sábado, 15 de junio de 2019

Lo de hoy


Hoy era el día. Ya está. Bastones y aplausos a porrillo. Somos bastante previsibles y como tal nos hemos comportado. Ganaron o perdieron los nuestros. Los míos perdieron, como siempre. Los míos siempre pierden, no sé cómo lo hago que huelo la tragedia desde lejos y me acoplo con facilidad a los desastres. Hay desastres que andan a fuego lento cociéndose como las habichuelas de las monjas, con sus remojos y sus sustos, sin prisa, que la vida es larga. La cocina monacal de la miseria, de la legumbre reposada y omnipresente, preside la comida de los pobres que han visto en las teles las varas, los vítores y las ovaciones. Dieta de harinas y carestía que no sabemos si sufrirá variaciones ahora que a tantos les cambió para bien la vida.
La autoridad recién jurada no nos ha contado qué ha pensado para esas personas que sostienen el mundo con alfileres: educadores sociales, profesores, funcionarios de prisiones, sanitarios, cuidadores, todos los que ven la cara B de la buena vida, que luchan cada día por la dignidad de gente sin nombre que se hunde y flota como los náufragos del estrecho, otros que serán ignorados y castigados, aún no sabemos en qué orden, para salvaguardar una sociedad imaginada, tóxica y boyante, falsa, necia, suicida.
Las sonrisas se multiplican y yo sigo a lo mío. Que es haber hecho muchas colas, haber aportado muchos documentos compulsados, intentar estar con el agua por debajo de la nariz mientras veo pasar por los cargos a personas afables con sus mejores trapos. Hoy, triunfantes, los he visto sonreír casi con inocencia. No sé si saben lo que el poder va a hacer con ellos. Los que estamos en la base de todas las pirámides sospechamos lo que el poder hará de nuevo con nosotros. No me malinterpreten, no es cinismo. Es experiencia.

lunes, 27 de mayo de 2019

Cuentos de la Santa Horcate


"La Hacienda estaba presidida por dos árboles que se plantaron en el tiempo de las abejas. Lo llamaron así porque no hubo una flor sobre la que no se posara una de ellas de día y de noche, llenando el aire de su zumbido, que no cesó durante veinte años, los mismos que tardaron dos crías de guacamayos jacintos en cambiar el plumaje  y emprender el vuelo como adultos. Durante los veinte años en que las abejas mantuvieron la primavera en la Hacienda, no hubo lluvia ni viento, tan sólo una brisa acariciante por la tarde y un sol nítido que no causaba sed ni a las plantas ni a los animales. Los pétalos de las flores se llenaban de gotas de rocío por la mañana y bebían las criaturas lo que les ofrecía la Santa Horcate, que era como la niña de los pájaros azules llamaba a la santa que vigilaba que no cesara el verde en la tierra y el azul en el cielo, y que salía al amanecer vestida de hojas de palma, contoneándose ante las fieras, segura de que no la atacarían jamás.  
La Santa Horcate dispuso que en estos veinte años no hubiera hombre sin amor, pájaro sin bicho, tumba desocupada. La Santa Horcate se ocupa de que la tierra sea fecunda y esté infestada de lombrices resbaladizas y sensuales, que se retuercen en el extremo del hilo que la niña que llegó en el tiempo de las abejas pone en el agua para que el pez koi se levante del fondo del estanque y salga a visitarla. La niña Mariana tiene un sedal en el que ata una lombriz sin llegarla a estrangular, incordiándola sólo un poco, dejándola moverse, creándole la ilusión de la libertad, que es como mejor se mueven los hombres y como mejor cantan corales al patrón, al rey, al verdugo. La niña Mariana lleva una argolla en un tobillo que le pone su madre cuando se va, camino del otro extremo de la Hacienda, una argolla verdosa y musical que la hace sentirse lombriz cuando se le aparece la Santa Horcate y ella se mueve con su pelo negro sobre los ojos, sin atreverse a mirarla, una danza de reverencia y de liturgia, de miedo y de posesión, que acaba pasados unos minutos tras los que sus ojos perciben estrellitas y destellos, como luciérnagas, que le dicen que llevará el pelo lleno de hojas cuando se levante del suelo, en el que ha estado rodando sin saber que dormía, apenas hace un instante. La carpa sagrada, con sus bigotes de animal serio, la llama desde el estanque para que se vaya levantando del trance y quite con cuidado la tierra que le mancha los piececillos pequeños,  las piernecillas de alambre. La carpa es la buena suerte, eso dicen todos, y por eso ella no duda en seguir sus indicaciones y evoluciones, imitando sus círculos, que se entrelazan con los que dejan los mosquitos que acuden a beber y a poner millones de huevos para que eclosionen a un tiempo y el abuelo Matías pueda espantarlos mientras se mece sin prisa, mirando a la niña Mariana, pensando si será bueno que la tengan atada de un tobillo cuando llegue un puma hambriento, un chacal o un hombre.(...)"


Este es el comienzo de una narración que busca editor para relación estable. Si es de su gusto y lo comparten, agradecida. 

sábado, 4 de mayo de 2019

Reflexión


Pasé la jornada de reflexión en un centro comercial. Poco glamour, lo sé. Estaba en la puerta de una tienda que vendía productos naturales. Llevaba en las manos un bolso hecho de fibra de coco, que tiene como poco una textura interesante. ¿Cómo lo harán?, pensaba yo, mientras esperaba a mis acompañantes. Estaba enfrente de una puerta que comunicaba con el exterior. En un coche llegaron dos chicos, veintitantos, barbudos, bien vestidos, guapos. Se besaron dentro del coche antes de salir. Una vez fuera había un metro de separación entre ellos. Me pregunté si esa distancia era como la de los matrimonios que están algo hartos el uno del otro, o si se sentían obligados a esconder su afecto. Me pregunté, si hubiera yo estado en su situación, qué hubiera hecho, cómo viviría ese sentirse observado por un mundo que ese sábado viraba sin control hacia el pasado, que digan lo que digan no fue mejor. Porque una legislación cambia en unos meses, se publica, entra en vigor, pero la mentalidad de la gente es otra cosa. Ahora que ha pasado un poco aquel momento de tensión, ahora que se ha votado lo necesario para no naufragar en aquellos lodos, me pregunto qué pensarán esos dos chicos cuando pasen por una calle y vean símbolos que nos tuercen el gesto porque nos ponen en antecedentes. Hay lugares que son advertencias. Hay personas que no lo parecen, vociferando, soltando coces, creyendo que es posible invadir la vida privada como en esas batallitas falsas y mal contadas con las que nos trufaron la memoria de pequeños. Allí, viendo ese par de muchachos que supongo hermosos y felices, tuve en mente a amigas que  pasaron una campaña horrorosa. Ellas, tan valientes, después de romper tantos esquemas, tras una vida hecha juntas, obligadas a la represión pública por esta gente que venía bramando… No podía ser y no ha sido.
Me alegro por todos y todas. Me alegro de las matemáticas que nos acompañan en este momento para blindar nuestras leyes orgánicas. Porque gritan pero son pocos. Sus números son como sus argumentos, pero están ahí para recordarnos que los derechos se conquistan cada día. Tal vez esa sea su labor, empujarnos  a la acción, hacernos reflexionar si no estábamos un poco lentos, si no nos habíamos tranquilizado y habíamos olvidado que seguimos necesitando unas cuantas mareas de colores para que eso que es la cosa pública, eso que nos hace iguales y libres, sea irrenunciable, innegociable.
Por la sanidad que nos salva, por la educación que nos iguala. Por las leyes que nos dan dignidad nos felicito y nos espero en la calle. En realidad siempre ha sido ahora o nunca.

sábado, 20 de abril de 2019

Dilema


En días como esta tarde, Pepa imitaba a las aves. Los pájaros están hoy felices, hinchados de todos los gozos, liberados de la lluvia, buscando algo para comer, jubilosos, estridentes.
Pepa imitaba a los pájaros con la gracia de sus palabras. Ponía colores al aire de tardes oscuras, como esta mismo de ahora, con hileras de palabras preñadas. Las palabras de Pepa estaban llenas de otras, y esas otras de otras más. Cuando uno hablaba con ella no parecía tener fin la música de sus frases. Hay gentes que hacen eso, llenan el aire de letras que no precisan coartada. Existen porque merecen una vida larga y fuerte, nos llenan de gozo, nos mueven las voluntades. Esas personas, a veces, se van demasiado pronto. Recuerdo a Pepa siempre los días que llueve un poco, porque ella y yo hablábamos mucho cuando no se podía hacer otra cosa. Ella me daba sus letras, las envolvía con seda, las anudaba despacio.
Pepa era tejedora de palabras honestas. Llenaba los días de risas, urdía túnicas con frases con las que vestirse a diario. Frases llenas de palabras llenas, fecundas en lo esencial, perfectas en su medida. No sobraba ni una letra donde su verbo inflamado y serio ponía acentos, ¿la recuerdas? A veces me lo preguntan. ¿Puedes olvidarla? Sería más apropiado.
Pepa, mujer, vuelve a quedarte otro rato. Aún no puedo borrar tus señas. Quiero encontrarte si voy, volverte a mandar una carta. Quiero crecerme con tu aplomo, si pudiera ser, esta tarde. Qué mala es la lluvia esta, que te lleva a pensar con cordura, te recuerda los días señalados, te malmete para que llores la memoria que no es aún memoria, que es vivencia, porque ser memoria es como empezar a olvidar y yo aún no quiero.
Quiero y no quiero llamar a Pepa esta tarde. No me digan que no es un dilema.


sábado, 6 de abril de 2019

Sábado de ira


Al margen de la literatura de los dormitorios vacíos y las habitaciones del hijo, al margen de las familias rotas y la sensación de fracaso, la vida sigue, sin dar tregua. 
Leo que otro niño se ha suicidado. Le acosaban en el colegio.
Lo sabían.
No constaba oficialmente. La oficialidad tiene esas cosas, esos muros de contención impermeables y osmóticos al mismo tiempo, que dejan escuchar el exterior pero no el interior, que se blindan ante la evidencia de una vida rota, perdida. Hay un protocolo que se seguirá fielmente, pero esta gestión del fracaso tendrá pocas novias, porque el fracaso tiene eso, que no apetece acompañarlo ni de lejos. Un caso con niño muerto es siempre malo de llevar. Se pone en tela de juicio todo, desde el ángulo muerto del patio hasta la personalidad de la víctima, extremo este muy común y cabreante, materializado en expresiones difusas que son recomendación y mandato, salpimentadas con aire de  juicio, a saber:

-Debería jugar al fútbol.
-Va demasiado adelantado.
-Son cosas de criaturas.
-En mi época era peor.

Y otras igual de ingeniosas.

Sobre todas estas grandes ideas gravita proteger el nombre de la institución, lugar común de todos estos sucesos que a veces trascienden y a veces no, pero que son más frecuentes de lo que deberían, aunque no tan insoportables para la mayoría social como para que se materialice una gran movilización, un cambio de paradigma sobre lo que ha de ser soportable. Importante saber cuánta mecha hay que aguantar como profesional o como alumno,  cómo afrontar una situación grave, que como cualquier victimización tiene un componente importante de vergüenza y que mermará amistades y círculos sociales de manera alarmante y a veces sorpresiva. Del ofrecimiento de colaboración al mutismo selectivo va la declaración de intenciones de una familia que sufre, que en el caso que nos ocupa habrá tenido que ver que al final sí que se sabía quién había hecho qué durante tanto. 
Son menores los implicados, adultos los que custodian. Ni unos ni otros están por encima de las normas, pero ante lo irremediable piensa una, que tiene un gen mediterráneo, que es hora de decir que ya es bastante, que los pequeños sádicos no lo aprenden todo en internet sino sólo una parte y que la otra parte se larva  en la mesa a la hora de comer, con el desprecio y las batallitas de los padres, que éstos han de ser responsables siempre y que los custodios, nuestros profesores quemados  y mal pagados, pueden ser lo mejor y lo peor, porque son personas corrientes, como el agresor, que desposeído de su brío, subordinado a un proceso, parecerá una paloma mensajera. Qué amargura de niños tristes, de padres destrozados, de amigos que cargarán toda la vida con saber que fueron cobardes. Rectifico: amigos les viene grande, porque no existe la neutralidad, otra mentira más, otra trola conveniente, como si fuera posible echar más balones fuera para coronar este fracaso. Falta formación y arrestos. Falta que alguien proteja al que denuncia, y sobre todo faltan ellos, esos chiquillos que se han quitado la vida y que no son prioritarios más que para los suyos.
Aquí quiero ver a los gurús educativos y a los que les hacen el caldo gordo. Aquí, asumiendo el desastre.
 (Perdonen mi ira.)

lunes, 18 de febrero de 2019

Semana Santa


Que España huele a incienso que empalaga no se puede discutir en estos días. Entramos en el tiempo litúrgico de los futuros imperfectos: hijos no concebidos, hijos abortados, hijos sin desayunar, hijos sin expectativas, hijos que no se van porque no pueden, y como no pueden, no pueden tener hijos. No sé si me siguen.
Egea invocando el Viernes de Dolores. El alcalde de Lorca y sus festejos. Me falta una opinión autorizada y para ello hablaría ahora, si ella estuviera aquí, con la hermana Elena (llamémosla así), la hermana de una vecina mía que anda de misionera por el Caribe, el Caribe de los piratas, las chabolas y los huracanes. La última vez que hablamos estaba destinada en un hospital de gente con VIH, que allí debe ser mucho peor de lo que llegamos a percibir aquí, a pesar de todas nuestras conexiones y desinformaciones. Ella tiene una mirada directa, de esas que te desarman. Vino a ver a la familia  -viene cada cinco años- y estaba con pena pensando en la falta que estaría haciendo entre sus enfermos, en la que ya era su tierra. Decía que teníamos mucho aquí. Alababa la sanidad pública, la educación. Renegaba del consumismo, no entendía la necesidad de tantas cosas. Sospecho qué pensaría de instagram, de las polémicas de escritorio, de esas “cámaras de eco”  que mueven tantas pasiones. Si hoy pudiera mirar a la hermana Elena a los ojos, le preguntaría sobre esta Semana Santa que hoy se ilustra en la tele con imágenes  dignas de un péplum, y yo sé lo que me diría. Que se volvía con los suyos. Nadie como estas personas para explicar qué diferencia un país que vive de un país que malvive sin esperanza, vapuleado por vaivenes políticos, mangoneado por las potencias occidentales, expoliado, sin esperanza.
En estas fechas que se avecinan es casi de mal gusto hablar de una Semana Santa que es escaparate y turismo. Andan desahuciando aún, siguen llegando menas, las clases se multiplican hacia abajo y abajo del todo hay una sociedad que como el topo cava y cava más hondo. No encuentro palabras adecuadas para expresar mi desagrado, pues parece que hay una España de liturgia y corbata que aún pasea como antiguamente, por un lado exclusivo de la plaza, pensando que lo suyo es todo y que además, todo es suyo. Llámenme exagerada, que lo seré, pero esto no tiene un pase. Es mediocre. Es estéril. Y aún no han disuelto las cámaras. No estamos aún ni en la primera estación de penitencia.



viernes, 4 de enero de 2019

Sin prisa



He sentido una certeza dolorosa.
La lejanía ha estado un momento entre nosotros. Entre todos nosotros, por un instante, ha habido una distancia inabarcable. Ha sido sólo un momento. Uno ha mirado hacia un lado. El otro, hacia el opuesto. Cada cual ocupado en sus cosas, extremadamente importantes. Así son esos asuntos que nos absorben: ineludibles. Advertidos estábamos todos, sin decir una palabra, al mirarnos de soslayo, sin esperar más palabras que las escritas a toda prisa, enviadas a otros, contestadas por otros tantos tal vez. No lo sé. No soy receptora de esas palabras.

He notado cómo el frío me dejaba inerte como una estatua. De tanto esperar que me mires, me he quedado como los ojos de los colosos, vacíos de vida si se observan muy de cerca. Y el caso es, que si lo piensas, nadie mira a los ojos a las estatuas. Miramos desde abajo su figura, exploramos el conjunto, pero su rostro está sacado de los libros, como los techos del Vaticano, como esas nubes y esas estrellas y todo eso que ocurre lejos, lejos, como estamos ahora, rodilla con rodilla, pero muy lejos.

He hecho ademán de levantarme. Me habéis retenido con dulzura. No te vayas, y me quedo. Hay un espacio que ha desaparecido y  me quedo, esperando esa mirada, pero sin prisa, sin frío, sin duelo. Habéis terminado vuestras cuitas y me decís cosas corrientes, de esas que construyen la vida, para cimentarme al suelo que pisáis un día y otro a mi lado. Mi suelo, mi vida, mis horas. He notado, por un momento, que he hecho bien en estar sentada un poco más, para recibir el regalo de la sonrisa, esperando como se espera una ola. Poco a poco. Sin prisa.