lunes, 17 de julio de 2017

Verano

Hace muchos, muchos años, hubo un lugar feliz.
Hace muchos, muchos años, leímos tebeos en la sala. Tebeos de hadas, de Roberto Alcázar y Pedrín. Tebeos de la familia Ulises, del profesor Franz de Copenhague. Estaban apilados en la sala, detrás de la puerta, debajo de una percha con un sombrero mejicano. Para leer los tebeos había que ponerse el sombrero y no levantar las persianas, eso era capital.  Así fue durante ese verano y los veranos siguientes. Mi primo empezó a gatear. Ahora su hijo también gatea, y es igual que era él, tan sonriente, tan dulce…  todos queríamos tenerle en brazos, porque  sin ser conscientes sabíamos que era una bendición aquella tranquilidad, aquellas manecillas redondas. Hace muchos, muchos años, tuve un verano feliz.
Tuve otro verano feliz. Mi abuela compraba manzanas ácidas y la plaza estaba llena de flores naranjas. El suelo irradiaba calor y los escorpiones aún estaban bajo las piedras. Aún había piedras que levantar con un palo, una serpiente pequeña, una lagartija que huía, una avioneta -una sola-  que llegaba al aeródromo  de los ricos, llenando la siesta de un ruido desconocido que se perdía haciéndose más grave, más y más, hasta perderse. Mi abuela era poderosa, la mujer más poderosa del mundo. Se fue al verano siguiente, sin decirme nada. Me dejó el sabor de aquellas manzanas, la risa en el aire. Me dejó su memoria intacta, su porte, parece que está ahí mismo, frente a mí, sin inmutarse. Es lo que tiene haber vivido el fin del mundo varias veces, y volver para contarlo sin una pizca de drama.

Cada verano por julio,  cuando parece que el mundo sestea, vuelve todo a revelarse, como si hubiera estado escondido entre las prisas del frío. El crujir de la fruta, los niños dormidos, la voz de la memoria.  Un verano dentro de otro y así hasta llegar  a este momento en el que la felicidad tiene otro significado, y se cimenta, sin embargo, en lo mismo. Leche, limón y canela. Hielo, menta. Azúcar tostada. Malta.  Barquillos con mantecado, granadina con cubitos. Agua de mar. Cangrejos, castillos de arena. Unas manos manchadas que pelan la fruta con parsimonia, haciéndola pedacitos. Te haces mayor cuando puedes pasar un ratito viendo comer a un bebé, y eso convierte el instante en algo que si no es la felicidad se le parece mucho. Mi primo, aquel primer verano que recuerdo,  abrazaba una sandía y era tan grande como él;  esa foto aún nos hace suspirar, porque mirándole mientras posaba estábamos todos, también los que se fueron yendo cada verano, quedándose entre los pliegues de este ropaje que hoy extiendo, como tapiz de vida, maravillada ante tanta felicidad vivida, y más que vivida, viva. 

jueves, 6 de julio de 2017

Niños

Son las cinco y el sol tuesta sin tregua, como es su costumbre, hasta la tarde, que será mucho más allá de las siete cuando empiece la gente a salir de las casas a ver si se vive mejor fuera.
Una señora grita a dos niños “¡Borja! ¡Lucía!” La señora les reconviene porque andan por la calle corriendo y jugando, con sus ropitas de aventura, haciendo un ruido tremendo para la hora de la siesta,  eso les dice, y les explica que depende, sobre todo, de la hora a la que uno haya comido, aunque aquí es costumbre hacerlo a la una, como toda la vida, aunque eso es flexible desde que no todo el mundo va al campo, porque el campo en esta época requiere pocas manos, o no tantas como en el invierno, más húmedo y laborioso, más verde, más generoso.
Borja y Lucía son niños, como todos los niños del mundo, que cogen algo del suelo y es un tesoro que enseñan para horror de su madre: ¡no cojas nada del suelo! El suelo es donde muere lo que se abandona por descuido o por desprecio, y poco hay que rascar en este suelo barrido y soplado horas antes, pero Lucía ha visto algo con ojos de urraca y ha corrido hasta ello para extraerlo con las uñitas de entre dos adoquines, que ha estado un ratito hurgando con mucha paciencia. Su madre le obliga a tirarlo en una papelera de diseño, que causa estupor y alegría, mira cuántas papeleras hay. Como si viviera gente aquí, señora mía.
Borja amaga con meterse a la fuente, ni que decir tiene que es reconvenido y extraído de la nube de avispas que planean lentamente sobre la humedad con las patitas colgando y el aguijón preparado. Borja no lo sabe, pero tiene una suerte loca de no haber sido acribillado cuando ha decidido enrollar un papel y jugar al tenis con ellas. Me da que es la primera vez que Borja tiene un cuerpo a cuerpo con avispas, y ha salido bien parado. Si le hubieran picado hubiera visto su madre que también tenemos farmacia. Eso que se ha ganado, señora, digo para mí mientras espero, que no son horas, al que no llega.

Alguien grita desde lejos si le gusta el pueblo y Borja contesta que sí, no sé quién lo dice, y creo que Borja tampoco. Anda demasiado ocupado con una misión que pone a prueba todas sus estrategias. Su madre no se ha dado cuenta porque está lavándole a Lucía las manitas con una botella de agua mineral que ha sacado del bolso. Lucía tienen unas manos perfectas, irrealmente pequeñas. Casi no me acuerdo cuando tuve una mano así de pequeña entre las mías... Antes había fuentes, le explica a la niña, y la gente bebía agua de allí. ¿Y los perros también? La madre se queda callada, antes un perro era una posesión, una cosa, ¿cómo se explica eso sustrayéndose uno del concepto? No sé si piensa eso la madre, pero es una buena pregunta que puede hacerse de camino a la farmacia, porque sí,  Borja lo ha conseguido.  Está rojo como un tomate, con un lagrimón asomando. Podrá decir a la vuelta que el primer día en el pueblo le picaron las avispas.