadie que estuviera cerca… Una mujer así merece mejor suerte y no sufrir por si llega al día de cobro. Entre el dinero y Remigio, Matilde es especialista en luchar contra el tiempo. Paco empieza a pensar que el tiempo también a él le está venciendo, cuando se gira en la cama y Susana ya no está, y la ve respirando con dificultad, a grandes bocanadas. Lo mismo le falta el aliento porque quería ser cocinera y viajar. Quería ser muchas cosas, pero quería también quedarse. Decidió pagar peaje. Siempre se paga, cariño, le dice Matilde muy seria a Paco, siempre se paga, siempre. Si se hubiera ido, uno, si se ha quedado, otro. Matilde cree que son muy felices, a pesar del sofrito y las facturas. Cómo no vas a serlo, no te consiento otra cosa, le dice a Paco por lo bajo cuando Paco le cuenta sus cosas, como que Susana se levanta por la noche y camina descalza con las puntas de los pies para no despertarle, abre un poquito el balcón y se escabulle a mirar las otras vidas. Él recibe el aire fresco con los ojos cerrados, simula dormir y se da la vuelta. Matilde ve desde su casa apenas un esbozo de la maniobra, pero distingue a Susana, que se abre paso en la oscuridad de la habitación, se calza, se echa un chal sobre los hombros, va a la cocina, vuelve con un té. Paco la observa desde la luna del armario; Susana parece feliz mientras está acomodándose en el sillón, acercando la cara al telescopio. Paco cierra los ojos porque ya no quiere mirar, cree que ya ha visto bastante. Con el otoño se le quitará la curiosidad, dice a veces Matilde. Cada vez hace más frío, métete para dentro, dice Paco a Susana, que respira profundamente al escucharle, como cuando iban a la sierra el día libre, y salía del coche al amanecer, y volvía en una carrerita de niña pequeña, y se pegaba a su pecho, buscando calor. Pero Susana ya no vuelve. No contesta a esa petición que se diluye, muy poco a poco. Un día de estos, lo sabe Paco a ciencia cierta, Susana le va a dar un susto. Ahora sólo está triste, pero puede que un día de estos se levante decidida y le diga que le deja, o que le quiere pero le deja, que será mucho peor. Ella tiene la certeza de que no hay nada que hacer y por eso llora sobre la cebolla y niega estar triste cuando él se le acerca y la abraza, y la mira al fondo de los ojos, y ella huye porque no puede explicarse. Huir de él de día, huir de él de noche. Huye de la cama y refugia su mente en las casas de otros. El telescopio enfoca al piso de enfrente; es el de un hombre que dice el padre de Yoni que es analista, pero Paco cree que no, porque tiene maneras de administrativo y lleva las manos manchadas de tinta. Últimamente viene a tomar café. Un cortado a media mañana, desde hace dos semanas. Parece contento con el servicio; parece inofensivo, tal vez lo sea. Es vecino de Matilde y ella dice que es soltero, que tiene una hermana horrenda que le pone a caer de un burro. Paco sólo sabe que el padre de Yoni le sigue, le ha visto hacerlo unos días, y eso no puede ser bueno. Es un hombre sin matices, y si acecha a alguien es porque quiere caer sobre él como una fiera. Con él no tiene ni para empezar. Casi le dan ganas de advertir a la futura víctima, pero el plan tiene sus fallos. Le da que el vecino de enfrente no es un hombre especialmente aguerrido, y si piensa que alguien le sigue, lo mismo ni baja de casa.
Ajeno a casi todo, Eliseo se dirige despacio al portal del bufete. Estaba guapa Pili hoy. Al darle el cambio le ha mirado y él ha sucumbido una vez más. Juraría que ella lo ha notado. Qué bonita es Pili, se dice el pasante, un poco más seguro de la cuenta con su camisa recién planchada. Piensa que eso también lo habrá advertido ella, y que tal vez le vea con más benevolencia si sigue progresando en su particular camino de refinamiento. La suerte no suele acompañarle en estas empresas. Siente embarazo al recordar una de esas citas que nunca se produjo y de la que él esperaba grandes cosas.  Elia estaba en la puerta de la biblioteca y él había coincidido con ella varias veces. Habían compartido incluso un café. Aquel día había decidido Eliseo que sería el día. Ella llevaba un jersey amarillo, el pelo sobre los hombros.  Antes que llegara a su altura, la mujer lo miró  un instante y se despidió con la mano sin decirle una palabra. La vio alejarse por la calle, muy despacio, y nunca más volvieron a encontrarse. En aquel momento en el que ella se perdía entre la gente, él debiera haber ido a rogarle que le explicara, debiera haberle arrancado una promesa, pero en la expresión de ella había algo sólidamente edificado: una decisión sin vuelta atrás. Le dijeron que se había ido fuera con una beca. Luchó contra la realidad y la esperó durante una semana después de la partida en el mismo lugar donde solían coincidir, sólo que estas veces no podía hacer trampa y volar escaleras abajo tras verla él venir por la calle. Ella parecía sorprendida cuando él salía del portal y  la acompañaba paseando, ajustando ambos el ritmo de sus pasos para dilatar el recorrido, la conversación. Elia se desvaneció, sólo eso. Con ella se fue gran parte de la alegría del joven, que, volcado en sus estudios, desarrolló cierto aislamiento social. La había visto unos años más tarde. Ella iba en un coche y él esperaba en un paso de cebra que cambiase el semáforo. Pasó como una exhalación; bastó un segundo para volver a los escalones de la biblioteca, al jersey amarillo, a las esperas posteriores, a esa sensación de fracaso que llevaba camino de eternizarse con momentos como el de hoy, temblando como una hoja ante Pili, ante todas esas historias sobre lo que pudo ser y no fue. Por eso el trabajo era un lugar tan apacible. Todo estaba planificado, no había lugar para la sorpresa.  Inmerso en este pensamiento, entra Eliseo con su llave al edificio del bufete sin encender la luz del zaguán. Sabe caminar a oscuras. Nota calor en el hombro, es una mano que presiona, como queriéndole hundir en el suelo. Parece que algo le clava los pies, pues no puede articular el paso. Un hálito a tabaco negro envuelve unas órdenes confusas: que no se le ocurra decir nada, que no se le ocurra moverse. Algo le presiona las costillas. Puede que sea una llave,  un destornillador o una navaja. Puede que no sea nada, pero por si lo es, el hijo del sargento Serrano se queda como una figurita de escayola, esperando instrucciones de la voz que le llega inesperadamente cálida. No me mires, maestrillo, que te dejo sin barriga. No miro, piensa Eliseo, pero no sabe si lo ha dicho ¿Lo repite? ¿Y si se cabrea quien quiera que sea? Pincha un poco su asaltante, requiriendo su atención, y a él sólo le sale un sonido, como cuando Tere bebe agua, un gluglú que no es nada, sólo la constatación de que está aún vivo. Me apuntas en un papel dónde vive tu jefe, ¿está claro? Vendré mañana o al otro. Más gluglú. El empellón le deja contra el panel de buzones, y no oye siquiera la puerta. Buenos días, dice la del tercero derecha, pasados unos minutos. Le veo a usted muy blanco, ¿se encuentra usted bien? Eliseo asiente y sube hasta la oficina donde un cartel aconseja pasar sin llamar. Una vez dentro se desploma en una silla. Aún no ha llegado el jefe, y mejor que tarde un rato. Tiene que buscar cómo contarle que hay un quinqui que quiere darle un susto a domicilio, aunque no corre prisa, porque una nota en su mesa le recuerda que el jefe está en un congreso, y que vendrá mañana tarde. Tiempo de sobra para morir de infarto, se dice Eliseo.


domingo, 20 de mayo de 2018

Eliseo (6)


Susana sigue con la mirada al gato famélico que merodea en la esquina donde la señora Mirta pone montoncitos de pienso. En esa esquina huele a pis de perro, a basura y a sopa de pollo agria. Se superponen pequeñas bandejas de pet transparente con carcasas de ave casi roídas, blancas por el sol. Pequeños cráneos de conejo los lunes. Hileras de hormigas siempre. Restos de paellas y cocidos. Fideos amarillísimos y resecos. Se ve que Mirta no vino o que otros gatos acabaron con todo, porque el animal da vueltas y más vueltas sin pararse. Tiene el pelaje mate y no hay en él ni un ápice de energía. Yo seré como ese gato, se dice la mujer. Se me marcarán los rasgos y la gente comentará que tuve dos rosetones en las mejillas, un hijo que hace tiempo que no viene a verme, un marido que vive en otra dimensión… Susana cree que Paco perderá la cabeza un día, así, sin estrépito, y que en lugar del pensamiento lógico y amable que le caracteriza, poblará su mente una maraña de datos revueltos, como esa masa de tarta de manzana que tanto gustaba  a su hijo cuando era pequeño y que se comía cruda, al mínimo descuido, rebañando el bol con una cuchara grande de madera. Una memoria que sea como una masa con tropezones en la que destaque algo dolorosamente aleatorio, como los pájaros que a veces se paraban en el balcón desde el que ella miraba ahora. Puede que su atención se centre en algo inocente que se convierta en obsesivo, como el marido de Matilde con los coches de color verde, que pasaba las horas muertas contándolos y perdiendo la cuenta, y que sólo llegaba hasta tres. Esperaba Susana que si Paco perdía el oremus le quedase un algo de cariño y la llamase con picardía como hacía el marido de Matilde, trayendo de estraperlo al adolescente que la llevaba a coger melocotones en bicicleta. Matilde acaricia los melocotones con nostalgia y siempre los huele antes de comprarlos, le parece una villanía no llevarle a su hombre la mejor fruta del mercado, aunque ella tenga que comer garbanzos de bote por cosas del equilibrio presupuestario, que ella llama funambulismo, con un deje de amargura. Matilde aún conserva la costumbre de pisar fuerte; le hace falta porque su hombre se desmorona poco a poco cada día. Su mal avanza a traición robándoles la alegría de estar juntos unos pocos años más. Ahora que se han ido los chicos, ahora que nos hemos jubilado, dice con hostilidad entre dientes. Sólo quisiera que su hombre estuviera un poco más con ella, que no perdiera de hablarle, porque a veces, entre tanta palabra sin sentido, le dice “ven, chula”, y Matilde se derrite y se le sienta en las rodillas, hasta que él se queja de que le hace daño, porque se ha ido y ha vuelto el que habita dentro del cuerpo de su hombre. Matilde no quiere dar pena y Susana la admira por ello. A veces no abre la puerta cuando va a verla. Ella sabe que está dentro, pero que no tiene ganas de lástimas ni de jaculatorias, así que no se lo toma en cuenta y le dice pegándose a la bisagra que la verá mañana cuando vaya al pan. Susana quiere estar segura, como si eso fuera posible, que cuidará a Paco como Matilde a su hombre, sin perder el temple, aunque esté confinada en el torreón del cuarto, según palabras textuales. Matilde está confinada en su cuarto piso sin ascensor con su hombre que cuenta coches, que persigue pájaros con los ojos, que apenas dice su nombre. Ha perdido las amistades con la costumbre de salir; hace años que no son buena compañía. La familia la visita poco, y ella casi lo prefiere, según le contaba a Susana esta mañana mientras tomaba un café. No quiero lástimas, te lo juro, dice arqueando una ceja. Desde el balcón de Susana se ve la persiana en rejilla de Matilde con un poquito de luz desde las cuatro. Su hombre perdió la cabeza y el reloj. Se ve que pasan mala noche, maldita sea.
A la misma hora, un hombre da vueltas por la puerta del bloque 20. Quien sea no puede dormir. Lo mismo no duerme porque le muerde la conciencia, porque le muerde la pena, o las tripas, que duelen de miseria y de ira, solas o combinadas en proporciones variables. Vaya usted a saber por qué el hombre se acerca a los interfonos con una linterna. Vaya usted a saber a quién busca y por qué a estas horas. A ella sólo le han llamado a estas horas para darle malas noticias, por lo que espera con cierto pudor desde su atalaya que se resuelva el misterio. Hay que ser cauto cuando sufre el otro, respetar, confortar, escuchar…pero mirar es casi impúdico. Aún así aguarda a cierta distancia de la lente, con el deseo de saber contenido. La ventana del hombre que cambió las bombillas se ha iluminado y ha sacado tímidamente la cabeza mirando a la calle. Quien fuera que tocase se ha ido corriendo a la esquina, donde el gato escuálido se escabulle con el espinazo   erizado.  Un poco más de aumento da la solución: el que toca es el padre de Yoni, y el hombre del bloque 20 tiene todas las papeletas para ser el analista. Susana suelta el telescopio que oscila peligrosamente en el trípode… ¿Y ahora? Está devastada. Casi se siente responsable de la suerte del hombre que quiere redecorar su casa.
Eliseo arrastra los pies por el salón, menuda gamberrada, insistir a estas horas para salir corriendo. Sería algún muchacho que venía de beber. Hay edades en la que las estupideces no tienen fin, por más que hagamos por olvidarlo. Hace unos días un conocido le recordó una fiesta a la que fueron juntos, aún muy jovencitos, y que acabó mal, a juzgar por cómo le recibieron un tiempo más tarde, cuando volvió al lugar del crimen. Eliseo apenas recuerda nada de aquella noche, pero según le contaron, insistió en bailar con una chica, el novio se lo impidió y todo desembocó en una riña tumultuaria, con platos rotos y desgarrones en las camisas a la altura del bolsillo. Cree recordar que la chica se casó con aquel novio y seguramente ambos le recuerdan como un jeta que les dio la noche. No se puede hacer nada para arreglar algo así. Eliseo suspira, porque aunque apenas lo recuerda ha sido joven y un poco locatis cuando estaba lejos fuera del control de Tere. Qué lejos queda todo eso. Qué lejos.
La vecina insomne está levantada, la ve en su observatorio del balcón. Si no fuese tan vergonzoso intentaría enterarse de quién es y por qué no duerme. Pili seguro que lo sabe. Pili lo sabe todo y lo comenta con gran lujo de detalles. Hace que los espectadores esperen sus golpes de efecto. Usaba un tono dramático que encandilaba a Eliseo, al que el tiempo de comprar el pan siempre se le hacía corto. Este mediodía, al pasar por delante de Casa Paco, la vio en la puerta de la panadería. Estaba recogiendo y limpiaba el escaparate subida a un taburete con los tobillos muy juntos, como en esas plataformas en las que prueban a las novias para poner los alfileres en el bajo del vestido. Pili estuvo casada y ya no lo está. Él se fue, dijo una vez, sin aportar más detalles. Eliseo recogió el dato con avidez y se sintió agradecido por la estupidez del desconocido. No supo que había abandonado a una mujer magnífica, o tal vez sí, y se arrepiente y larva la idea de volver para no sentirse tan desgraciado. Porque no se puede ser feliz habiendo hecho eso. Debe a uno corroerle el alma un viento abrasador, una sed implacable, al verla tan entera, tan independiente, tan distante. Eliseo es candidato a desvariar, por eso coge su pan cada día y hace un sprint para subirlo a casa, para que no se ponga duro, para volver a pasar por la puerta y mirar cómo va la venta, si ha vuelto el desconocido. Si ella le espera.
Pili tiene mar de fondo en los ojos. Hay personas que portan una tristeza remota, que emerge sin previo aviso, una tristeza que relata otra vida pequeña que se obstina en aparecer. Una vida olvidada, una vida vergonzosa, una vida trabajosa que se ha superado. Una vida que pudo ser otra pero que no lo es y está ahí para dejar claro que fuimos precisamente esa persona. Eliseo ve en Pili una mujer triste, tal vez una novia triste, como su prima Raquel, que fue al altar con ojeras de puro miedo. Un niño es como un perro, que olfatea lo invisible, y ese día en el que comieron y bebieron todos juntos, la novia apenas comió, apenas bebió, apenas estuvo con nadie. Eliseo recuerda a Raquel cuando pasó por su lado, con el vestido rozándole las pantorrillas de niño grande. Raquel olía a flor de naranjo y tenía las manos pequeñas. Tocó su cara imberbe; ese tacto se quedó prendido en el recuerdo como un jirón de vida arrebatada. Cree que Raquel regaló sus días en lugar de compartirlos a aquel hombre perfilado que la marcaba de cerca. Se apagó poco a poco, es lo que decían de ella cuando apareció en la cama con unos frascos vacíos de optalidón. No pudieron hacer nada. Fueron a casa de Eliseo por la madrugada y tocaron a la puerta como hoy, robando el sueño, desbocando el corazón y la cabeza. Su madre apenas le habló.  Al día siguiente le vistió de domingo y le llevó a casa de su tía. A Raquel la enterraron con el traje de novia, y  Eliseo estuvo en el velatorio. Tenía diez años y era la primera vez que veía un muerto. Le pareció todo extrañamente irreal. Esperó infructuosamente que Raquel se levantara a tocarle la cabeza, siempre lo hacía cuando le veía.  Mientras su tía remetía el vuelo del vestido dentro del ataúd, el niño Eliseo descubrió que la tristeza mata. Que la muerte es definitiva. Incontestable.


lunes, 14 de mayo de 2018

Eliseo (5)


Se planteaba bien el día. No tenía más que escanear unos expedientes, mirarse una declaración y hablar con los de la imprenta para que mandasen material de oficina. Llevar tantos años en la empresa le permitía hacer numerosas gestiones por teléfono; cuantos trabajaban habitualmente con sus superiores le conocían. Al fin y al cabo era el pasante más viejo del mundo. En realidad no constaba como tal en ninguna parte, pero a él le gustaba considerarse así. Era un hombre sin ambición, así lo tenía asumido  desde que tenía memoria, incluso antes, con la conmiseración escrita en la cara de sus allegados. Las familias suelen dibujar sus propios esquemas de poder. Eliseo, para los suyos era un pobre hombre, sin posibilidad de sobresalir en nada, candidato a estar tutelado o dominado toda su vida. Todo eso, repetido más o menos claramente durante años, creó en el hombre una forma de ver la vida desapasionada y lenta, dando la razón a los que pensaban que no debía pelear más que por la estabilidad que le ofrecía un empleo como el que tenía, ejerciendo muy por debajo de su categoría, sin molestar a nadie, quizá la mejor razón  para perpetuarse en la firma que le acogió hace ya más de veinte años. Pocos de sus compañeros de promoción tienen su sosiego, y Eliseo siempre agradece esa ventaja de su posición. Los más veteranos invertían horas en estudiar a los nuevos,  siempre pendientes del ascenso, permanentemente amenazados por el más joven y aguerrido, envidiosos, suspicaces. Él renunció a la zozobra del oficio en una reunión en la que su superior le avanzó su futuro, siempre y cuando estuviera dispuesto a fotocopiar, traer café o tomar declaración indistintamente, sin reclamar espacios de reconocimiento, sin retos que fuesen más allá que cumplir las tareas encomendadas cada día. Las órdenes, escritas en notas sujetas con clips, aparecían como el maná cada mañana, y eran ejecutadas de manera eficaz por Eliseo, que encontraba en su nómina un estímulo suficiente para su actividad. Había visto caer muchos buenos letrados y subir muchos inútiles en guerras estériles en las que se disputaba un prestigio que nada tenía que ver con el valor, sino con el lugar que se ocupaba en un escalafón tan artificial como tramposo. No, él no estaba para esos juegos. Prefería ser un auxiliar administrativo feliz que no un juez frustrado. Por eso te dejó tu novia, dice Tere cuando saca el tema, con el único propósito de la humillación. Ella sabía que no te harías rico nunca. A veces Eliseo siente la tentación de decirle a Tere que José Antonio, su cuñado, es un trepa y un tragaldabas. Tragaldabas habla de su gula y su desmesura, de su afición por los puticlubs y los chismes que comprometen. Tragaldabas. Saborea la palabra hasta que Tere le interrumpe de manera desabrida diciéndole que está lelo. Yo lelo y tú cornuda, musita.
-¿Qué dices?
-Nada.
El compañero no sabe que Eliseo discute mentalmente con Tere mirando fijamente la impresora nueva, programada con un tóner de polvo. Ha costado más cara que otras, pero ofrece copias y copias sin errores, y la ha elegido él. Se siente orgulloso de esa pequeña conquista que le hará la vida más fácil, sin tener que esperar tanto tiempo para leer los relatos escalofriantes de los sumarios. Eliseo opina que hay sentencias que son una novela truculenta y las lee como el que ve películas gore; también hay otras, para contrastar,  que son solamente aburrimiento y desidia a partes iguales. La última en llegar al bufete -del segundo grupo- es sobre un accidente en la vía pública. Una señora cayó por un adoquín mal puesto y se rompió su muñeca de modista fina. Algo tan vulgar como una piedra que sobresale había provocado que una mujer estupenda estuviese a punto de dejar veinte años de oficio. Las cosas  que nos corroen, se dice Eliseo. A mí, las impertinencias de Tere, a la señora del adoquín, no poder enhebrar una aguja desde hacía seis meses. Seis meses, piensa Eliseo, no se sabe si eso es mucho o poco, todo depende de haciendo qué. A él no le importaría estar seis meses haciendo fotocopias, día tras día. En cambio, seis meses con Tere eran material para la tragedia. La idea de tenerla detrás y delante de él con su letanía de reproches era tan estresante, tan desagradable, que fue torciendo el gesto hasta el punto de llamar la atención de su compañero de despacho, Peláez.
-Deja de leer esas historias, que vas a tener pesadillas. Por cierto, está merodeando el lanzador, mira antes de abrir la puerta.
Peláez se refería a un caso en el que acusaban a un hombre de haber tirado por un balcón una bolsa de basura al mismo tiempo que pasaba una señora, ocasionándole un esguince cervical. Hasta aquí, casi la risa. El día que aceptaron el caso todos comentaron lo cutre del asunto, y en eso debería haber quedado, en un sucedido de esos que contaba con tanta salsa Pili, pero la señora que se convirtió en blanco tenía marido, que subió sin pensárselo a la casa desde donde cayó la bolsa y bajó al lanzador cogido del cuello tres tramos de escalera, con resultado de empate a esguinces cervicales. Las partes tuvieron a bien amenazarse de palabra, y el lanzador, además, pensó que era buena idea zarandear al jefe de Eliseo, el abogado de la primera víctima, cuando le encontró en el bar en el que estaba comiendo, a la salida del juzgado. Desde la denuncia por la agitación del letrado, no pasaba día en la que no apareciera por la puerta del bufete gritando barbaridades; era un caso de trabajo social, eso había dicho el jefe para tranquilizar a todos, y Eliseo respetaba su criterio de no entrar al trapo, aunque él veía un caso criminal inminente. Esa misma mañana, antes de subir al trabajo, después de un cortado cremoso y aromático, el sujeto en cuestión se le había acercado con aire confidencial preguntándole si trabajaba en el bufete, a lo que Eliseo contestó en una milésima de segundo que no, que él era del laboratorio de análisis clínicos de la segunda planta. Hubo en ese momento un algo de afrenta y de derrota, pues un segundo después, rindiéndose a la visión de un tatuaje con el nombre de Yoni rodeado de hojas de acanto y estampado en el antebrazo del sujeto en cuestión, subió los escalones de dos en dos. Eliseo nunca había conocido a un Yoni o al padre de un Yoni. Se ruborizó mientras corría escaleras arriba, pensando en que Tere le hubiera dicho como mínimo cagado, al ver su reacción, y hubiera invocado a su santo para que diese lecciones de hombría. José Antonio, su cuñado del alma,  que lleva un ancla en el pecho, fruto de una noche movida en el puerto de Cartagena,  hubiera sido capaz de castigarle las costillas al lanzador como clase magistral, no ya por sentido de la justicia, sino por ese código de honor que dice que un hombre no puede gritar a otro sin salir caliente del trance. Le hubiera puesto verde su cuñado viéndole mentir y correr, a punto del síncope ante la perspectiva de verse en manos del personaje. Eliseo, víctima del efecto Yoni,  llegó hasta el cuarto piso conteniendo la respiración, permaneciendo allí unos minutos, tras los cuales bajó al segundo, humillado y ofendido. Lo recordaba azorado mientras salían las copias, perfectas, una tras otra. Aquella máquina, cuyo plástico aún olía a nuevo, le reconciliaba con su amada vida normal. Eliseo cogió los folios, los grapó con precisión milimétrica y los colocó primorosamente en una carpeta.  Escuchó algo en la calle y abrió levemente el visillo. Un hombre –ese hombre- caminaba arriba y abajo por la acera de enfrente, parándose de vez en cuando a mirar hacia arriba.
……………..
-Ponme dos gildas y una caña.
Dos cañas más tarde, Eliseo pasó por la puerta del bar, camino a casa.
-Mira, el analista.
-No quiero líos aquí.
El hombre pagó y salió sin decir una palabra.
-Ese nos traerá problemas.
-Lo sé.
Susana huele los problemas de lejos. Conoce a esas personas que buscan culpables de sus desgracias, que fabulan sobre la vida de los otros, pensando que algo de ella les pertenece: el coche del otro, la casa del otro, la mujer o el trabajo del otro. En ocasiones, si nadie pone freno al desvarío, esa idea toma cuerpo, se vuelve sólida, y el objeto de la envidia empieza a percibir una hostilidad creciente, más o menos manifiesta, desgranada en pequeños actos mezquinos, en maledicencias, en acciones intrascendentes cuyo único fin es arrebatar el sosiego y la felicidad que se supone hurtada. El hombre que acaba de salir con la mirada fija en el peatón tiene una especie de misión, una entrega mística a un objetivo. Susana no quiere saber qué lleva entre manos, pero si viera al analista cara a cara le diría que se andase con ojo. No sabe uno qué puede estar pensando alguien con tan poco seso, qué puede estar ideando para poner en su sitio al hombre que nada ha hecho para merecer tanta atención y que aún debiera vivir con cierta despreocupación, aunque fueran sólo unas horas.

lunes, 7 de mayo de 2018

Eliseo (4)


-Tú estás mala.
-Que no.
-Que sí.
-Que noooo…
El último no se alargó lo bastante para que Susana pudiera firmar la nota  a Pili y salir corriendo, con el saco del pan en volandas, hasta el bar. Susana notaba el calor de la masa cocida, traspasando el papel hasta su piel. Era una calidez casi sensual, que hubiera prolongado si el trayecto hubiera sido más largo. A veces Paco la encuentra lavándose las manos con el grifo del agua caliente abierto y le llama la atención porque no lo cierra después de haber terminado de usarlo. En realidad ella está yéndose por el desagüe con el agua. Mientras el agua discurre entre sus dedos es libre, pero Paco no se da cuenta y ella no se lo explica, porque las explicaciones siempre llevan a explicaciones más largas y cuanto más largas, más posibilidades de llegar a la verdad, esa verdad desnuda que tanto miedo da y que acecha en actos vulgares, como lavarse las manos durante cinco minutos sin causa aparente. Susana entró por la puerta trasera del bar y dejó la carga en la cocina sin hacer ruido, se puso el delantal y comenzó a trocear cebollas con la boca abierta. Dicen que si abres la boca no te dan ganas de llorar, pero Susana quería llorar, necesitaba llorar, así que con la boca abierta comenzó a sorber las lágrimas, saladas, inacabables, que comenzaron a caer sobre la tabla donde se amontonaban los trocitos minúsculos, primorosamente clónicos, que poco a poco iba vertiendo a la cazuela para hacer un fondo genérico –tomate, cebolla, pimiento- que le aprovecharía para casi cualquier cosa. Al avivarse la cocción, una oleada cálida y húmeda le subió hasta los ojos haciendo que los entornase. Tapó la cazuela para sofocar el vapor. Bajó el fuego. Se sirvió una taza de té. Destapó varias veces la cazuela y comenzó a remover con mimo aquellos trozos, poniendo atención en cada uno de ellos, entrando en un estado parecido a la atención consciente donde aquellas unidades resultaban  diferentes e iguales a otra; de este modo pasaban los minutos por su mente, viendo casi con amor el cambio de textura y color a cámara lenta, sintiéndose cebolla y aceite, vapor y metal. Tras dos tazas de té y sin saber cómo, había preparado algo parecido a un pisto. Últimamente le ocurría que hacía cosas sin reparar en que las había hecho; a menudo llegaba a casa con el coche tras recoger al niño, y aparcaba sin recordar haber pasado por este o aquel semáforo, por los pasos de cebra o los cruces. Por la mañana Paco siempre salía antes para ir al merca y comprar género del día, así que él se llevaba el coche y ella iba caminando al bar.  De paso recibía en la cara el fresco de la madrugada, y aunque siempre coincidía con las mismas personas que iban a coger el transporte para ir a trabajar, podía permitirse el lujo de caminar sola sin decir una palabra, un verdadero lujo para una persona que como ella, pasaba el día hablando con los demás. Casi le resultaba gracioso que la considerasen una mujer afable, cuando ella estaba deseando no intercambiar una palabra con nadie, prisionera de su posición en la barra, de los saludos que esperaban respuesta, de tantos y tantos relatos que consideraba basura que era depositada en su mente como una semilla de mala hierba que germinaba en cualquier momento. Bastaba que saliera a la calle o llegase un cliente para que sin querer recordase esa cosa tan intrigante que alguien había dejado caer mientras le pagaba. Puñetera la falta que le hacía saber ciertas cosas, que no eran sino pequeñas venganzas, chismes o verdades que no importaban a nadie, pero que dejadas caer al descuido sobre la barra, tenían posibilidad de ser esparcidas si no por Susana, que se consideraba persona discreta, por parroquianos que, hartos de su propia vida, cultivaban la ajena con verdadera entrega. No, a Susana no le interesaba la vida de casi nadie. Bastantes fatigas pasaba ella en el bar. Trabajar con Paco allí era como estar en un escaparate, porque a fuerza de estar delante de la gente, se pierde la capacidad de disimular, y todo el mundo se entera cuando las cosas van bien o mal, si el niño saca buenas notas, si quiere un perro como su amigo o si su amigo se va con sus padres a Benicarló, porque es más barato que Peñíscola. No era consciente de su transparencia hasta que llegaba un cliente y preguntaba -por mera cortesía o por puro cotilleo- cualquier cosa que había sido dicha sin tener conciencia de ello. En esas ocasiones le asaltaba un desasosiego grande, pensando que algo más de la cuenta se les había escapado a ella y a  Paco, y que alguien, tal vez, atara cabos al verla entregada a sus abluciones. Aquella exposición era casi una penitencia, porque cuando planificaron el bar ella quiso que una parte de la cocina quedara en el campo visual de los clientes, para no perderse nada del bullicio de las mañanas. Con el tiempo supo de la falta de acierto de su decisión, pues aquella disposición la dejaba  desamparada respecto a la mirada implacable del otro. Aquella vida sin secretos corroía a Susana, que necesitaba cada día un pequeño lugar para la intimidad y el silencio. Un lugar silencioso para ver sin ser vista, para estar sólo ella como espectadora de un mundo que la ignoraba, dándole así una paz que deseaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
A cien metros metros de allí, Eliseo se desayunó con una noticia inesperada: en el bufete habían estado de reformas, y hasta las once no querían que fuese nadie, porque hasta esa hora no acababan de limpiar. Un pequeño contratiempo; a efectos prácticos era como si se hubiera levantado dos horas antes de la cuenta, y por si fuera poco,  se había echado a la calle cuando según su reloj sólo eran las diez y media. Había calculado mal y ahora le sobraba media hora en la que no sabía qué hacer. ¿Qué se hace cuando a uno le sobra media hora y no puede hacer nada? Sus conocidos estaban todos ocupados, y media hora era poca cosa. Recordó por un momento, mientras colocaba el diario bajo su brazo y echaba a andar sin rumbo, aquella época de opositor famélico, en la que la calderilla era convertida en café, sin duda la mejor forma de matar el tiempo y el hambre. Un café, sí. Un café le sentaría bien.
-Un cortado, por favor.
El camarero, con seriedad académica, comienza con agilidad coreográfica eso que lleva haciendo, posiblemente, los últimos treinta años. Golpea el cazo para que caigan los posos a un cajón cuyo borde aún resiste. Seguidamente dosifica en dos pulsaciones la mezcla. La comprime posteriormente con delicadeza y encaja el portafiltro en un movimiento leve pero suficiente. Eliseo cree en los artistas de cualquier sector y acaba de encontrar eso que llama Tere baristas. Tere fue a Italia en unas vacaciones pagadas y nadie que la rodee se ha recuperado de su entusiasmo con el tema, de sus diapositivas y sus historias interminables sobre el expresso y sus matices. Seguramente le hubiera gustado ver cómo este señor -que no tenía nada sobresaliente a primera vista- abría el grifo de vapor dejando salir un poquito, para después calentar la leche haciéndola burbujear el tiempo justo para que no quedase demasiado caliente. Tere hubiera llorado de pura emoción al ver el paño blanquísimo, ligeramente húmedo,  que era usado con despreocupación profesional por el camarero para eliminar los restos de leche. A Tere le hubiera complacido esa forma de verter la leche, formando una hoja, ese dejar la cucharilla brillante, el azucarillo y la galletita de canela en el platillo del café. Y esa barra, limpia como un espejo. Eliseo rompió el sobrecillo, y reparó en una frase motivadora de esas que se ven tanto en las redes, que alientan una vida zen y con sustancia. La tentación le pudo y le hizo una foto para subirla inmediatamente a su perfil social. Al abrir el sobrecillo terminó esparciendo unos granitos de azúcar. Menos mal, piensa Eliseo, que ha hecho la foto antes. Tal vez las fotos que ve por ahí son todas de antes. Antes del despido, antes de volverse desconocidos en un viaje, antes de pagar la mariscada, antes de la primera raya en la pintura del coche... Concluyó mientras removía el cortado que todas aquellas imágenes que le daban tanta envidia eran las del antes, pero él, desde su apocalipsis lumínico, era el hombre del después, así que se prometió solemnemente no subir más fotos del antes e intentar forjar un buen después sin darle demasiada publicidad. Se sintió satisfecho con ese pensamiento que sólo le vinculaba a él, pero que era una especie de promesa que no podía incumplir. Habían pasado diez minutos desde que entró. Removió un poco más el café que  le quedaba, sorbió un último trago, mordió la galleta y pagó según la lista de precios que había expuesta. Se limpió las comisuras de los labios con la servilleta, inusualmente algodonosa. Salió mirando al camarero sin decir nada, esperó a que sus ojos coincidieran y levantó las cejas con una leve inclinación de cabeza, un gesto que pudiéramos interpretar como “hasta luego”. El gesto fue devuelto con sonrisa incluida por el camarero mientras limpiaba la barra describiendo grandes círculos, y Eliseo experimentó con la reciprocidad de la despedida un cierto bienestar. Al fondo estaba la cocina, y allí la actividad era frenética. Una columna blanquecina salía de los fogones, pero no se podía adivinar aún qué compondría el menú. Al salir encontró una pizarra en la que se había escrito en caligrafía primorosa la minuta del día: “Pisto con huevos. Emperador a la plancha. Pan, postre y café. 8€”. En aquel lugar todo parecía funcionar como una máquina bien engrasada.  Sin considerarse un gourmet, gustaba de un buen café de vez en cuando, y allí no estaba nada mal y tampoco podía decirse que fuera caro. La espuma, perfecta, la consistencia, también. Sí. Tomaría café allí de vez en cuando, camino del trabajo.