viernes, 1 de julio de 2022

Jaulas

 

Mi gato ha vuelto de hacer sus kilómetros nocturnos, lleno el pelaje de restos de parietaria, de olor a casa ajena. Ha caminado describiendo círculos alrededor de su casa que es la mía, buscando nada, pasando el tiempo.

Hace unos días vi a un muchacho en un parque. Tenía unos pómulos bellísimos. Pensé en dibujarle, si supiera, en fotografiar su rostro, si no fuera un pecado mortal andar curioseando las caras de los desconocidos. Pensé en el gato al verle allí, fumaba sin prisa un pitillo. Una mochila en el parterre, unas botas de montaña. Era una ocasión feliz. Contrastaba nuestra indumentaria con la suya, nuestra alegría con su indiferencia. Al volver estaba en el mismo sitio. Es posible que también esta noche. O tal vez estuviera de paso. A estas horas calienta el sol en esa plaza, y no hay donde resguardarse. Acaso si hubiera césped y árboles podría ser como la raíz de un ficus, y unirse al tronco y a la tierra, o ser una orquídea que sestea bajo un helecho. Mi gato huye del asfalto, salta de madera en madera, de toldo en toldo. Mi gato es doméstico y salvaje, vuelve a casa a comer y ronda nidos y jardines cuando se escapa porque no hay forma humana de retenerle que no pase por una jaula. ¿Meterán al chico de cabello rubio a una jaula también? ¿Le pondrán una multa dirigida al banco del parque? ¿Le reclamarán sus escasas monedas en un ejercicio de autoridad?

Mi gato moriría en una jaula, y hay quien tiene alma de gato, de gorrión, de nube. Hay quien necesita una fuente de agua limpia y tener dónde resguardarse de lo recio del sol y del frío, de lo hiriente de la realidad, de las cámaras indiscretas. Si yo fuera gato o tuviera mi vida entre los setos no sé qué necesitaría. Sé que una jaula no, una jaula nunca. Mejor unas botas curtidas, para ir y venir, intentando, aunque no lo parezca, el camino a casa.

martes, 21 de junio de 2022

Nápoles

 

Nápoles me ha parecido demasiado grande. Cada vez que vuelvo me parece más masificada, más agotadora, más ruidosa.  Los muchachos que están en los bares riendo y bebiendo son siempre los mismos, y el azul es delicado, y yo, querido mío, me he prometido no viajar sola nunca más.

Recuerda la última vez que vinimos. Entonces éramos más, es la maldición de los años. Cada día falta alguien. La semana pasada Jose, hoy ha sido Celeste, tan bonita como siempre. Estaba un mundo de años sin pensar en ella. Pero hoy se ha ido y ya no está, como resumen.

Ya me dijiste que Nápoles no, que mejor algo más tranquilo, y yo te tengo que dar la razón, porque ya no estoy para pelear por un taxi. La vida me ha ido apartando de muchas cosas, entre ellas un taxi. Esperarlo, llamarlo. Prefiero caminar, ir a todas partes pisando fuerte, fijándome en las paredes, o conduciendo un coche alquilado cualquiera. Ya sabes que viajo con libros y muchos planes, pero que al final siempre termino leyendo en cafés. Recuerdo lo decepcionado que estabas aquellas primeras veces en las que no hubo apenas un cruce de palabras. Aún creo a veces que fue porque soy mortalmente aburrida, que lo soy aunque me digas que no me trate mal. Tan sólo soy realista y debería ir pensando en ser también sincera, ahora que queda poco por ocultar. Me gustaría morir quedándome dormida con uno de esos libros maravillosos que llevan las tapas de piel. Como si pudiera viajar con sus letras. Parece que te escucho decir que entonces no me lleve a Proust. Es, como dices, especialista en desmenuzar la nada mejor que nadie. El tiempo perdido, decías, y se te escapaba una risa. Debería haberme ido contigo a la montaña.

Me traje una novela negra, cosas del trabajo, y un par de poemarios. Al segundo día encontré una librería y me compré una edición horrorosa de Ana Karenina. Busqué el final y ahí estabas. El hombre bueno, la trascendencia y el hijo. En el bar de mi hotel ponen música de Coltrane y el camarero ya sabe cómo me gusta el café. La moqueta está limpia y hay una señora que viaja sola y lee, como yo, pero ella partituras de orquesta. Lleva entre manos la sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, se la ve emocionada, inmersa en el segundo tiempo. Tal vez sea la música de su vida. Lleva unas piedras buenas en los pendientes y camina con tristeza. Tiene el teléfono silenciado. La llaman y no contesta. Toma café americano por las tardes y martini por la noche. Lleva unas gafas oscuras como unas que tuve para pelear con las timideces y que no me salvaron de nada. Me miro aún al espejo y veo aquel comentario de aquel señor al que todos admiraban por su ingenio. Eres una impostora, nada más que eso. Y yo lloré mucho ese día. Nunca haré nada que valga la pena, me dije muy flojito, casi para no escucharme. Aquel señor era un artista reconocido y yo una aspirante. Otro artista me dijo, borracho como una cuba, que nunca llegaría a ninguna parte. Posiblemente haya muerto también, como el artista, como Jose, como Celeste, y esté donde quiera que se halle diciendo mírala, lo sigue intentando, pobre infeliz.

Ahora Chet Baker. La señora de los pendientes verdes ha cerrado su partitura y tararea My sweet Valentine. Una pasión así, un destello de genialidad semejante. Toda la vida persiguiendo esa quimera de la creación. Buscar la voz propia es un camino atormentado que se alivia en momentos como este en el que llevo ya medio martini y me viene condenadamente grande, porque hay algo de renuncia en mi cuerpo y a veces se me olvida que no tengo salud para esto, ni me viene bien el azoramiento y la euforia entre extraños. Tengo un torbellino de palabras que no sirve para nada, como una ráfaga de poniente que trae basura por el aire y te alfiletea la cara para que te mueras de asco. El asco. Se me olvidaba este efecto secundario de beber a deshoras, des-días, des-años. No tengo excusa, llámame floja, que es medio martini y estoy pensando en dormir en el bar, aquí sentada en esta butaca de capitoné que no me llega a los hombros por detrás, por lo que, si me estás leyendo ahora, probablemente estaré con la cabeza colgando bien hacia delante (muerte del loro), bien hacia atrás (esguince cervical asegurado), y en unos días estaré en internet con un letrero que ponga karen in process, o algo así. Cuando estoy contigo hago menos estupideces. 

¿Ves por qué deberías haberme acompañado?

Hay una luz amarilla y cálida. Entra a veces por la ventana, entre estas cortinas ligeras que van y vienen como la vela de un barco. Proust hubiera dedicado al menos diez páginas a describir esta calidez, esta armonía que no es nada, sólo un instante congelado, un instante de paz en un universo bélico y feroz. Llegan noticias inquietantes, el mundo arde y hay quien está alimentando ese odio. En este bar parece que no ocurre nada. Tal vez por eso la gente los elige para huir de sus conflictos. En este bar, querido mío, hay una atmósfera neutral y amable, y todo parece estar bien entre personas de todas partes que conviven sin ningún problema. Hace un momento entró un chico, sij. Llevaba el orgullo de su kirpán sobresaliendo de un fajín de tela maravillosa, y en sus ojos, oscuros y perfectos, no se apreciaba ni un ápice de hostilidad. Cedió el paso a un señor más mayor que él, que pudiera ser alemán, holandés, qué sé yo… No tiene la mayor importancia. Lo único relevante es el discurrir pausado de las horas, entregadas, en mi caso a la observación, posiblemente estéril, de todo cuanto me rodea.

El mundo arde, dice una señora por teléfono en perfecto inglés. Arde, es indudable. Hay un televisor colocado con discreción, casi avergonzado de su existencia. El teletexto reproduce cifras de fallecidos, de destrucción, estadísticas de la infamia que para unos es liberación y para otros, derecho de conquista. Poco vale la vida cuando un cuerpo queda a merced del aire de la tarde en una carretera perdida. Lo más parecido a un sepelio es la imagen fija que acompaña al subtítulo, terzo mese, tercer mes. Hace ya tres meses. Aunque acabara hoy el conflicto, serán al menos diez años más de guerra.

No quiero ponerme triste. Es posible que recuerdes, o no, da lo mismo, que me propusieron un trabajo cerca de casa. No cuajó, no había dinero. Si no hay dinero no es trabajo, le dije a alguien que me aduló convenientemente al otro lado del teléfono. Pues otra vez será, me contestó, en un alarde de ingenio. Sé que no habrá próxima vez. Sabes que soy experta en bajarme de trenes en marcha, pero este ni había salido de la estación. Qué vida esta, pendientes de los dineros, de las querencias, de las amistades circunstanciales, que vienen a ser nada, o a menos, nada que valga la pena. Cuando colgué miré la cuenta del banco. Aún no debo dinero, pero estoy al borde del colapso. No te puedo engañar, a ti no. Me siento algo mayor para vivir en el alambre. Me llegó un mensaje de Roger. Tenemos que hablar. A saber qué quiere decir eso. Hablar de qué. Podría haberme avanzado algo, pero me da en la nariz que no sabe cómo empezar esta conversación. No puedo decirte el descanso que encontré al terminar cualquier relación personal o profesional con él. Bueno, tú sí lo sabes. Vuelve ahora, a intentar infiltrarse en mi vida con sus maneras de monja. Ya sé, tienes una tía monja. Con sus maneras edulcoradas, con sus maneras opacas y cargantes. No, Roger, no tenemos que hablar, le hubiera dicho, pero le dejé, como dicen los jóvenes, en visto. No tengo nada que aportar a este tema, querido, no me interesa nada de nada este tema, le hubiera dicho, pero ya me conoces, no me adorna la simpatía precisamente. Así que Roger espera que le indulte socialmente y yo espero no encontrármelo cuando vuelva por Alicante, que Alicante es un pueblo grande donde todo se sabe. Hasta la vuelta de alguien tan insignificante como yo.

No, no sé cuándo vuelvo. Me está gustando esto. Una señora me ha dicho si le doy clases de español. Es una huésped británica, encantadora, que viaja sola por primera vez. Peter, su marido, murió hace tres años. Eso es lo que le dice a la gente, pero en realidad Peter se fue con otra y ella le desea la muerte. Entenderás por qué me cae tan bien mi nueva amiga inglesa, que se ha comprado por medio de una inmobiliaria una casita minúscula en un secarral. Conozco la zona y espero que ella también, porque en ese lugar no hay ni malas hierbas, aunque pienso que será feliz donde vaya. Tampoco puedo decirte por qué, pero Marnie es feliz de dentro a fuera, y eso es casi como tener una escalera de color en este mundo de gente que nace con las cartas marcadas. Hemos quedado en vernos en el bar y probar si el camarero sabe hacer un Cosmopolitan en condiciones, que será lo menos importante, porque por bien ejecutada que esté la copa, el efecto en mi cuerpo será infinitamente peor. Me río pensando en cuando estuve aquella tarde con Leire y probamos a beber absenta. Qué temeridad. Nunca más, nos hemos prometido. Y somos ambas mujeres de palabra.

Me dijiste que iríamos a Cartagena, aún podemos hacerlo, si nuestras citas médicas nos dejan un respiro. Ver las ruinas romanas y ese mar, incansable y vivo, que recibe la vida con un abrazo. Las teselas, las piedras… Voy a ser una ruina poco vistosa, estoy empezando a pensar, mientras veo a las parejas corriendo al agua. Hay sin duda una edad en la que todo el cuerpo responde a un propósito plástico, y todo es armónico y encaja con la idea misma de la felicidad, con la energía, con la pasión. Fuimos esos y aún lo somos, llenos de ganas, ansiosos, hambrientos de otra mañana brillante, de otro café, de otro día. Echo de menos entrar en el agua corriendo, vencer la resistencia, sumergirme agotada, buscarte como una boya y apenas enlazarte los brazos en el cuello para después flotar tostándome, aunque sean sólo unos minutos, en los que soy como un alga que serpentea prendida de un pie minúsculo sobre el fondo, para salir y secarme al sol como las bolas de posidonia, para rodar con el impulso de una ola pequeña que me lleva y me trae hasta el abandono. A veces nos hemos sentido tentados de vivir lejos del mar y la sola idea nos ha entristecido. Qué seríamos nosotros lejos de esta playa, de cualquier playa. Un mar, aunque sea helado. Un mar tibio, un mar con mujeres de vestidos blancos… No me has preguntado cuándo vuelvo, pero te lo digo ya. Pronto. Lejos de ti me ahogo. Marnie se ríe, que conste. Le leo lo que te escribo y dice que hay algo pasional y adolescente en mis letras. Marnie fue profesora de lengua, o eso dice, y me reprocha falta de fuerza. Mas energía, me dice, mucho más energía. Deberías conocerla.

Hoy han encontrado a un muchacho con un disparo en una pierna. Nadie dice nada, pero en la calle la sangre sigue tiñendo el asfalto. Es un recordatorio continuo de otro Nápoles que no conozco. El chico ha sobrevivido, lo he leído en la gaceta local, porque aquí nadie dice una palabra del asunto. Viví siendo estudiante en un barrio donde las mujeres andaban por la noche, y se escuchaban gritos y malas palabras. Conviven muchas ciudades en una, muchos barrios, muchas calles, de día, de noche, solapados, sin verse. La calle manchada de sangre se parece a aquella calle donde también, a veces, había restos de un navajazo en el suelo. Todas las sangres se parecen cuando las absorbe el suelo, que anda siempre con una sed que espanta, que nunca tiene bastante. Aquí el suelo está sediento y despide un calor bascoso y seco. Parece a ratos que no se puede respirar. Esta mañana me ha ocurrido, mientras me latía una parte indeterminada del cuerpo. Ahí no hay nada, me decía mi médico, y al final sí había. Ese miedo, amor, ese miedo implacable que tiene ahora Lucía, que le seca la boca y le encrespa los dedos. Sergio me llamó para decirme que estaba débil. Cómo le quiere ella, con ese amor que es admiración y es consciencia del tiempo, de los hijos, de esas flores de frutal que veo desde la ventana. Me traje la nikon para usar el teleobjetivo, y parece que hay una tienda donde aún revelan carretes. Tengo una  foto de Lucía en blanco y negro, con ese olor que tiene las fotos, a química y a revelación. Está seria y dulce, como si esa foto fuera para Sergio. A ella no le gusta demasiado tomarse fotos. Es tan bonita… echo de menos su voz y su risa, y echo de menos su mundo siempre estético y cuajado de imágenes hermosas. Los que viajamos poco viajamos con los demás, vivimos sus vidas, somos partícipes de sus desafíos. En esa foto Lucía lleva un jersey de rayas marineras. Al decirme tú esta mañana que ibas a salir en bicicleta os vi a los dos por aquí cerca, tomándoos un vermut, esperándome. Habíamos hablado tantas veces de ese día que para mí ya ha ocurrido. Me he sentido feliz al imaginar ese momento en el que no habría nada sórdido ni triste: nada más unos viejos camaradas, románticos y cínicos, perdidamente sentimentales.

Sergio me escribe con su teléfono. Las personas tenemos una manera especial de expresarnos. Sergio quiere que me sienta bien, y me da esperanzas, pero eso precisamente es lo que me hunde. Tan bonita, tan dulce, tan inteligente. No tengo palabras para expresar tanta tristeza. Por eso he querido venirme aquí a recuperarme, para que tú descanses, a medio camino entre nuestra vida y la vida que se escapa en habitaciones en las que dormitan nuestros amigos. Me da miedo pensar que Sergio ya no me escriba, o que me llame para decirme algo que no quiero escuchar. Esa llamada, esa llamada que es distinta y es igual. Esa llamada que recueras toda la vida porque te falta el aire y la vida es peor, más triste, más vacía. Más pobre.

Hay una señora que se llama Sofía, su marido se pasa el día fuera, creyéndose un conquistador. Lo tengo ahora donde quiero, dice ella, porque los dos somos muy mayores y él no está para nada. Antes era un galán y ahora es un globo que yo pincho cuando sube. Pero era muy guapo, me dice, y me enseña fotos de un señor rubio con maneras de cantante melódico. No te espantes, que yo le quiero con locura, pero es más un hijo que un marido, para qué vamos a engañarnos. Se encoje de hombros y se ríe, acordándose de una de las muchas aventuras que él tuvo. Aquella pobre pensó que se iba a divorciar… si es que las mujeres somos tontas. O nos lo hacemos, le digo yo, por decir algo. Vuelve el galán y se van juntos. Él le ha traído una flor y yo me he pedido otro café, con hielo, prego. Mi cuerpo está acartonándose, volviéndose cada vez más leñoso, y absorbe cualquier líquido con una avidez espantosa. Como si hubiera algo latente que a veces estalla lejano, avisando de una catarsis, algo escondido bajo capas de tripas y carne que sirve más bien para poco, Roger querido, Roger amigo, Roger paciente. El hielo se va fundiendo lentamente: no soy consciente del calor que me rodea. Estoy sumergida en un ambiente de nave espacial. El aire huele igual a todas horas, tiene la misma temperatura, el sonido fluctúa tan solo un poco, como imitando el oleaje, meciendo las quimeras de todos los que nos hemos llegado hasta aquí, como barcos que nadie reclama, lleno el casco de lapas, abarloados, y hasta cierto punto, felices. Es la soledad la que llena los bares, me recordaba hace poco un amigo. Vine yo a este buscándola y no lo he conseguido. Es tan fascinante la gente, tienen sus voces tantos colores, hay tantas vivencias en ellos… Ya sé. Es la avidez del que flaquea por haber visto otra vez el precipicio, y que le impulsa a alejarse un poco para sentirse libre, para sentir el miedo de perder de vista la costa, para probarse una vez más, como si en el miedo hubiera una gran prueba de vida, o alguna enseñanza. Ya sé que tú crees que esto no es más que una fiebre que ha de pasar de largo y que me dejará exhausta y con ganas de no repetir un desafío semejante. Pero necesitaba volver a Nápoles, para como uno de esos barcos que vi esta mañana emprender la vuelta siguiendo varios rumbos. Lo llaman derrota. La vuelta es una derrota si no se tiene donde volver, y yo, querido mío, sólo puedo volver a ti, no sé ir a otra parte. Nápoles es  un puerto de paso. Los días son puntos de paso entre verte y no verte, entre libro y libro, entre un precipicio y el siguiente hasta que no haya más.

Espérame, esta noche vuelvo a casa.

domingo, 30 de enero de 2022

Francisco Florido, in memoriam.

 

A Paco le daba mucha risa cuando le explicaba lo que era un aliado. Paco tenía ochenta y muchos cuando hablábamos de que el mundo cambiaba. Él, siempre relativizando y huyendo de cualquier coartada intelectual, decía que ni más ni menos que en otras épocas, y me ponía multitud de ejemplos sobre cosas vividas y ocurridas. Siempre lograba convencerme. ¿Niña, pero por qué un aliado? Porque, aunque no lo creas, tu discurso es revolucionario con las mujeres. Siempre recordaré a una compañera embarazadísima terminando Grado Superior y su actitud, empática y facilitadora en todo momento.  Risas:  pues tengo los huesos para hacer la revolución. Niña: ¿te acuerdas cuando tocabas el Príncipe Igor y no sonaba nada ruso? Una bolchevique como tú, decía con ese humor tan suyo, con ese respeto tan tan grande.

Sería muy larga una relación de sus logros, imposibles para muchos, enormes en su tiempo. Puedo poner, sin embargo, el acento, en aquello que entendí como capital desde las primeras horas compartidas. Esto no es solo tocar, me decía. Si vas a ser profesora vas a tener que formarte como tal. Esto es saber estética, historia, cultivarse, leer mucho, aprender y aprender cada día. No se trataba sólo tocar y tocar mucho y hacer miles de ejercicios que yo repetí con disciplina castrense durante aquellos años, sino encontrar sentido a las cosas, saber esperar, tener temple y pensar que era posible. No lo hagas por reconocimiento, me decía: educar es ir a misiones y querer lo que se hace. Me puso un reto que creí inalcanzable: Jean Français. Y gracias a él, lo logré.

Para nosotros quedan las conversaciones, el cariño. Para cuantos le trataron, la educación exquisita, la caballerosidad, la amabilidad, la empatía. Sus lugares felices: la música, sobre todas las cosas, la familia, Málaga, Madrid, el ejército, sus compañeros de colegio, esa juventud esforzada de la que conocí algún esbozo. Su enseñanza: no dejar las cosas para mañana, luchar, luchar, luchar. Como en el título de esa película que adoraba, Mañana será tarde.

Descanse en paz, Francisco Florido.  Profesor. Amigo.

martes, 14 de diciembre de 2021

Cabestrillos

A todos ustedes les habrá pasado, que tras tener un brazo en cabestrillo, sólo ven mancos por la calle. Yo sufrí acoso escolar. Tengo los ojos entrenados para verlo. Lo huelo.

Si usted pregunta a cualquiera si está a favor, seguramente se ofenderá. Incluso habrá quien le ofrezca la definición académica, que vayan ustedes a las fuentes que vayan siempre tendrá dos características: intencionalidad y reiteración. La intencionalidad está clara, cada cual llevado por sus propios traumas e inseguridades (o maldades) se asegura la intimidación del otro, su anulación social. Siempre voy a estar en desacuerdo con la segunda, la reiteración. Porque si a usted alguien le calza un bofetón no espera que le de dos, le ha quedado claro su ánimo. Pasen el ejemplo por la perspectiva de género: ¿hace falta que un señor te diga guarradas diecisiete veces para que sea tomado en cuenta? ¿Alguien lo minimizará diciendo "son cosas de adultos"? 

(Aquí es cuando empiezo a hacer amigos, puede dejar de leer)

Los niños aprenden lenguas, ciencias, conocimientos. Aprenden modelos sociales: padres trolls en las redes, abusivos con los subordinados, agresivos en ambientes íntimos, antisociales disfrazados de ambición, pelotas, esquiroles. Vayan a  los partidos de las ligas escolares, verán canela en rama. Insultos que ustedes no sabían que existían, arengas que ni Leónidas, recordatorios constantes de que si no se domina la situación no se es nadie. Y los chiquillos van al colegio, y acosan, y amargan la vida, y son maleducados y disruptivos con profesores y compañeros.

Todo ocurre por algo. No hay imponderables en la conducta de un niño que era feliz y termina suicidándose. Hay, con demasiada frecuencia, una especie de lenidad entre los adultos responsables. En los centros se cuece todo. Hay una continuidad entre el entorno escolar y la calle. Todos conocemos profesores quemados y entornos disfuncionales. Ay de ti como coincidan en el espacio tiempo...

Denuncien. Hagan todos los trámites por escrito. Toquen dos puertas más arriba. Busquen apoyo, hagan pública la situación. Hay que intervenir siempre, porque no nos faltará quien nos diga que una no es ninguna o que con el tiempo todo se pasa. No somos responsables de la mala educación de otros, pero sí de la felicidad de nuestros hijos. Y eso es sagrado. Cualquier cosa antes de enterrar a un hijo.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Ruidos de fondo

Suenan blasfemias a través mi ventana, blasfemias emitidas como expresión de alegría, como elevación de la vulgaridad que todo lo invade, diría mi confesor si lo tuviera, si yo creyera en la salvación, si yo pensara que las palabras de alguien pueden ser blasfemias en su sentido literal. Estiro el cuello y alcanzo a ver una silueta que avanza elástica hacia el bar. Vamoooos, dice el que le sigue, en una especie de cross popular que acaba en el extremo de la calle donde todo se ha bebido, fumado y reído. Músicas de cualquier género, a todo trapo, para ilustrar la alegría que se viste de ruido como las señoras mayores de domingo, como los niños repollo, como los perritos de pelu y como los coches que llevan una cintita cuca en la punta de la antena. Aún los hay, sí.

Suena música de baile, muy fuerte, tanto que me vibra el pecho y eso no puede ser bueno, apunta alguien más mayor que yo, con un umbral de perturbación sensiblemente menor. Eso no puede ser bueno, me dice mientras abrazo al gato que tiene ojos de faro de autobús, porque un gato no entiende de cohetes, de motos, ni de verbenas, porque un gato nace con las patitas acolchadas para no hacer ruido y cazar cualquier cosa con patas o alas, o las dos cosas, o que perturbe el aire. Abrazo al gato por una cuestión de supervivencia coronaria, y sigo porque él se abandona y ronronea a pesar del merengue y los decibelios, y es otra vez mío y no yo suya, que viene a ser lo habitual.

Le dejo uno de mis auriculares cerca de la oreja parabólica y la suite francesa de Bach entra en su naturaleza felina con éxito de público y crítica. Llega el allegro y salta. No se puede tener todo. Me deja a cambio unos pelillos que iré quitándome poco a poco hasta que logre encontrar el cepillo que está donde las llaves: en cualquier parte que es ninguna, porque lo que se pierde es aquello que no tenía un lugar propio en nuestra mente, lo mismo da para un destornillador que para un amor de juventud. Ayer le vi. Basta decir que no me reconoció y me dije: ya no soy la misma y eso es bueno.

Pasa el blasfemo de vuelta. O será otro, todos se parecen bastante, y mi gato le mira sentado en la ventana con el rabo enrollado alrededor del cuerpo. Da con las llaves en la ventana para asustarle y soy yo la que salta de la silla al pensar en el cristal picado por este desconocido que ha dado una patada a la puerta del garaje en su recorrido triunfal hasta el coche que le llevará a hacer algo de vital importancia. Espero que se vaya y evalúo daños. Una bebida pegajosa en el portal, una huella de deportiva en la puerta, nada en la ventana. Aún podemos darnos por satisfechos. Tiene los pies pequeños como todo lo demás. Mi gato bosteza y se acuesta mientras echo un cubo de agua antes que se sequen las manchas de refresco. Vuelve mientras tanto el autor y a mi altura se para a ver cómo limpio. Le echo la lejía encima y me voy riéndome…

Vuelvo de mi viaje. Me he vuelto rascador y no me gusta. Me quedé absorta tras la patada al portón. Me sorprendió mi cerebro con un final alternativo de los últimos minutos. Mi gato me mira como queriendo entender qué le pasa a la humana, qué le pasa por la cabeza y a dónde va cuando al fin se levanta y cierra la puerta tras ella. Y por qué se ha dejado las llaves.

lunes, 11 de octubre de 2021

Planetoides

 

Prestigio a tope, ingresos pocos… esa es la matemática.”

FG, amiga y sufridora literaria.



Otro año que no nos dan el Planeta. Otro año sin encontrar editor. Otro año exprimido a tope, con alegría, con todas las fatiguitas monetarias. Otro año de ver cualquier vida y milagros de famosuelos en el escaparate de novedades. Otro año en el que estuve a punto de encontrar editorial. Otro año en el que comprendí algo más. Y eso siempre es bueno.


Comprendí este año que no firmar no es una tragedia. Que las editoriales tienen su propia agenda. Que hay círculos, troupes y hermandades en las que no ingresaré nunca por falta de habilidad social y probablemente literaria. Que las ventas no reflejan la calidad. Que hay que filtrar los mensajes. Que el éxito no es la fama. Que lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. Que las comas tienen que ver con las estructuras y las estructuras con el latín y que mi latín es un poco escuálido, porque aquel hombre estuvo enfermo y no le pusieron sustituto.


Me alegraré por los ganadores. Prometo no hacerme foto con ninguno. Porque como mi amigo Pacheco decía, hay que borrarse de esa lista de gente que le gusta sacar fotos y panegíricos. ¿En qué carpeta del ordenador se guardan esos retratos con los notables para desenfundarlos después a la carrera? Me alegro de lo bueno que ocurre. Que un libro se premie no lo es necesariamente, pero que se hable de libros siempre está bien.


Este año un vecino escribió un libro que aún no he leído y promete, sobre la libertad de conciencia, mi hijo ha leído el último de Carlos Taibo y está feliz, y Blas Ruiz Grau, inasequible al desaliento, sigue y sigue en las teclas. Saca en un mes lo último, El cuento del lobo. Le leeremos porque hay fuera del circuito del oropel mucho que descubrir. Los outsiders andamos sobrados de optimismo y por eso cada día hay alguien con una historia en la cabeza, con una sed extraña que le empuja a la escritura.  Hasta una Karen de la vega baja puede tener un sueño. Y cumplirlo, ojo. Seguimos.

sábado, 9 de octubre de 2021

Ojos de vaca

 

Luisa tiene ojos de vaca. Una vaca es un animal que no me puedo comer. Una vaca te mira como si pudiera hablar. Luisa mira como si no necesitara hablar. En sus ojos redondos y algo abultados hay una especie de súplica. Hazme caso. Lo necesito. Luisa tiene una hija con una enfermedad de nombre impronunciable. Luisa tiene falta de dinero porque no trabaja, porque no puede ser enfermera y trabajar. Le parece una estupidez pagar a alguien para que seque el sudor de la frente de su hija, para que le de conversación, para que llore con ella. Para eso está ella mientras viva. Dicen que le pagarán en un futuro, sea lo que sea el futuro. Su futuro es futuro imperfecto de subjuntivo, que jode más. El que cobrare, mejor comiere, dice con retranca de esa que sabe a bilis. Su hija no habla porque no puede pero mira también como mira su madre, con un temblor en la pupila, con una lágrima presa, con una chispa de rabia. La hija, la llama Luisa. Como si fuera la hija de otro, le recrimina su hermana. La hija se ha acostado, la hija tiene calor. La hija, bendita sea, está peorcica esta mañana, que parece que el viento la azota como a esas cañas secas, despeluchadas y amarillas que le hacen de cono de viento, que en elegante se llama anemoscopio, indicándole por dónde llegará el sonido de la campana, de la motocicleta o de ese gallo que aún queda para testimoniar un amanecer incipiente, apenas unos rayos naranjas, que fueron hace horas una gama hasta el azul que es la montaña donde la hija subió una vez con ella a la espalda, cuando la hija era pequeña y la espalda podía con la vida y con la hija. 

Esta mañana la hija ha amanecido extraña con los ojos más apagados, con la sombra más alargada, con los deditos más largos y las pestañas caídas. Luisa teje cualquier excusa  aunque sabe que la hora, la hora, la hora va llegando implacable. Señora, no espere mucho, no se deje liar, no gaste dinero, señora, que su hija, ya sabe, está con días de otro en este mundo.

La hija de Luisa, ternera de ojos, sarmiento de manos, junco enhiesto de cintura, se cansó de luchar ayer tarde, y cayó sobre las ventanas una gasa como tela de araña, empañadora, viscosa, espesa, una gasa que deja que el aire entre filtrando solamente palabras y colores fríos.

Las hijas, las Luisas, las vacas, los ojos, las ráfagas de aire. Las butacas solas.