domingo, 11 de noviembre de 2018

Liberame, domine (5)


Paca baja la escalera pasando la mano por la barandilla de madera con remates de color bronce. Es bonita la escalera, quizá un poco estrecha, quizá un poco antigua. No cabe ni una camilla ni un ataúd.  De allí a un muerto hay que bajarlo como en una expedición, colgado de un cable con dos mosquetones. Le parece carente de clase, el tipo de cosa que hace que un funeral pase de solemne a chusco en un minuto. El traslado de Manel será en una caja buena, ese es su deseo. Si se muere en casa de su amante deberá aguantar el choteo del barrio. Le parece escuchar a Amalio, que tiene el maillot a la regularidad en el bar de la esquina.

-…Y se quedó muñeco en casa de la querida y le bajaron como a un atún de exposición, hecho mojama, colgando de una cuerda. Tanto traje del tinte y tanta corbata p’acabar así…

Luis, al salir del bar, sacude la cabeza como un animalillo mojado. La milonga que suena dentro de Paca le ha entrado en la cabeza por la piel. Unas partículas etéreas y fragantes han llegado hasta él a través de la calle. Vienen volando desde la ventana del primer piso, donde Paca, al subir la persiana esta mañana, no reparó en que quedaba una nubecilla prendida en sus suspiros  que sabía a mandarina hindú, ciruela, naranja sanguina, manzana y bergamota.

En la calle, mientras aspiraba el aire cargado de CO2, volcó unas notas de orquídea, fresa, muguete y rosa. Sobre su piel quedó un ánima de  mimosa, azucena, magnolia, ámbar y almizcle. Qué cosas tiene la química que convierte un matojo en ese corazón desbocado, en ese erizarse la piel, en ese querer matar al marido. Qué cosas y qué misterios tienen esas probetas probatorias, esos palitos de cartón que agitaban las señoras en esos días en los que podía una elegir un perfume carísimo que nunca se llegaba a comprar.

El mecánico, ante el asombro  de un perro que le estudia, un perro con algo de bulldog, que es todo nariz, atrapa con su pituitaria la fragancia de la mujer, y de paso, con sus orejas velludas, el siseo de las medias de Paca, junto con ese perfume que ya está sólo en su piel. El bulldog sabe que el hombre olfatea con urgencia la sensualidad vestida de flores y maderas, de fruta y hojas verdes.  Ha quedado el perro gratamente sorprendido por los sentidos del hombre, es tan eficiente su olfato que parece perro. Mueve la cola con insistencia y se sienta al lado de su pierna desde hace dos meses. Luis no entiende qué hace el perro de Martín el del kiosko allí, sentado como si fuera suyo, presumiendo de dueño ante los otros perros. El bulldog Rico es un perro al que le gusta quedarse quieto esperando que se disipe la contaminación del cielo y llegue por sorpresa un algo de mar. Luis también añora el mar, el batir de las olas, y la arena por todas partes. “Mientras queda arena es verano”, decía su mujer. Luis la nombra para él, bajito, y el perro sabe que este hombre le está necesitando, no como Martín. Martín le encontró en una caja con un gran lazo. Se lo regaló su exmujer porque pensó que le haría bien; ella pensó que el perro aliviaría la soledad del hombre cuando ella no estuviera. Se lo regaló obviamente antes de separarse. Hasta que se fue,  ella le paseaba, ella le daba croquetas de ternera, ella le rascaba con una mano mientras sujetaba un libro con la otra. Pero desde que se fue el ama, vaga por la calle haciendo el recorrido que hay del kiosko al taller y del taller al kiosko. Rico hace tiempo que admitió que su amo no está por la labor de darle conversación y aventuras, y emigra hasta el taller porque Luis le deja sentarse en la puerta. Luis sería un buen amo, nadie le molesta, nada le estorba. No es territorial y le deja ponerse donde quiera. Vadea los trastos, no cuadricula los espacios, porque cuando alguien ha dejado una cosa fuera del sitio, por algo será. El mecánico olfateador no recoge nada del suelo, porque el que pierde algo siempre vuelve sobre sus pasos. El mecánico ve las monedas abandonadas y no se agacha, las deja para que algún chiquillo las coja y se vaya sacándoles brillo, más contento que unas castañuelas. Sabe el animal que ese humano mordería ahora mismo si supiera quién es el que le birló a su mujer y con ella un lado caliente en la cama, una sopa por la noche, un beso algunos días –tampoco muchos-, y se va con el rabo entre las piernas cortas y diligentes, agradeciendo no ser el maldito que  hizo del mecánico Luis, el del chaflán que marcaba cada mañana, un cornudo solitario.

El perro, a fuerza de olisquearlo todo, detecta que el mecánico de la esquina huele a formol y a sangre, a sopa de sobre y a orfidal, que es casi la entrada a los infiernos para un animal que como él detecta millones de matices en un litro de aire. Le gusta Luis, es amable y le da alguna chuchería, le rasca la cabeza, le deja acostarse sobre sus pies. Luis no come casi carne, eso un perro también lo sabe por el olfato. Un perro valora que un hombre le mire con ojos de camarada. Luis sabe que el perro es muy inteligente, mucho más que su dueño. Luis afirma que hay tres clases de animales a los que solamente les falta hablar:

-Los perros, los caballos y las vacas son casi como humanos. Me da cosa comer vaca o caballo. Los tres tienen unos ojos enormes y lloran…

Hay un conato de risa floja en el bar que se corta de raíz cuando un hombre que siempre está allí y que nadie sabe cómo se llama apoya la idea de Luis:

-Las vacas lloran. Y los caballos. Los perros ya son cosa aparte, son superiores a los hombres.

-¿Y los gatos?

La perorata ha despertado la atención del grupo que ya no sonríe.

-Los gatos son tan humanos que dan miedo.

El perro Rico está satisfecho con lo que se ha dicho en el bar, y hubiera invitado a un café a su dueño ocasional. Aún así ha de abandonarle antes que ocurra eso que trae el aire, que es dulzón y pesado como una brisa de primavera. Una primavera le molieron a palos. El dueño de su madre tenía un instinto brutal y agarró del pelo a una chiquilla; el padre de la chiquilla, al encontrarla con la mirada desgarrada la emprendió a patadas con el bulldog y con su dueño. Le metió en una caja una mujer de verde que olía a pólvora y le llevó a casa de Martín. 

Rico hoy no mueve el rabo, porque huele a fruta y a pólvora, a sangre y a tabaco, a desvelo, a rabia. Algo malo va a pasar, lo percibe perrunamente y eso es tanto como decir que va a suceder sin que nadie pueda evitarlo. Rico es listo y sabe que lo mejor que puede hacer es irse a la otra esquina porque allí sólo olía a tristeza y todo el mundo sabe que las amarguras se enganchan a los poros y a los lagrimales, a los músculos y a las neuronas, paralizándolas hasta que dejan de funcionar.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Liberame, domine (4)




Luis, ese mecánico rumboso que se alimenta espiritualmente viendo la vida desde la esquina, ha cambiado la correa del ventilador del coche de Manel para que no vaya haciendo ruidos extraños.

-Las holguras, ya sabe, que hacen que vaya poco fino y al final se le gripe el alma al coche.

-¿Crees que tendría venta?

Manel está pensando en cambiar de coche y dar el suyo a cambio, pero no quiere tener problemas con el comprador, así que le hará una puesta a punto y después mareará a Paca hasta que acceda a comprar otro, porque este llevaba demasiados kilómetros. Luis está acostumbrado a la chatarra y este vehículo era una buena compra para un currante que no quisiera gastarse demasiado.

-Yo creo que sí, porque no está mal de motor, limpio por dentro y muy bien de chapa. Se nota que Paca le pasa el paño de vez en cuando.

-Del coche me ocupo yo, Paca ni lo toca. Luego me paso, prepárame la nota.

Manel se aleja satisfecho haciendo números mentalmente. Con doce o quince mil sumados a lo que dieran por este podían sacar un coche nuevo del concesionario antes del mes próximo. La adrenalina cada cual la consigue a su manera. Para Manel no había nada comparable a comprar y vender.
Luis no quiso ensuciar la tapicería y puso unas fundas de plástico en los asientos y en la alfombrilla del conductor. El mecánico  se ha sentido obligado a pasarle una gamuza con un chorrillo de limpiamuebles al habitáculo y aspirar unas virutas del torno que ha metido con el dibujo de la suela de las botas de seguridad.
Y ahí está Luis dándole con desgana, cuando un papelillo se resiste a desaparecer en la entrada del aspirador de mano. Es un ticket del centro comercial: dos botellas de aceite (3x2), arroz, detergente para el lavavajillas, sal, abrillantador..., un bidón de cinco litros de anticongelante marca “grrrr”…
Tras un minuto de estupor, se le escapa un pensamiento.

-Mierda. Le va a matar de verdad. Y yo tendré parte de culpa.

Se echa el ticket al bolsillo, lo cierra con la cremallera. Es una prueba, será una prueba. Toda la puta vida trabajando para quedar como un inductor al asesinato… su hermano le va a retirar la palabra y su cuñada… su cuñada lo va a desollar, con las ganas que le tiene…
Luis está asustado, desolado, enfadado… No sabe qué pensar ni en qué orden… ¿Cómo puede ser que Paca le hubiera tomado en serio? ¿Cómo una mujer como ella decide matar al marido solamente porque se lo ha escuchado a otro hombre? Y lo más difícil del caso, ¿podía él hacer algo para frustrar los planes de Paca?
Ha pasado una hora y Manel ha vuelto al taller a ver si se sabe algo de su coche. Luis está sentado en un banco con la cabeza agachada. Parece que un dolor intensísimo le atenaza.

-¿Estás malo, capitán?

-Ná, la gente que está ida.

Manel lo ha dicho sin quererlo decir, lo ha dicho de forma espontánea, como lanzando un acertijo, como queriendo que Manel le preguntara más y así poderle decir “oye, Paca está un poco rara”… Bueno, la verdad es que no le diría nada, él sabe que no. Se siente cobarde  ante Manel, no es capaz de revelarle el secreto de Paca que también es suyo. Quizá por eso no se lo dice y le deja marchar con el corazón en un puño.
Al entrar por la puerta del cuartelillo, temiéndose un ridículo espantoso, Luis duda si seguir o no. Le da en la nariz que va a sonar demasiado peliculero, pero era su deber, ya que él había comenzado todo ese lío. Tampoco la guardia civil era lo mismo que cuando hizo el servicio militar. En la puerta sin ir más lejos había un  cabo con unos brazos tatuados hasta el codo que ni Popeye. En verdad se sentía algo cascado viendo aquel portento de hombre. Tenía una sensación de culpabilidad creciente que esperaba aliviar con su confesión. Al entrar en la sala de espera un husky precioso del grupo de montaña le miraba desde un poster donde se recreaba un rescate de un dominguero con equipación deportiva completa. Se veía un animal noble, solícito, capaz de dar la vida por cualquier panoli con las polainas a juego con la chaqueta, de esos que se lo compraban todo, y se lo ponían todo, como si fueran olímpicos.

-¿Quién va ahora?

Una sargento sorprendentemente joven le indicó que ya podía pasar al despacho de denuncias.

-Siéntese. ¿Viene usted solo?

-Sí.

-Su DNI, por favor… ¿Y bien?

La sargento ha abierto el formulario y rellena los datos mientras Luis carraspea.

-Pues mire, vengo a avisar que mi vecina quiere matar a su marido.

La sargento levanta la vista de la pantalla para mirar con curiosidad al hombre.

-¿Y eso se lo ha dicho ella?

Manel se acaba de dar cuenta de que no le creerá.

-No, pero yo lo sé.

La sargento toma aire y mira a Luis fijamente.

-¿Y cómo le va a matar?

-Con anticongelante.

-¿Anticongelante de coche?

-Sí, de ese.

-¿Y usted cómo lo sabe?

-Porque yo le di la idea.

“Pero bueno… que él le ha dado la idea, nos ha jodido el químico”- piensa la mujer.

-A ver, hombre, explíquese- dice la mujer con una sonrisa.

La mujer ha comenzado a hacer dibujos sin sentido en la esquina de un folio. Es una forma de canalizar un nerviosismo creciente ante la historia de este hombre. La mujer pinta y pinta hasta rizar la esquina de la hoja. No hay quien se trague esta historia, no hay quien trague a este visionario que sabe que su vecina le va a dar matarile al marido así, como si hubiera tenido un pálpito.
Luis sabe que no le creerán. Está poniendo la agente la misma cara que cuando le  llega alguien a él con un abollado y medio parachoques colgando y dice que si el perro, que si el hijo, que si el espíritu santo, que si cuando salió ya estaba así. Esa cara de incredulidad que puso Paca cuando él le dijo que era mala. Esa cara.

-¿Y por qué cree usted que su vecina quiere matar a su marido?

Luis se pone solemne para contestar y que su respuesta clarifique este asunto tan turbio y tan rebuscado que parece mismamente de novela rosa.

-Paca –mi vecina- está desatendida, ¿sabe usted? Paca necesita un hombre que le haga caso como el comer y se está planteando enviudar.

Al pronunciar la palabra “desatendida” la sargento le hubiese tirado a patadas. Ha habido un lapso muy breve de tiempo en el que ha sentido una antipatía feroz por el hombre que intenta, sin éxito, que le tomen en serio, ya que con sus palabras  Luis encarna lo peor de la condición masculina, y ese impacto no hay forma de anularlo. Luis no sabe que cuando una afirmación así se hace delante de una mujer como la que le estaba interrogando, automáticamente el imprudente se convierte en poco más que un elemento folclórico. La mujer respira hondo y sigue preguntando.

-¿Discute con su marido?

Es una pregunta simple, se dice la mujer. Hasta un hombre como Luis sería capaz de  responder sin apartarse la idea principal: si la relación entre los cónyuges era desagradable, tensa, o directamente, violenta.

-No, su marido está como una seda, está liado con una profesora de yoga y llega a su casa con mucha paz en el cuerpo. Paca le deja disponer para gastar y vivir  a su aire, y yo le diría que ella lo sabe todo, pero se calla para hacerse la víctima y que él la deje tranquila. 
Esa Paca tiene peligro. Le dije lo del anticongelante de broma ¡y va la tía y se lo compra!

-¿Y usted es amigo de ella?

La sargento ha dejado de apuntar.

-No, yo soy su mala conciencia. Le dije que le envenenara con anticongelante “échale un chorrito y ya está”,  en pleno cachondeo, y la muy perdida fue y se compró un bidón de cinco litros. Aquí tiene el ticket, que me lo encontré en su coche pasándole el aspirador: soy su mecánico.

La sargento ha hecho una pausa y mira el ticket sin cogerlo.

-Si ustedes miran las cámaras, ella se verá pagando, o algo así, yo no sé cómo va esto...
 Tienen que ayudar a Manel, se lo va a cargar…

- Bueno, tendremos en cuenta su testimonio… iremos a investigar. Con lo que sea nosotros le avisamos…

La sargento se levanta mirándole directamente a los ojos, como diciendo “ahueque”... y Luis ahueca lentamente, mirando de reojo al otro agente que está allí, quieto como una estatua. Lo mismo estaba allí porque le han visto cara de pirado. La sargento estrecha su mano. La mano del hombre le parece poca cosa, para nada parece la mano de un mecánico...

-Gracias Luis, ya le llamaremos.

Al salir, mirando hacia atrás, ve a la mujer que le sigue con la vista, como vigilando su salida; el cabo que lleva un universo maorí en los brazos le despide con un gesto que él no sabe si contestar o no. Ha sentido el impulso de cuadrarse al verle tan marcial, tan apolíneo y tan de todo. A buenas horas hace unos años iba a ir un guardia de esa guisa. Él, la verdad, sólo entendía de guardias carajilleros y bicicletas con capote. Él pertenecía a un mundo extinto que a veces daba un coletazo para manifestar que algo de él quedaba. Luis es anacrónico, no quiere aceptarlo, hay algo en él irremediablemente obsoleto y según esa línea de pensamiento, Paca necesitaba un hombre. Al recordarse diciéndolo, una sensación de ridículo le invadió. Le sorprende la cortesía de la sargento, si lo piensa dos veces. 
Tal vez deba replantearse el asunto y esperar a que ocurra cualquier cosa. Y si no ocurre nada, mejor.

sábado, 27 de octubre de 2018

Liberame, domine (3)



Paca lo tenía difícil con los testigos. Sus amigas le adoraban. Manel era callado y correcto. Era limpio. Era el que lavaba el coche los sábados.

-Yo no sé Paca lo que quieres, también nosotras estamos peor que hace diez años…

Carme la observa con preocupación y comenta a sus próximos que la ha visto rara.

-Ésta en descuidarnos va a hacer una tontería.

Manel advertía en Paca y en sus suspiros que había algo que no funcionaba, no podía hacer nada para cambiar la visión que ella tenía, solamente podía esperar que se acabara. Paca se esforzaba cada día en intentar descubrir algo nuevo en él… y nada. Le veía y no había nada repugnante en él, pero no podía dejar de pensar en  aquel bidón verde lima de nueva adquisición que estaba esperándola detrás del desatascador, debajo del fregadero, como solución a sus problemas. Manel estaba con ella desde hacía tanto que... bueno... no sería ella quien acelerara el trámite, y por un momento aislado se sintió culpable de haberle deseado la muerte y hasta sonrió con cierta beatería al sobresaltarse con uno de sus ronquidos, que despertó al autor y le hizo andar con decisión hacia el baño, donde ofreció sin querer a Paca  los sonidos de la vida cotidiana, que  se van magnificando con la merma del amor, del respeto o con el aumento del tedio. Esa era la teoría de Carme, su amiga, que desconocía cualquier aspecto de esa Paca que caminaba amolando una guadaña al compás de sus caderas, poquito a poco, poquito a poco, poquito a poco.
Una mañana, no muy lejos de la plaza, el coche empezó a chillar.  Según Luis, el mecánico que todo lo veía, era porque el cable del embrague o la correa... Conclusión: había que dejarlo un par de días.

-Saque todo a lo que le tenga cariño, dijo el mecánico.

Paca sacó del maletero el carro de la compra plegado, un par de bolsas de tela, otras tantas de rafia, unos planos, una botella de agua…

-¿Y el anticongelante? ¿Por qué no lo lleva ya en el coche?

Luis entornó sus ojillos castaños y los clavó en el rostro de Paca.

-Es usted muy mala, Paca, dijo con una sonrisa nerviosa... Se agarra usted a un clavo ardiendo, pero eso son palabras mayores. Traiga el bidón y métalo en el coche. Yo voy a estar aquí. Usted viene y abre el coche y lo deja y se queda usted tan feliz y yo más tranquilo... en casa no hace nada bueno.

-¿Y quién le dice a usted...?

Luis mueve el índice en dirección derecha –izquierda diciendo que no.

-Pero que muy mala, Paca...

La mujer se dio media vuelta, destrozada al ver que su secreto estaba vendido con aquel hombre horrible que olía a gasoil y a cerveza. Ella compró el anticongelante el día después de que Manel volviera apestando a sándalo de su última conquista. Luis sabía por qué lo tenía en casa, y coincidía con Manel cada día en el bar. Se saludaban pero no eran amigos, pero el cuñado de Luis sí era amigo de Manel… ¿Y si se lo decía? El coche estaría listo en una semana, le pagaría y no volvería a hablar con él. Nadie podría justificar el chisme, que no sería más que eso, un chisme.

Paca, sé lista, se dijo.

Por la noche, Paca se echó un perfumito en crema tras las orejas, y sucumbió a Manel cuando éste salió de la ducha, por ver si aún quedaba algo a lo que agarrarse. Pero no. Paca quería ser viuda tan pronto como fuera posible, y mientras lo pensaba quitó las sábanas de la cama, que olían aún a detergente y a after shave, a crema antiarrugas y a agua de colonia. Cualquier huella  de su debilidad debiera ser borrada. Desde que compró el anticongelante no ha vuelto a descansar bien. Las ruedas del  carro del súper sonaban como las de la camilla donde se llevarían a Manel, tieso como un bacalao, camino al patólogo. Por desear, desea Paca que a  Manel le diera un algo conduciendo y que al estrellarse lo hiciera contra un árbol grande, una platanera frondosa donde pudiera poner una placa con sus iniciales en relieve, con un ramo de flores para que los que hubieran bebido dos copas se cagaran de miedo y de mala conciencia al ver que aquel árbol olía a muerto. Pero... ¿y si con el golpe mataba a alguien? El hermano de Carme murió en una colisión frontal. Le topó una pareja que volvía de una comida de empresa. Fíjate que pudiera ser la víctima de Manel un conocido, o dejara un hijo sin padre: eso era una crueldad. Mejor que muriera él sólo, en la casa, durmiendo. Pero él solo. La idea de despertarse y tocar un brazo frío la descompone. Muerto, pero solo. Sería lo más conveniente, pero si se quedaba pajarito en su cama tendría que tirarla... Ella no podría dormir en la misma cama que un muerto. Quizá tirar el colchón sería lo mejor. Costó mucho subirlo, era más grande de lo normal. Lo mismo se negaban a bajarlo, sabiendo que Manel había palmado en él.  Conocía al hijo de Montse, él era de los que hacían las mudanzas. Lo mismo se negaba a bajarlo pensando en Manel… Una contrariedad. Tal vez por el balcón… Cree recordar un metro en el bolso.  ¡Sí!... a ver, uno veinte…

-¿Qué haces, Paca?

Paca está midiendo el balcón con un metro de papel de esos que dan en Ikea, anda apuntando en bata, contando baldosas.

-Nada, cosas mías. Voy a ver si a esto le doy un cambio…

Lo malo es que hasta que llegaran los de la casa de muebles estaría con su huella en la tela adamascada y rumbosa, por allí... Y luego estaba su ropa... se la daría a la caridad, tenía una talla muy corriente y a las monjas les vendría bien.

-Ah Manel, con lo felices que hemos sido tú y yo...

-¿Hemos sido?

La voz de Manel petrifica a Paca que no sabe en qué momento Manel la ha pillado hablando sola.

-Y somos. Y seremos.

-Carallo Paca, qué poca fe le pones al tema...

Paca le pone poca fe porque ya le ve muerto y no entiende qué pinta por allí, con la de cosas que hay que hacer en el inframundo. Porque Manel iría al inframundo apestando a domingo y a cigarrito rubio. Manel era un dominguero encorbatado que ya no la ponía nada, salvo cuando le bajaba la cremallera por sorpresa, y él era un perfecto seductor y ella, aún con las medias retorcidas, era una hembra arrebatadora que iba a despeinarse mucho mucho y se lo iba a perdonar todo, todo, todo...

Paca se despereza con una sonrisa, está cansada. Sobre la cama encuentra una nota:
“Estás hecha una fiera. No te vistas, que vengo ya”
Paca sonríe y piensa en el anticongelante. Lo va a tirar poco a poco. Hoy un chorrito, mañana otro. Quizá si lo tira de golpe agujerea una cañería, vaya usted a saber, así que se levanta y lo destapa lejos de su cara, echando un poquito por el lavadero.
Y agua.
Y no pasa nada.
Así que echa un poco más, y otro poco, y el perro ártico de la etiqueta ya no la mira con los ojos encendidos, sino que es un guardián amigable y noble.

-Qué descanso- se dice Paca-, con la conciencia casi tranquila.

Luego tirará el bidón que ya ha vaciado y todo será un anécdota, y podrá mirar al mecánico como si nada y podrá mandarlo a paseo cuando le diga que sus tobillos están diciendo “cómeme”, aunque la dentadura del mecánico, blanca y perfecta quizá muerda con arte y delicadeza y tal vez no haya nada repulsivo en que le lama las pantorrillas como está haciendo ahora mismo ese hombre a esa mujer en este canal de la tele...

-Dios mío... ¿quién ha contratado esto?

Manel contrató unos canales con una oferta de la televisión por cable de una empresa local. Por cincuenta euros, fijo, móvil, Internet y veinte canales, entre ellos el del hombre que lamía pantorrillas. A Paca nunca le habían hecho eso y mira que ella tenía unas pantorrillas bien visibles y en perfecto estado de revista, pero nada.

-Resulta, Paca, Paquita, que para eso sirven las pantorrillas, para eso las subes a unos tacones.

Cuando Paca habla con ella misma todo aparece nítido. Pero claro, quién se levantaba un día y decía “oye, que he pensado que me apetece que me lamas las pantorrillas”. Manel se mondaría de risa y acabaría todo como siempre y sin posibilidad de enmienda. Ella estaba demasiado mayor para hacer esas cosas, quizá si comenzase de nuevo podría tener otra cara, hablar de otra manera, comer otras cosas y también, exigir que la lamieran.  Al ser otra podría ser como ella siempre había querido ser. No como esperaban que fuese, como esperaban los que la rodeaban, como exigían los que la querían. Quizá si Manel no fuera Manel y fuera un desconocido... Si ella fuera por la calle y alguien la abordara con gracia, quizá si ella estuviera dispuesta a reírse de ella misma...
Pero para eso hay que estar soltera.

O viuda.


sábado, 20 de octubre de 2018

Liberame, domine (2)


Cuando Manel habló a Paca de la jubilación, ella sintió que el asunto no podía aplazarse. La perspectiva de tenerle que aguantar horas y horas le atacaba los nervios. Hubo una vez, seguramente, aunque ella no lo recuerda, en que quiso que él estuviera con ella a todas horas. Ya no recordaba ese viaje, en el que por unos días fueron muy felices. Hubo un tiempo en el que ellos eran dichosos con lo justo para vivir. Parece que hace mil años.
El tiempo había pasado y ya no había forma de retomar aquella alegría espontánea, aquella emoción. Decidió que iba a matar a Manel por dejar de ser aquel chico que reía por cualquier cosa, que la cogía en volandas. De momento no pensaba hacer nada más que maldecirle mentalmente. Tal vez fuera  ese el último pensamiento ingenuo que tuvo Paca Sellés antes de dejar que las ideas que la rondaban empezaran a tomar cuerpo.
Sin un plan, ni un cómplice, Paca parecía abocada a la desesperación por tener que asumir su nueva situación de asesina amateur. Dudaba si sabría hacerlo todo ella sola. No había en ella esa decisión que nace de la ira o la codicia extremas, que hace coger un cuchillo, los polvos de las cucarachas o una botella de anticongelante, ese brebaje fulminante que sugirió su mecánico, un tipejo con las uñas grasientas y los dedos chatos a cuenta de su martillo. Luis estaba acostumbrado a ver pasar a Paca caminando dos metros por delante de Manel, que intentaba cogerla de la mano. Pero ella terminaba soltándose. Pensaba Luis que Paca iba cortando amarras, desangrando su relación hasta dejarla anémica. Una mañana que iba sola, vaya usted a saber por qué, la iluminó:

-Unas goticas cada día y palma seguro, reina mora.

Paca se revolvió, ofendida.

-¿Palmar? Como si yo quisiera que eso pasara, qué cosas tiene usted.

El mecánico comprobó la limpieza de sus manos y ofreció la derecha a Paca.

-Usted es Luis. Y sí, se te ve en la cara que sin él estarías mejor.

Paca estrechó su mano con fuerza. Era pequeña, blanda.

-Usted se equivoca, y no quiero hablar más de esto.

-No hará falta. Mucho me equivoco o va a salir usted en las noticias.

Luis arrastró el usted de forma cómica, en verdad que a Paca le pareció un usted muy poco respetuoso.
Ese Luis es un demonio, metiéndome la cizaña en el cuerpo con el marido, como si yo fuera una viuda negra, una asesina de El Caso…  Por un instante, Paca no desea envenenarle con nada, no quiere matarle… no ahora. Quiere que él se muera, que se volatilice, que se esfume. Quiere que desaparezca Manel, pero sin hacer nada ilegal a ser posible. Tampoco se quiere divorciar, divorciarse es farragoso. Y eso que no tiene ni canario, pero imagina ir al banco a dividir el dinero, al notario, al abogado, y se le hace un nudo en las tripas. ¿Y quién se quedará con el coche? Ella no lo quería, pero tampoco quería que se lo quedara él, porque salió de su sueldo. Era un trasto que iba demasiado al taller. Esa era otra: si seguían manteniendo el coche, de paso, también iban a mantener al mecánico. El puñetero mecánico que lo sabe todo y todo lo habla. Y la bicicleta. Bueno, quizá la bici era lo  menos importante, la bici era de él y él tenía que llevársela. Adjudicado: la bici para él y el coche al desguace.
La división de los bienes la atormentaba. En realidad no había demasiado que dividir, apenas unas cuentas corrientes, unos títulos, un negocio que no iba mal: no pasaba de doscientos mil euros para cada uno, porque el piso era de Manel y de su santa madre, que aún vivía en un estado de latencia muy inquietante, que debía que estar hecha de lo mismo que las columnas del templo de Jerusalén, pero Manel había hecho usufructuaria a Paca, y ella podía habitar el piso, pese a la oposición de la madre. Vaya par de dos, se dice cuando les ve juntos. La mujer, a pesar de su edad, tenía la suficiente lucidez para saber lo que Paca llevaba dentro, y claro, la pobre mujer sentía espanto y rabia ante la naturalidad con la que Manel vivía con Paca, ajeno a todo. Nadie la hubiese creído, pero si bien no podía nada contra su nuera, exteriorizaba su aversión no pronunciando ni una palabra mientras ella estaba presente. La guerra fría hizo de levadura en el plan criminal de Paca. Aquel piso era de la madre y del hijo de su madre, lo que impedía una división equitativa de los bienes inmuebles, que le correspondían a ella por haberlos mejorado visiblemente, que aquel piso no era el mismo desde que ella entró por la puerta y eliminó en menos de dos semanas el olor a vejez. Porque hay casas que huelen como el líquido con el que se friega el suelo, como el perfume de la señora de la casa, pesado, antiguo, y que a fuerza de reservarse sólo para ciertos días se ha vuelto marrón dentro de la botella. Hay pisos que huelen como  el ambientador de los armarios. Hay pisos en los que en el papel pintado habita un niño repeinado o un cocido con repollo. Este piso olía a polvo viejo y a ácaros. Y a Paca le costó lo suyo devolverlo a la vida. Este piso que había cedido a Manel su madre  para que viviera en él después de casarse, tenía un lastre que Paca se esforzó en eliminar: había sido en tiempos como un cuartel general para sortear crisis al que había acudido todo aquel familiar o amigo que precisaba alojamiento  por unos días para tratamientos médicos, o estaba preso de la burocracia, o esperaba el resultado de unos exámenes. De eso hacía mucho y se notaba que el aire estaba cargado de humedad, de esporas y de sonidos lejanos y difusos. Dice Manel que los sonidos se quedan prendidos en el aire, esperando que alguien los escuche y se los lleve sin querer, como un polizón que se esconde en la bodega de un barco. El maullido de un gato que tiene frío. La risa y el llanto de un niño. Una conversación, unos gritos, un respirar mal por la noche, la tos del vecino que fuma, la pena del que ha claudicado, el despertador que nadie se molesta en apagar, ahogado bajo una montaña de cojines… Aquella casa olía a fracaso, y Paca no lo soportaba.  Una semana antes de casarse entró triunfante con un par de cubos de esmalte celeste. Con las ventanas abiertas hasta arriba el aire oxigenó aquel lugar. El comedor fue de un verde lima ligerísimo, apenas un toque en el blanco roto de las paredes. El dormitorio de invitados tornó en una pieza cálida, tras una pincelada frambuesa, y el balcón, antes soso y desagradable,  se convirtió en un lugar en el que poder leer o cenar. En contra de los deseos y manías de madre e hijo el sol entró hasta lugares en los que nunca había estado. Cambió Paca  las cortinas, dejó un visillo para que pasara  la luz, un velo apenas. A través de ellos veía atardecer. Los abría un poco para sacar parte de su cuerpo por la ventana y respirar. Apoyada en la ventana con las manos, parecía un mascarón de proa, así lo pensaba Luis, al ver su figura esbelta y guerrera, como una Minerva surcando el aire de la tarde.
El mecánico la veía salir del piso cada mañana a paso ligero. Caminaba al ritmo de sus preocupaciones, que compartía con Carme, su vecina-amiga que la evitaba siempre que podía, harta de su conversación sobre Manel y el desamor. Paca buscaba justificaciones, coartadas. Paca se miraba las uñas color geranio y suspiraba, se ponía en situación, imaginándose volviendo al piso tras el funeral de Manel: por un instante podía sentirse dueña de su destino. Era una aspirante a asesina que se pasaba el día tejiendo historias en su cabeza, colosalmente peinada en el Salón Lucy, donde una mujer como ella era comprendida y mimada como merecía.



jueves, 11 de octubre de 2018

Liberame, domine


Manel no se levantó a la hora de siempre por la mañana, y eso que él era muy puntual. Cuando lo hizo se tomó su tiempo y se quedó mirando a Paca con tranquilidad, como pensando en otra cosa.

-Llegas tarde, -apuntó Paca.

Iba vestido para salir a caminar un rato: ni traje, ni corbata, ni zapatos.

-Me voy a despedir, Paca. Me voy a despedir y a estar más tiempo contigo. Vamos a recuperar el tiempo perdido, Paquita, a ser felices… yo te recojo del trabajo, yo te llevo de compras… yo soy tu sombra, Paca… Que yo sé que he hecho muchas tonterías y tú eres muy buena, Paca, y ya es hora que te recompense.

Manel abraza a Paca, la besa, la achucha. Paca se ha quedado con una expresión estuporosa. Liberame, domine… ¿Pero qué le ha dado a este hombre, con los cuernos que me ha puesto?  No puede ser, esto no me está pasando.

-¿Y el dinero, y la cotización?

El dinerillo siempre había sido importante para Paca, el dinero del seguro de vida de Manel, el dinero que no quería repartir en caso de óbito con su santa madre, el dinero que se iba a ahorrar si él se muriera ahora mismo…

-Me han ofrecido una prejubilación y con eso y lo que tenemos ahorrado vamos a vivir como Dios, Paca, estoy muy contento, la verdad… Yo a por el pan, yo bajo a caminar, yo a llevarte los sábados al cine, yo…

Paca ha desconectado. Notó que su cerebro estallaba como un melón en un experimento escolar.
Siempre pensó que él no llegaría a jubilarse, que le llamaría Peláez para decirle que le pudo el corazón, después de años de vermús y queridas. Le fascina esa escena luctuosa: ella delante del cristal del tanatorio, con la mirada perdida, viendo en el reflejo de la luna a la gente que estaba acompañándola en el trance, plantada allí, regia, con un bolso de mano. La gente diría: “Paca está perfecta”, “Paca parece que lo sabía” y ella llevaría el pelo recién tintado y las uñas perfectas, de un color coral  irisado y brillante, ni muy chillón ni muy pálido, un color saludable y clásico que resaltara esa juventud que escapaba por las mañanas y que ella rescataba en unos minutos a fuerza de oficio en un mar de brochas y potingues. Apenas había envejecido en diez años de matrimonio, así lo cree ella fielmente. En verdad al maquillarse conseguía un resultado magnífico, y casi era imposible distinguir a Paca Sellés en el antes y el después. Pocas veces Manel la observaba mientras entraba y salía del baño, pero cuando lo hacía,  al comprobar la transformación, algo se estremecía en él. En Paca había algo inconfesablemente tétrico que le salía por los poros matizados con polvos compactos nº 12, tono arena, esparcidos con una borla grande y suave. Paca se veía como una viuda bastante atractiva, como las que proliferaban en los westerns de bajo presupuesto, aquellas viudas que no eran de pistoleros sino de ancianos a los que habían cambiado la juventud por una tierra llena de vacas y tumbas. Ella sería la viuda de un señor mayor: Manel era joven aún para abandonar este mundo de dolor, y al mismo tiempo, muy viejo. Ella le veía muy gastado, así que su muerte debía ser algo natural e inminente. Tenía pensada su vida sin él, y le gustaba, la verdad. Su vida después de Manel era ordenada y precisa. Su vida de viuda sería boyante y cuadriculada, predecible y relajante, envidiada y merecida. En Paca existía una prisa inconfesable por dejar de ver a Manel, que era un amor de hombre, según sus amigas, que no conocían al Manel faldero y manirroto que debía morir ya por el bien de todos. A veces daba la impresión de que eso no iba a ocurrir nunca. Se despertaba por la noche y él estaba allí, sorprendentemente vivo. Roncaba ostentosamente, como diciendo aquí estoy yo. Y Paca le clavaba el codo en las costillas, interrumpiendo el concierto, fingiendo un sueño profundo.

(Continuará)

viernes, 5 de octubre de 2018

Bandera blanca


Voy a envolverme en una bandera blanca. Para que nadie se sienta ofendido. Bandera blanca por la claudicación, causa que desde hoy mismo abrazo. Voy a claudicar serenamente. Voy a dejar de pensar en todo aquello que enardece a las masas, voy a dejar que cale como la lluvia en mi la más absoluta indiferencia hacia los que peroran sin descanso. Ondeará mi bandera blanca como una sábana en  una azotea, en un hospital, en una cuna.
Una bandera blanca por la abolición del interés que alguna vez haya sentido por los que agitan otras. Ya no os veo, no os oigo, no tenéis nada que decirme. Vuestras banderas ofenden, crispan, excluyen. Abdico de vosotros con un retal de tela blanca, mi toga de senador romano, mi toca de monja improvisada.
Me envuelvo y abdico solemnemente. No sois nada mío. Lo mío es lo que ha quedado debajo en todas las escaletas, en las menciones escritas. Lo ignorado, lo silenciado, lo maldito. Eso que da miedo y pena. Eso que acojona a diario. Lo que nadie quiere en su barrio o en su vida. La normalidad de muchas gentes. Muchas, muchas. Cientos, miles, millones tapados con sábanas blancas, despistando el insomnio de la mala vida, soñando retazos de deseos. Mis compañeros invisibles -sin trabajo, sin techo,  sin paro, sin leche, sin bandera que los cobije- van de cara al invierno, tiempo litúrgico de la alegría y los regalos caros. Sean convincentes con nosotros.  Nos estamos yendo de las filas de los que escuchan, hartos de tanto poliéster de colores. Hastiados ya de catecismos, retahílas, anécdotas y  cuchicheos. Somos una legión en son de paz, envueltos en una bandera blanca. Pedimos la paz desde la derrota que da ser pobre sin matices. Pedimos lo que no tenemos, para cuando dejen de estar ocupados apuntando ofensas. Nunca los agravios alimentaron tanto a unos cuantos.
(Pedimos paz con pan, es de justicia. Pan con dignidad, indispensable. Pan y libros, innegociable. )
Ondeo mi bandera blanca. Me rindo ante su inacción que no es la mía. Abjuro de esa fe que no comparto. Son ustedes muy poco eficaces, ya les digo, ondeadores de banderas, cobradores de dietas, fabricantes de leyendas.
Qué lejos andan de la vida.


martes, 25 de septiembre de 2018

Mala tarde


Esta luz es amarillenta, como la  cresta de un gallo que se desangra, gota a gota, para hacer la comida de la fiesta. Esta luz es amarillenta y contiene polvo suspendido, para hacer más fatigosa la tarde, una tarde llena de niños muertos y mujeres muertas y hombres muertos o huídos. Mujeres y niños asesinados, hombres asesinos suicidas, hombres que huyen de su destino.  La tarde amarilla como la cresta del gallo tiene un olor imperceptible que incomoda. Es ese olor a gente extraña, cuando de repente entra en tu casa un tropel de desconocidos y deja de ser tu casa y toman posesión de todo con excusas y con cariño, con una sensación de prisa que no es tal. Nos vamos lo antes posible, debieron decir alguna vez a la madre de una mujer muerta.
La tarde de cresta de gallo se ha quedado huérfana de explicaciones. Nadie parece saber por qué matan a las mujeres. O lo saben y no lo evitan. O no lo  evitan lo bastante. O no las protegen. O no saben protegerlas. O hay algo que se nos escapa. Puede ser, en esta tarde cetrina, que alguien muy importante esté dando vueltas a la idea de irse a la vida corriente, abdicando de sus glorias y miserias, cegado por la visión de una mano inerte y amarilla. Una vez vi una mano inerte y amarilla, una  mano sin rostro, asomando bajo una sábana. Qué  imágenes tienen los hijos que sobreviven, qué dolor el de los que se quedan, qué odio el de los matarifes, asesinos con excusas, ebrios de dominación, malos, malos, malos.
Está el aire amarillo como ese gallo que ya no importa a nadie. Está la tarde pesarosa. No sé si es cosa mía este aire que hace que el pensamiento se ofusque, que haya una casa, dos, tres, destrozadas a estas horas, invadidas por gente buena que ya no puede hacer nada, lejos de los que están tras sus parapetos: los que pudieron, los que debieron, los que no supieron evaluar correctamente la amenaza. Los que no se irán porque no han hecho nada malo. Deberían dimitir. Deberían dejar paso. Hoy quiero que se vayan a pensar si no han estado perdiendo el tiempo.
Tener una vida para esperar. Una vida para asestar un golpe. Es complicado ser sombra de una sombra, también me lo han dicho esos hombres que recogen los pedazos de las vidas, pero en esta tarde amarilla vale la pena proponerse que sea sólo de tarde en tarde cuando logre zafarse uno de esos hombres y haga lo que han hecho estos tres últimos. No hay cifras normales  de mujeres, de niños muertos. Las mujeres que viven con miedo merecen algo más que minutos de silencio. Tal vez merezcan ser tratadas como los que hoy no darán la cara.