martes, 5 de septiembre de 2017

Soy árbol

Me imagino a mí misma como un tronco de árbol. Mis anillos dicen lo que ha llovido, lo que he sufrido, lo que me han herido, lo que he dañado. Mis anillos se nutren de historias que han hecho de mi piel una corteza impenetrable de la que se caen pequeños jirones, como la corteza de un eucalipto que bebe brisa por sus estomas, orgulloso de su fuste, hacia arriba, hasta la casa de aquella ardilla que salta y salta. Mis pequeños pedazos caídos se desprendieron un día cualquiera en el que alguien me miró a la cara y me puso delante un espejo, sin más, y me mostró mi fealdad desconocida, adquirida tras pasar de puntillas por el dolor ajeno, tan extraño, tan lejano. Opinable, descarnado, obsceno, gratuito…
Soy a veces un eucalipto en el que anidan pocos pájaros, en cuyas ramas cuelgan los excursionistas sus basuras, adorno inesperado de final de tarde con niños cansados, parientes molestos, jugada de cartas, herméticos vacíos, un poco de arena, un poco de sol, un poco de sal, unos espárragos robados a las dunas, un columpio colgado con trabajo, una manta donde dormimos una siesta perezosa, que no duró apenas unos minutos, porque el niño vino, porque el niño quería, porque el niño, porque la madre, porque el cuñado. La manta ha quedado plegada con parsimonia, como esa bandera que ponen sobre el ataúd de los héroes y entregan a la viuda con solemnidad, que es sólo miedo ante la muerte del otro que ha quedado exangüe tras un episodio que nos causa un recogimiento que es la duda de saber si seríamos nosotros capaces, si llegado el momento, seríamos el que se queda ahí, consciente de su pequeñez, ante lo que le compromete el tiempo, lo único valioso a la postre. Esa imagen hace que mi corteza se vaya quedando desnuda, como cuando otro niño está un ratito esperando junto al árbol y se detiene leyendo los testimonios de amor que lo fueron un día, y que quizá sean como las cortezas que se van desprendiendo por el trabajo de sus dedillos, aburridos de la espera que no termina mientras los mayores discuten sobre cosas más aburridas aún que esas salidas que sólo acaban con trabajos como sacudir la manta, como lavar los herméticos, como cepillar la tapicería del coche familiar en el que aparece una carta que enciende una pequeña hoguera, porque una baraja sin una carta ya no sirve salvo para hacer castillos de naipes, que eso es nuestra vida dice ella, y llora y llora y llora y el árbol queda desconchado, sin más.
A veces soy un ombú. Nazco por la mañana como una yerba desgarbada, me quedo mirando el cielo y subo y subo, mientras los que se llaman mis dueños   -ellos creen que lo son-, admiran la potencia de mis ramas, yendo hacia las nubes. Especulan sobre lo frondosa de mi sombra. Dicen que será una buena sombra para que anide bajo ella una familia humana, para que bajo las hojas haya un lugar para que estén los niños lechosos de piel quebradiza, que no pueden soportar el sol. Niños de venas azuladas, de mirada oceánica, de piececillos mullidos bajo el ombú, al que también dan una familia. El ombú debe crecer al lado de otro, prosperar y soldarse a otro ejemplar y entre ambos, resultar uno magnífico. A veces soy ombú y bajo mi fronde se para un caminante casual, que es amigo, o desconocido, o hermano, y mi sombra le refresca y le ayuda a seguir un camino que no es el mío, porque no puedo seguirle, porque mis raíces salen del suelo para abrazar la tierra que huelo cuando llueve y que me da la vida. A veces soy ombú y mi tronco crece y crece, pero basta un pequeño sobresalto para que emerja mi corazón hueco donde anidan las gallinas y se esconden los niños. A veces un corazón hueco es un refugio alegre para el que sufre, para el muchacho que sólo quiere correr y esconderse, para el animal que necesita tan sólo un lugar donde cobijar a su prole, desesperadamente dependiente, incansablemente pedigüeña, transida de hambre, de sueño, de aburrimiento.

Soy ombú hueco. Soy corteza frágil de árbol gigante. Soy un organismo vivo que no quiere pertenecer a nadie y que sin embargo está  sujeto a ligaduras que anclan a la tierra y la remueven. Se sentarán en mis raíces a llorar sus penas, a comer un bocado, a contemplar la vida que se ha ido, el amor que no regresa, la oportunidad perdida, la tierra imaginada. Soy el lugar donde alguien reposa sus huesos antes de seguir virando el rumbo, que es lo que distingue a una mujer ombú de cualquier otra, porque una mujer ombú no puede sacar sus raíces del suelo, tan sólo girar sus hojas de manera imperceptible para sentir una vez más la caricia del sol y ver partir al niño, al anciano, a los amantes, a los amigos, a los desconocidos y a cuantos se quedaron un minuto mirando hacia la copa, extasiados por el juego de luces que hacen de las ramas un caleidoscopio que aprecian al sacar de su interior un niño que andaba dormido o escondido en el hueco del  tronco, tal vez jugando con otro, tal vez escondiéndose de la madre que le llama, y ante la que se resiste a comparecer, porque cuanto le une a la infancia le aleja de la decadencia que son mis ramas secas,  ante las que mira sus manos nudosas, esas manos que me unieron a este espacio para siempre. 

lunes, 21 de agosto de 2017

No me puedo alegrar

Créanme si les digo que no me alegro de nada. Ni tan siquiera siento alivio.
Dicen que el chico está muerto, boca abajo, que le han abatido, dicen.
Debería vivir para que pudiéramos bucear en su mente. Si sus mentes no fueran un misterio, todo sería previsible. Hoy sólo hay un poco de mar de fondo. Los equipos desplazados, las estrellas con sus asistentes, los redactores nerviosos. La vida a golpe de clic, que ya no aporta nada, porque la verdadera reflexión siempre es lenta. Sarkozy y los banlieu. Las patrañas sobre ayudas sociales. Los fachas a la que salta. Colau en la diana ¡cómo desperdiciar la ocasión! También están los lingüistas, tropa y marinería ofendida, que se revuelve contra la imposición que sólo es hablar con tu lengua, que es tuya, que te pertenece, que piensas y maldices en ella…
No me alegro de nada, si acaso de ver cómo se caen las caretas: los sermones religiosos, las arengas militares. Pocos trabajadores sociales he visto en prime time, pocos a contar lo de siempre. Que la paz se construye con pasta, que es tanto como decir que la educación no se mantiene sola, que el civismo se  cultiva, y se mima y se guarda como un tesoro. Pocos maestros de barrio, ninguna profesora en vaqueros, de las que ponen las galletas de su bolsillo. Sólo expertos en lo macro. Expertos en todo, a posteriori. Expertos en tiranías internacionales, en tratados que no se cumplen, en lo que nos conviene poco o mucho…
No me puedo alegrar de la muerte, ni tan siquiera de la del chico que ha hecho tanto daño. 
Hay algo extraño en las muertes que se recuerdan y también en las que se olvidan. Miles cada día con armas europeas. No son de los nuestros, no nos caben en las plegarias. Forman parte de este caos perfecto que alguien maneja con soltura.

Cómo quieren que me alegre. 

lunes, 14 de agosto de 2017

Por favor...

Por favor, cuánto facha americano. Aquí no tenemos más que cuatro por casa.
Y por eso los muertos siguen donde están (nuestros muertos).
Y  por eso las mujeres debemos ser cuidado, belleza y amor.
Y ser sindicalista es sinónimo de sospechoso.
Y ser acosado es el castigo por ser diferente. O libre. O consecuente.
Aquí no tenemos fachas, tenemos cuñados. Llamamos cuñado al facha porque facha suena fuerte, y el facha no es facha, es radical. O supremacista. O ultra. Fascista es una palabra de domingo, que debe usarse sólo en documentales, así nos lo enseñaron en los coleccionables de la segunda guerra mundial, esos que nos permiten jugar en el bando que queramos con tanques en miniatura, con muertos de juguete.
Pero sólo hay un bando. El de la Humanidad, con mayúscula. Y en él, los fachas nos sobran, los nazis, los falangistas que piden un taxi cada año como si tal cosa, en esas puestas en escena que arrancan suspiros de añoranza y escalofríos al mismo tiempo, y que son los coletazos de la bestia que se resiste a morir. Porque la bestia no se muere tan fácil. Porque es fácil ser ambiguo mientras los muertos sigan donde están. Y se herede sobre todo la pobreza, y con ella la falta de educación, y con ella se pierda el único medio para ascender no en el poder, sino en el ser. 
Es el shock de los rumores y los medios. Con la bolsa de las pensiones. Con los derechos humanos de otros. Con los terroristas futuros. El shock de las profecías, de los miedos, de los peligros. Y esos peligros nos domestican, y esas profecías nos encogen. El shock es un negocio que florece con el miedo, y el facha quiere poder.  
Si no lo ve, es porque se le ha metido uno en el ojo. Un facha, claro.

viernes, 28 de julio de 2017

Flotando

Les cuento. La gente camina, los novios se besan. Las novias también. Me encanta esta playa. El agua parece del trópico y hay peces en la orilla que te sortean los pies. Son rápidos y translúcidos, y surfean la poca espuma que forma la ola,  para volver hacia adentro, una y otra vez.
Allá, un velero, aquí un muchacho fibroso que va de pie sobre una tabla remando, que pasa y sonríe sin perder el equilibrio, mientras yo floto y floto y floto, que floto de lujo, y dejo que el agua me entre en las orejas, y escucho el fondo del mar glugluglú y sigo flotando, mientras el señor de la tabla vuelve, hecho un pincel y con la espalda rectísima, navegando sin prisa, corrigiendo los vaivenes.
Veo pasar un vendedor, no tendrá más de veinte años. Subsahariano.
Una pila de sombreros, unos pañuelos enormes, una mochila a la espalda. Corre muy deprisa, mucho, y se pierde entre las dunas. Tras él dos policías en bici, uno de ellos la deja caer y sale corriendo tras él, para salir, mucho tiempo después, con las manos vacías.
Y es que el vendedor seguramente lleva corriendo desde que salió de su casa. Y tal vez haya venido en un barco de esos en los que muere gente, o haya sido torturado, o se haya herido al pasar una alambrada,  o se haya arruinado pagando un pasaje a las mafias, o todas las anteriores y muchas más que no sé, porque sólo sé flotar y mirar, y escribir esto.

Espero que escapara, me dice uno de mis hijos. Seguro, le contesto. Y después de ese instante, en el que tomas tierra sin querer, el mar no es tan sosegado, y unas algas se mecen a la deriva en el azul, mientras otras están amontonadas en la arena, esperando que se las lleven.  Y el mar se vuelve una criatura hostil, implacable, como los hombres que lo han dividido con líneas imaginarias para que otros no puedan traspasarlas más que muertos.

lunes, 17 de julio de 2017

Verano

Hace muchos, muchos años, hubo un lugar feliz.
Hace muchos, muchos años, leímos tebeos en la sala. Tebeos de hadas, de Roberto Alcázar y Pedrín. Tebeos de la familia Ulises, del profesor Franz de Copenhague. Estaban apilados en la sala, detrás de la puerta, debajo de una percha con un sombrero mejicano. Para leer los tebeos había que ponerse el sombrero y no levantar las persianas, eso era capital.  Así fue durante ese verano y los veranos siguientes. Mi primo empezó a gatear. Ahora su hijo también gatea, y es igual que era él, tan sonriente, tan dulce…  todos queríamos tenerle en brazos, porque  sin ser conscientes sabíamos que era una bendición aquella tranquilidad, aquellas manecillas redondas. Hace muchos, muchos años, tuve un verano feliz.
Tuve otro verano feliz. Mi abuela compraba manzanas ácidas y la plaza estaba llena de flores naranjas. El suelo irradiaba calor y los escorpiones aún estaban bajo las piedras. Aún había piedras que levantar con un palo, una serpiente pequeña, una lagartija que huía, una avioneta -una sola-  que llegaba al aeródromo  de los ricos, llenando la siesta de un ruido desconocido que se perdía haciéndose más grave, más y más, hasta perderse. Mi abuela era poderosa, la mujer más poderosa del mundo. Se fue al verano siguiente, sin decirme nada. Me dejó el sabor de aquellas manzanas, la risa en el aire. Me dejó su memoria intacta, su porte, parece que está ahí mismo, frente a mí, sin inmutarse. Es lo que tiene haber vivido el fin del mundo varias veces, y volver para contarlo sin una pizca de drama.

Cada verano por julio,  cuando parece que el mundo sestea, vuelve todo a revelarse, como si hubiera estado escondido entre las prisas del frío. El crujir de la fruta, los niños dormidos, la voz de la memoria.  Un verano dentro de otro y así hasta llegar  a este momento en el que la felicidad tiene otro significado, y se cimenta, sin embargo, en lo mismo. Leche, limón y canela. Hielo, menta. Azúcar tostada. Malta.  Barquillos con mantecado, granadina con cubitos. Agua de mar. Cangrejos, castillos de arena. Unas manos manchadas que pelan la fruta con parsimonia, haciéndola pedacitos. Te haces mayor cuando puedes pasar un ratito viendo comer a un bebé, y eso convierte el instante en algo que si no es la felicidad se le parece mucho. Mi primo, aquel primer verano que recuerdo,  abrazaba una sandía y era tan grande como él;  esa foto aún nos hace suspirar, porque mirándole mientras posaba estábamos todos, también los que se fueron yendo cada verano, quedándose entre los pliegues de este ropaje que hoy extiendo, como tapiz de vida, maravillada ante tanta felicidad vivida, y más que vivida, viva. 

jueves, 6 de julio de 2017

Niños

Son las cinco y el sol tuesta sin tregua, como es su costumbre, hasta la tarde, que será mucho más allá de las siete cuando empiece la gente a salir de las casas a ver si se vive mejor fuera.
Una señora grita a dos niños “¡Borja! ¡Lucía!” La señora les reconviene porque andan por la calle corriendo y jugando, con sus ropitas de aventura, haciendo un ruido tremendo para la hora de la siesta,  eso les dice, y les explica que depende, sobre todo, de la hora a la que uno haya comido, aunque aquí es costumbre hacerlo a la una, como toda la vida, aunque eso es flexible desde que no todo el mundo va al campo, porque el campo en esta época requiere pocas manos, o no tantas como en el invierno, más húmedo y laborioso, más verde, más generoso.
Borja y Lucía son niños, como todos los niños del mundo, que cogen algo del suelo y es un tesoro que enseñan para horror de su madre: ¡no cojas nada del suelo! El suelo es donde muere lo que se abandona por descuido o por desprecio, y poco hay que rascar en este suelo barrido y soplado horas antes, pero Lucía ha visto algo con ojos de urraca y ha corrido hasta ello para extraerlo con las uñitas de entre dos adoquines, que ha estado un ratito hurgando con mucha paciencia. Su madre le obliga a tirarlo en una papelera de diseño, que causa estupor y alegría, mira cuántas papeleras hay. Como si viviera gente aquí, señora mía.
Borja amaga con meterse a la fuente, ni que decir tiene que es reconvenido y extraído de la nube de avispas que planean lentamente sobre la humedad con las patitas colgando y el aguijón preparado. Borja no lo sabe, pero tiene una suerte loca de no haber sido acribillado cuando ha decidido enrollar un papel y jugar al tenis con ellas. Me da que es la primera vez que Borja tiene un cuerpo a cuerpo con avispas, y ha salido bien parado. Si le hubieran picado hubiera visto su madre que también tenemos farmacia. Eso que se ha ganado, señora, digo para mí mientras espero, que no son horas, al que no llega.

Alguien grita desde lejos si le gusta el pueblo y Borja contesta que sí, no sé quién lo dice, y creo que Borja tampoco. Anda demasiado ocupado con una misión que pone a prueba todas sus estrategias. Su madre no se ha dado cuenta porque está lavándole a Lucía las manitas con una botella de agua mineral que ha sacado del bolso. Lucía tienen unas manos perfectas, irrealmente pequeñas. Casi no me acuerdo cuando tuve una mano así de pequeña entre las mías... Antes había fuentes, le explica a la niña, y la gente bebía agua de allí. ¿Y los perros también? La madre se queda callada, antes un perro era una posesión, una cosa, ¿cómo se explica eso sustrayéndose uno del concepto? No sé si piensa eso la madre, pero es una buena pregunta que puede hacerse de camino a la farmacia, porque sí,  Borja lo ha conseguido.  Está rojo como un tomate, con un lagrimón asomando. Podrá decir a la vuelta que el primer día en el pueblo le picaron las avispas.

miércoles, 28 de junio de 2017

No le hacía falta

Abro facebook, paso poco por ahí. Lo importante ya me llegó por otros medios. Me da alegría ver a los conocidos en escenas que recrean su felicidad. Pero sólo un instante. Si son literalmente conocidos, ya les he visto por la calle, si no, andamos (des) vinculados por otras circunstancias que son la distancia, mayormente. Me gusta cómo te has cortado el pelo, estás divina. Clic.
Entre los comentarios a una foto, un nombre familiar. Ostras, es un chiquillo. ¿Tendrá 14 años? 14, sí. Clico su perfil. Casi 500 amigos, ¿se pueden gestionar correctamente 500 amigos?. Ese es un número importante. Con 14 años los amigos son los iguales. Pero no hay 500 iguales. Hay padres de otros, amigos de otros, conocidos y saludados de otros... El chico (es chico) tiene tropecientas fotos así, poniendo morritos, poniendo caritas, poniendo el fotocasa de su piso en cuatro planos torcidos para salir más molón (ya sé que no se dice molón hace años, pero no sé qué palabro le sustituyó). Si yo fuera caco sabría si vale o no la pena robarle. Robarle la consola, la tele, el PC, robarle la inocencia y la vida, si soy un ladrón de almas de esos que van por internet cazando a deshoras, amigo de otros amigos, jugador online con alias, chico enrollado con muchos emojis.
Para hacerse el perfil ha mentido sobre su edad. Se ve que a sus padres no les importa, porque también son sus amigos, así constan en su perfil. Los padres NUNCA serán nuestros amigos, pero tírale, como dicen en mi pueblo, que así le tenemos controlado. O no, señores, o no.

Le hace falta para ser como los demás, me dicen. Le hace falta.

Les reproduzco un dato para el pasmo. Es de 2014: Al menos siete de cada 10 casos de abusos sexuales a menores en Europa son cometidos por personas integradas en la vida de los niños, a las que conocen y en las que confían, según los datos que recoge el Consejo de Europa. Además, las cifras exponen que uno de cada cinco niños del continente son víctimas de algún tipo de violencia sexual."
(Deberíamos recordar que con 14 años se es niño. Se debe ser niño a toda costa.)
Imaginen cómo se dispara la probabilidad de abuso para cientos de amigos que son del entorno de los adultos que nos rodean, en su gran mayoría. Y lo sé porque los he visto uno a uno. Más del 75% de los contactos es adulto, y con este dato  el peligro se dispara. Merde.

(Este post, lo sé, acrecentará mi fama de madre agria y antigua, pero entre eso lo que intento evitar, no hay color)

No sé si ustedes conocen a Marcelino Madrigal, es un especialista en tecnología comprometido con la protección de la infancia en internet. Tiene un blog sobre esa vida que acontece silenciosa en las redes, y ya no tiene cuenta en twitter, después de haber denunciado casos de pederastia sin descanso. Ya no hay sitio para él allí. Nos advierte sobre perder el control sobre nuestra imagen, sobre nuestra información, sobre nuestro papel de padres. Sabe de lo que habla y nos recuerda eso tan obvio de que la infancia sólo ha de terminar por el paso del tiempo.
Ustedes mismos pueden juzgar a través de experimentos televisivos como Catfish lo facilísimo que es inventar una vida, meterse en la de otro y destrozarla. Y Catfish es al lado de lo que nos rodea un pastel de gloria, el modo unicornio de la mentira en internet. Hay historias que acaban en el juzgado, esas las conocemos por la prensa. Qué horror, hijo, lleva cuidado. Otras en el psiquiatra. Otras en un burdel. O en el anatómico forense. Dejamos a los hijos en mitad del metro en hora punta para que se hagan amigos de cualquiera, o para que cualquiera les elija para vaya usted a saber qué. Eso es darles un teléfono o una tablet con conexión a internet cuando no tienen edad para sobrevivir en ese medio, tan denso como hostil. O por decirlo de otro modo, todos sabemos que conducir un coche es muy fácil. Sólo hace falta llegar a los pedales. Lo difícil es tomar buenas decisiones al volante, ¿me siguen?

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En la actualidad, Marcelino Madrigal sigue denunciando casos de pedofilia y abusos sexuales desde cuentas en otras redes sociales. 

domingo, 25 de junio de 2017

Propósito

El pájaro no tiene propósito, así lo ha decidido Manuel, sentado en el porche de su casa, tan vieja como él, viéndole revolotear sin descanso. No tiene propósito, se dice, tiene misión, una misión genética ineludible, pertrechado tras la ingeniería fabulosa  de sus alas que requiebran el aire bascoso que apenas fluye y que sin embargo cobija una coreografía perfecta de vuelos, reclamos, perdido el objeto en un diseño caleidoscópico que cambia vertiginoso al batir de las alas de una nube de pajarillos alegres, despreocupados, felices. 
No. El pájaro sólo tiene misión: una puesta, unas crías, unas larvas que se debatirán inútilmente en su pico, solamente un instante; unos plumones que se visten poco a poco y que resultan más pájaros, más sonido, más aire desplazado, más figuras imposibles, más acrobacias asombrosas aprendidas durante siglos, grabadas a fuego en los genes, esos genes que son la misión, que es diferente al propósito.
El propósito de Manuel es levantarse despacio, intentando erguir la espalda, dejando de lado el apoyo, solamente un instante, en el que es un poco gorrión. Es su propósito del día, ponerse al lado del porche para ver salir de los nidos los picos de los polluelos que reclaman sin descanso, reconocer cada gesto, anticipar su futuro, ya escrito, de criaturas sencillas, pendientes de un hilo que puede la voluntad de un niño con una caña que destruirá su arquitectura efímera, que  puede ser un gato caminando sin prisa o un hombre sin alma. También él tuvo polluelos; en esos días trazaba en el aire tangencias que morían en la piel de ella un segundo. Ella le ve y va en su busca: es su propósito -también ella lo tiene- , caminar hasta donde se encuentra y recordarle que fue polluelo y voló deslizándose sobre el aire del verano, que tuvo su propio nido y que aún cuando parpadea es ave y causa asombro la magia de sus dedos que escriben en el aire una historia al compás de sus palabras, que son canto de pájaro, requiebro, divertimento. Ese, dice ella para sí, aunque ya no lo recuerdes, ese es tu gran propósito.

domingo, 28 de mayo de 2017

Clon

Todos tenemos un clon. Hoy he encontrado al de Luis Barbero, aquel hombre imprescindible en el cine de los 60, rescatado para la tele en color con acierto, tenor zarzuelero, hombre de tablas.
Su copia, ligeramente más joven, llevaba las mismas gafas, tenía el mismo pelo, la misma nariz, el mismo gesto afable. Nada en él desentonaba: unos pantalones de tergal azul claro con una camisita de rayas multicolores planchada con esmero, con esa marca antigua del canesú que se continúa en la manga. Eso hace mucho que no se lleva, pero quien lo haya hecho ya sabe de qué hablo. Pues bien, estaba el hombre sentado bajo un sol de justicia, enfrente de unos gitanos que vendían cestos de esparto, esos cestos maravillosos que imitan un encaje. Les separa una rotonda. En cada salida hay un vendedor improvisado. Hoy, cestos y naranjas. Y el clon.
Este hombre, al que no he puesto nombre todavía, lleva unas zapatillas de rejilla y los pantalones lo suficientemente cortos como para que al sentarse se le vea una pequeña parte de unas  pantorrillas blancas desde hace años, libres de unos calcetines (que supongo de espuma, a juego con el tergal) que acaban en unas zapatillas de rejilla, aireadas y clásicas. Ya les digo, todo en él es coherente, y tengo al menos dos minutos de coche –por un atasco- para empaparme de su atuendo, veraniego y ochentero, antiguo como el de la gente que ha decidido que ya tiene suficiente ropa hasta que casque, porque ya se le han casado los hijos, le han comulgado los nietos y no esperan eventos de tronío en los próximos años.
Está sentado con la barbilla sobre el pecho  y las manos cruzadas en el regazo, en un estado de tranquilidad total. La silla que ocupa, de esas de resina blanca que pone una en el patio, está al lado de una sombrilla, que asimismo está dentro de un bidón relleno de algo que le hace de base. Está sentado en la silla de una chica que está a punto de desaparecer de mi memoria para siempre, porque se esfumará por aquello de la rentabilidad y el negocio, y será reemplazada por otra que ocupará idéntico lugar en esa estructura económica que fagocita mujeres y niñas cada día.
(Las caras de las chicas cambian tanto que las termino olvidando.
Intento mirarlas a la cara para que existan.
Quizá alguien las añora y las recuerda.
Me gusta pensar que es así).
La chica que ahora no está ocupa normalmente esta silla barata salvo ese tiempo en el que está siendo explotada por algún hombre (con alpargatas, camisa planchada, calcetines caídos, un vecino, un hermano, un padre, un tío, un abuelo) o algún chaval a la última (un hijo, el amigo de un hijo) …Una chica rubia natural de piel blanquísima que pasa el tiempo leyendo mientras espera a su violador de turno.

Desconozco si el abuelo que les digo es intermediario o cliente, pero no está ahí por casualidad. Está ahí cimentando lo de siempre, que es predicar la libre elección como mantra, como coartada, como argumento de peso para que no se nos ocurra escupir en esa calva venerable que se tuesta bajo el sol, aunque no lo bastante según mi opinión y deseo.  Esa silla en mitad de la carretera es prueba diaria de que el patriarcado muerde fuerte y hace esclavas. Ese hombre de aspecto vulnerable al que –pondría la mano en el fuego-  nadie va a toser, es la prueba de que se ha normalizado la explotación de las mujeres hasta el punto de que donde debiéramos ver marginación, delito y sufrimiento, no vemos más que gente que pasa, como si paseara, como este viejo tomando el sol, como si fuera casual su presencia en ese punto del arcén, casual como el bidón, la sombrilla plegada, las bolsas que contienen esas revistas que ella lee cuando vuelve de lo que alguien bautizó una vez como “servicio” y que están tiradas en el suelo al lado de ese hombre que parece hallarse a un paso del nirvana,  maldito sea. 

domingo, 21 de mayo de 2017

Grilletes

Mientras digiero el último rechazo editorial me recomiendan la última obra de una mujer que no conocía hasta la fecha, un libro de cubiertas carnosas y portada exuberante. Parece que desde mi escritorio huele a fruta madura viendo esa foto de páginas ligeramente tostadas. He decidido que ese libro huele a vainilla y sabe mango. Otro correo que me llega me recomienda un clásico reeditado. La traducción es magnífica, me cuentan. Lo creo y lo apunto.  Mi lista de deseos crece. La lista sabe a ceniza y a tierra, y está doblada en cuatro partes, para tapar los títulos que desfilan militarmente hacia el final del folio.
No compraré ninguno de ellos.
(Tengo compañeros de lecturas. Me regalan, me prestan, me enlazan. Son generosos. Cuando lo hacen me dan el beso de la vida, esa bocanada de aire que abre las vías del que se asfixia. Ellos lo saben y yo también. Les miraría con ojos de Bambi si les tuviera delante,  y lo hago ante sus avatares. Gracias por las lecturas, les digo, como en una oración. Gracias por alimentarme.)
Los libros son la llave de todos los grilletes. No son caros, pero yo soy pobre. Lo pongo por escrito para que conste. Ahora que he asumido esta contrariedad puedo descargar mi ira contra alguien. Puedo elegir gremio: Médico de terminales. Estibador. Maestro de primaria. Etólogo. Profesor de filosofía, de acústica, de estética, de física cuántica.  Dibujante de comics, cantante lírico … ¡Actor de teatro! Cualquiera de ellos vive #comodios y me invitan desde los púlpitos del opinar a que me ofenda su prosperidad adquirida en bregas en las que no estuve presente ni en cuerpo ni en espíritu. Pero a diario son señalados, como si hubieran entrado de noche y me hubieran robado la solvencia que nunca tuve. Quien los señala sabe por qué lo hace, ensemillando de sospecha el ecosistema de los iguales. Otra cosa es saberse el igual de otro, sentirse igual, querer ser igual a otro. Complicados los procesos en los que entra en juego la fe, sobre todo si es en algo tan terreno como la naturaleza humana.  Aún así, creo firmemente en ella, en parte de ella, al menos, y le debo a los hijos propios y a los ajenos la resiliencia –que no resignación- suficiente para  limpiar bien mis gafas de leer y ver con nitidez que la bandera del enemigo la enarbola el que quiere que las grandes bibliotecas sean lugares secretos, que las luces que nos alumbraron a los hijos de los obreros (uy, qué carca es esta mujer, por Dior, obrero, por Dior, me desorino) se extingan a favor de lugares diseñados para que sólo accedan a ellos unos pocos cogollitos que ahora mismo están repitiendo que la estiba, que los puertos, que el progreso, que la riqueza. La comedia de esta economía feroz nos aplasta empezando por la cabeza, diciéndonos que ella no ha sido, que ha sido tu compañero, ese que parece boyante y que sólo es normal en un charco de pobres. El sistema apela a eso tan español como la envidia para desviar tu mirilla mientras el verdadero objetivo escapa con agilidad gimnástica adquirida en décadas de entrenamiento en los mejores colegios. Y tú, naturalmente, sigues siendo pobre. Lo que se dice una jugada redonda.


lunes, 15 de mayo de 2017

Sucedido



Me perturba ver a un agricultor vestido de domingo. Lo digo con todo el respeto, porque la experiencia nos dice que suele ser señal de alguna solemnidad inminente. Apenas he visto un par de veces al hombre que me antecede arreglado para una ocasión. Casi siempre un entierro, a veces un médico o un notario, con esa ropa que va quedando ligeramente anticuada, que sirvió para casar a un sobrino, o para hacer unas gestiones que se presumían gravosas. El hombre que camina delante de mí parece enfadado mientras cubre un trecho de calle lentamente, como cuando mira los surcos. No se hizo el asfalto para sus pies, ni esa ropa que le incomoda y que su mujer recoloca cada pocos metros, dando pequeños tirones, como cuando a un niño se le prueba la ropa del hermano, para ver si le servirá. La ropa del agricultor es un atuendo de compromiso, que le enmarca en la acción que va a llevar a cabo. Hace unos días que se ha sabido que cerrará un banco local que fue caja de ahorros, aquella que daba dinero para sembrar, para levantar una cuadra que era una gloria, para construir una vida gota a gota. Desde que se supo que habría cierre hay un ir y venir de caras largas. Cómo nos hacen esto ahora, cómo que el ordenador, cómo que los hijos… Es una situación insólita, quizá porque por primera vez el dinero no abre ninguna puerta y sólo es un trámite que no es personal. Es una gestión con un número, y eso es casi un insulto. Cómo se atreven.
Los reales, pesetas, duros, se han convertido en euros. Dame veinte mil duros (cien mil pesetas, seiscientos euros) que me los llevo ya. ¿No le sobra con doscientos? Cualquiera le enseña al cliente lo que significa corralito. Es mí-o, contesta musicalmente el cliente. Vuelva usted el próximo día, contesta un chico que empalidece por momentos. El chico no sabe que desde que se propagó el rumor no para de hablarse de una vez que hubo un caso cuyo  argumento se recuerda entre dientes, erizando los vellos del respetable en menos tiempo del que hace falta para que se firme el recibo que escupe con finura la validadora. Si me da unos días veré, es la respuesta elegida, como el autógrafo de una estrella de rock, repetido mil  veces en un rato. Lo siento, oiga, de verdad, no es cosa mía. Ya me imagino, chaval, dice otro lugareño, pero dame lo mío. Lo mí-o.
Pasa una la vida trabajando como una mula, dice otra mujer, que te dan ganas de hacer algo, que ya ni te renta. Hasta la semana que viene no está, dice una señora rubísima que se vuelve didáctica a la cola que comienza justo detrás de sus omóplatos, frotando índice con pulgar, muy por delante de la marca de “espere aquí su turno”. Aquí nos conocemos todos, aquí nos conocíamos todos, reflexiona otro hombre que lleva una rebeca fina, de esas que no envejecen por falta de ocasiones de lucirse. Parece mentira que tengamos que llevarnos el dinero del pueblo. Que nadie cometa la torpeza de decirle al cliente defraudado que hay un espacio intangible que no tiene nada que ver con los mojones de la carretera, en el que los dineros fluctúan y se funden. Que nadie le miente las tarjetas a uno de esos hombres que están acostumbrados a coger los terrones en las manos estrujándolos con saña.

Hay una vida que se resiste a desaparecer. Esto pasará, dice otra voz a mis espaldas, y al cabo de un rato ya no queda nadie para mirar casi con pena al muchacho del mostrador, que se quitó hace un rato la americana de confección, asfixiado por los silencios de los clientes, buceando entre montones de recibos firmados con total desilusión. Esto ya no es lo que era, habrá que acostumbrarse, dice el último que se va, mirando la puerta que se abre y se cierra sin sentido. Tanta puerta pa qué, reflexiona. Pa qué tanta puerta…

lunes, 8 de mayo de 2017

Pepi

La radiofórmula nunca defrauda. Ahora mismo, una canción dedicada a una chiquilla:  “Para Pepi, de cinco años, en el día de su onomástica”. Qué cosas, llamarse Pepi en un mundo de Yésicas y Yerais. Y la onomástica, para rematar. No me puedo imaginar a una Pepi que tenga menos de cincuenta años, es como si a las casas volvieran las mesas de formica y los manteles de hule. Pepi de cinco años. Casi ná.
Tengo una amiga Pepi. Pepi y yo tenemos bastantes años y ya estamos por reírnos del mundo antes de que nos dé un ictus. Salimos a un ictus por barba, me dice Pepi cuando nos permitimos darnos un gusto saltándonos el régimen. Pepi se toma las pastillas del colesterol con poca fe, cree mucho más en el colesterol que en las pastillas, y por eso la idea del ictus la acompaña como una fatalidad ineludible.
-Si me pongo asimétrica llama a los sanitarios, que hay uno tamaño armario que me remata de la impresión.
A Pepi le gustan los hombres como el sanitario: grandotes, resueltos, de uniforme. Aún así, con los hombres que hay de uniforme de talla media-alta, hace siglos que está soltera. Casi se casa con un chico del pueblo que se murió de un ictus, fíjate tú lo que es la vida. Tenía Pepi hasta las lámparas colgadas en su futuro hogar, pero pensó que no se veía haciéndose vieja con él, y se fue corriendo en un momento de lucidez, y le dejó las lámparas basculando en el techo como en la réplica de un terremoto. No se llevó ni las bombillas.  Su suegra iba de vez en cuando y las encendía, como cuando se riega una planta que está marronceja y arrugada, sin resignarse una a la realidad de la existencia que pasa por dejarla ir y mezclarla con un poco de tierra para plantar perejil el año que viene. Cuando  vendieron el piso, tras varios alquileres mugrientos y desesperados y una reforma de envergadura, las lámparas imitación bronce coronaban el contenedor sobre una capa de cascotes de azulejo de tercera, con maceticas los de la cocina y pececicos los del baño, todo muy conceptual y apropiado, con la cocina en terracota como la tierra que el novio fallido siempre llevaba en las botas y los baños en azul celeste, como la creencia infantil que profesaba sobre él sobre lo masculino. 
En resumen, que Pepi dijo no.
Pepi de vez en cuando pasa por la puerta de la que iba a ser su casa y mira como con aprensión. Allí le dijo que no.
-Es normal que tengas miedo, cuando te pongas el anillo se te pasa.
-No tengo miedo. No me quiero casar  y arrepentirme.
-Vete a dormir y mañana hablamos.
Ella se fue a dormir, pero ya no hablaron.
-Se asustó, con lo grande que era…
-Si tú te crees que eso se lleva bien…
Esta Pepi es tremenda. Que se lo tomó mal, dice, cuando él había llevado hasta su ropa.  Ropa, todo hay que decirlo,  que tuvo que  bajar  en cómodos plazos ayudado por su madre y su hermana, que estaban para tomar un camino, con todo el vecindario pendiente, que parecía aquello el gallinero del cine.  Bajó las escaleras su traje de novio metido en una bolsa  larguísima, y fue depositado en la parte de atrás de un coche con muchísimo cuidado, como un herido que se lleva a la casa de socorro, aunque este herido estaba acabado desde antes de bajar. Que se lo tomó mal, dice Pepi…

Pepi está contenta de estar soltera, de sortear sus manías sin negociar con nadie, de  disponer del tiempo y el dinero como le da la gana, y es que Pepi, aunque su madre opinaba que estaba loca en su momento, se dio cuenta a tiempo que podía estar sola y bien, sin hijos y bien, que no pasaba nada de nada por no tener un hombre. Por eso cuando escucho que hay una niña Pepi parece que no me cuadra, porque ahora las chicas quieren enamorarse muy jóvenes, tener novio cuanto antes, emparejarse en la tele y que se entere todo el mundo. No, definitivamente no son como Pepi. Pepi es de otra época que no es aquella ni esta. Pepi es modernísima porque descubrió los poderes del “no“ antes que todos los gurús, corriendo el riesgo de ser odiada y compadecida en este pueblo en el que cuantos la ven relatan a la menor ocasión que las lámparas colgaban sin sentido mientras él lloraba en su casa sin sentido también, qué cosas.

lunes, 24 de abril de 2017

Mohínes

Desde que el gendarme de Casablanca se escandalizó por aquello de que se jugaba en el local de Rick, esa pose con cara de pasmo se ha asentado en la vida pública con una naturalidad pasmosa. Dijo el presidente del Eurogrupo, Dijsselbloem, alemán para más señas, que los países del sur se gastaron el dinero en copas y en mujeres. Eso fue lo que nos llegó, aunque lo que dijo viene a ser algo así: “En la crisis del euro, los países del euro del Norte han mostrado su solidaridad con los países en crisis. Como socialdemócrata considero la solidaridad extremadamente importante. Pero quien la exige también tiene obligaciones. Yo no puedo gastarme todo mi dinero en licor y mujeres y a continuación pedir ayuda”. Cuánta falta nos hace Chirbes. Le imagino escribiendo dos páginas de infarto. Cómo se atreven a decir semejante barbaridad, dicen ofendidísimos nuestros representantes, que lo nuestro es solamente lo de las cajas de ahorros, de las autopistas y de los aeropuertos, pero nada de putear y tomar copas gratis, nada de pulirse lo público en lo propio, nada de volquetes, nada de diversiones black. La doctrina oficial dice que todo cuanto se hizo fue distraer dineros para comer paella, o llevar a los amigos al asador sentenciando con aquello del "Ché, que aquesta la pague jo"
Me parece alucinante la hipocresía, cuando dicen que son machistas esas palabras. No más que el mercado laboral, la universidad, la televisión, la vida, en general. Estamos en un país asolado por la violencia de género. Un país donde un expresidente metió un bolígrafo en el canalillo de una periodista no está para dar lecciones. Porque al expresidente no le pasó nada por eso, al contrario: se le rieron las gracias muchas veces, estas y otras igualmente edificantes.
Me digo si este exabrupto  de  Dijsselbloem -que no lo fue- no será una evocación de aquello de la ética protestante y el espíritu del capitalismo, abominando en sus palabras de situaciones cotidianas como las que adornan los sumarios judiciales, con juergas y derroches varios, con tramas económicas basadas en la corrupción, por las que pocos han pagado devolviendo lo sisado, entrando en prisión y mucho menos entonando ese mea culpa tan necesario para el pueblo que es trasteado diariamente por estos especímenes. No entiendo el sofoco sin la reflexión posterior y la poda profunda y sanadora en partidos y círculos de poder. El presidente,-saliente en favor de de Guindos, y ahí hay otra carta jugándose- llama en mi opinión la atención de la ciudadanía sobre la delicadeza con la que hemos tratado a nuestros delincuentes de cuello blanco, causantes directos de nuestra caída a los infiernos económicos. Pero algo se ha hecho: cualquier crisis social derivada de nuestra miseria moral y económica se ha convertido en un problema de orden público y tratado en consecuencia.
Nada más que siento vergüenza de que el sistema se perpetúe. Hay que tener unas tragaderas inmensas para defender que aquí no se jugó a eso que dice el presidente. Aguirre llora por el esplendor en la hierba ( el de de William Wordsworth "(...)Aunque nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba (...)") mientras sigue desfilando gente de casa bien por el juzgado en calidad de sorprendidos. Se atentó contra el ascetismo que se entiende debe guiar al sistema; ascetismo que no debe confundirse con austeridad. La austeridad ha consistido en que unos no coman y otros beban mucho. Como cosacos. Pero para las portadas, el cierre de filas con mohín incluído en un principio, para seguir con expresiones inmortales como "esa persona de la que usted me habla", acuñadas en su  momento por alguien que ya está llamado a declarar para decir verdad de lo que conoce. Me enerva ver cómo el debate jugosísimo de si somos o no Gomorra, se queda en un insulto light de duelo a primera sangre.  Desconozco si Rajoy irá a declarar a paso ligero o por plasma, pero pase lo que pase y tras unas horas de intensa actividad informativa, me temo que cada uno a su casa. El que tenga, claro.

miércoles, 19 de abril de 2017

Maquillaje

A veces tengo el privilegio de ver de cerca rostros de personas a las que admiro. Todas ellas tienen en común la serenidad, la mirada transparente, la belleza de la sabiduría. Contrastan con esas otras que necesitan pertrecharse tras una apariencia que evita que podamos ver lo que tienen dentro, ese algo desagradable y extraño que lucha por salir sin que se pueda evitar. Hasta ahora no hay aún un remedio para que eso que nos ennegrece el alma se pueda ocultar absolutamente, y espero que siga siendo así.
Cuanto nos apega a este mundo cruel de consumo y apariencia tiene un precio razonable. Por un precio razonable se puede comprar un niño en Grecia, una mujer en la calle, un esclavo en un país caluroso y colorista. Los que nos cuentan estas historias feas siempre llegan a nosotros posando su mirada en la nuestra sin más aspiración que ser escuchados. Van y vienen a esos lugares horrendos, que a veces no están tan lejos. Van y vuelven para contarnos lo que está ahí mismo, eso que hemos asumido como necesario para poder tener nuestros pequeños lujos de pobretón capitalista. Como puedo lo pago. Lo pago y ahí acaba mi relación con el objeto que es producto de muchas pequeñas catástrofes ecológicas, humanas, éticas. Salvo que alguien se esfuerce en contarlo, no existe nada que me lleve más allá del horizonte de mi tarjeta. 
A veces, como hoy, me encuentro, tras muchos años, con una persona que se ha transformado en su contacto con el dolor de otro. Es una transformación profunda que hace de su mirada un espejo donde te ves tal cual eres. Y ves lo que te importa. Y él ve lo que te importa a ti. Es el tipo de gente que se maravilla al ver cómo brota el agua de un grifo recordando en cuántos lugares no es posible, cómo convive la abundancia con la miseria, cómo el mundo es un espacio hostil para algunos seres con los que se han alineado para siempre.
A veces tengo el privilegio de ver a un niño que ha crecido bien y se ha hecho un hombre consciente. Si le veo no le estorbo con mis cosas, pero intento seguir sus pasos ligeros por un mundo que necesita sus crónicas en las que los últimos son los primeros y los primeros, los últimos, tal como me repetían en el pueblo las mujeres que citaban el evangelio de memoria en aquellas tardes calurosas donde no existía ni Grecia ni Rumanía, y el putero era cualquiera y el pervertido un tabú anclado al suelo como el cacique que ya entonces intentaba traficar con unas almas que le saludaban con un profundo espíritu de clase. A veces unas letras llegan y te estremecen, porque destilan la verdad que duerme como la conciencia comatosa de esos pobretones que no se atreven a mirar a la cara al muchacho. Les trae verdades que sonrojan y cuestionan la paz de nuestras vidas y nuestras almas, acomodadas a una vida maquillada con el esmero de un actor, que luce un maquillaje pensado para ser visto desde lejos, para hacer un personaje perfecto que recitará su texto sin dejarse una coma. Porque una mentira repetida mil veces se aferra a las meninges y a las tripas, y hace que no nos de el más mínimo pudor repetirla en nuestro pequeño mundo aislado y seguro en el que no pasan esas cosas terribles que cuenta el reportero.

lunes, 10 de abril de 2017

Foto

Urueña, Valladolid. Foto de Nicolás Pérez (Wikipedia)
“En mi tierra hay ventanas desde las que se ve el infinito.”
Hay ventanas flanqueadas por piedras que fueron lecho de un río, piedras que llevan sobre ellas la memoria del cristal. Las piedras están donde los ojos no alcanzan, mucho más allá de la llanura, que no es cualquier llanura, que es la llanura como unidad, como valor, como esencia. En esta tierra hay una concatenación de llanuras que forman una sola, como esa sucesión de planos misteriosos que aturden la mirada de los niños que sestean sobre el pupitre,  llenos  esos planos de puntos invisibles que saturan sus ojos enormes,  delimitados por letras griegas que les dan entidad y les singularizan, cortados por líneas con más puntos que viajan veloces hasta el infinito. Mis planos verdes se suceden sólo hasta el horizonte, dando sentido a los sentimientos que despiertan, como las pequeñas felicidades que dan como resultado una sonrisa.

(Debo aclarar que aquí el verde no es verde, es mil tonos de verde, y la piedra es gris como el cielo del invierno, cuya única misión es acentuar el verde, ese verde, aquél verde.)

Desde esta ventana hay un universo de planos peinados por el aire que llega desde las montañas que no logramos ver, porque están demasiado lejos, o del cielo mismo, desabrido y perpendicular como los rayos que mueren en el suelo, inyectando la energía del cielo en la tierra,  formando un todo completo. Este mar verde preñado de rayos  está cruzado por varias líneas inusualmente rectas, que no han sido trazadas por el devenir de los pasos, por la tranquilidad de los tiros de bestias que hilvanan sus almas con la cuadra que les da calor y les cobija, una y otra vez, ida y vuelta, sin prisa. Son extrañamente rectas estas marcas que hieren el verde, pero si algo tiene la tierra es que es paciente y acabará con ellas sepultándolas con hojas, llenándolas de sedimentos que las harán fértiles, cuando las heridas se pueblen de forraje, ayudadas por la dejadez de los hombres. Entonces,  desde esta ventana sólo serán esas marcas como las venas abultadas de las manos de aquel hombre que trabaja cada día porque si no trabaja morirá de tristeza y de aburrimiento, como el escolar que no entiende la geometría, porque no puede pensar más que en  llegarse hasta el regato que no se ve desde la ventana a dejar discurrir pequeños juncos sobre la corriente invisible que se intuye tras aquel límite, un poco más allá. El hombre laborioso apenas se mueve, apenas un insecto en el horizonte mágico y humilde que se ve desde esta ventana donde reina con un bullir imperceptible el verde que se exhibe en una gama que nace y muere en el sol y el agua, amarillo y azul primarios, mezclados con destreza, embriagando la vista, dando matiz a  los ojos del que mira, zambullidos en el repertorio de esta foto atemporal que me regala Pilar. Gracias, querida.

lunes, 3 de abril de 2017

Querida mía:

Sólo un párrafo para decirte que salió otra vez el sol, querida mía. Que salió y tú, tan lejos, tan ausente de mis emociones, andarás bañándote con él  mientras caminas por la ciudad. Te imagino en una ciudad bulliciosa, caminando apenas rozando el suelo con los pies, pasos cortos, acompasados, rítmicos, eléctricos como los del gorrión que bebe en aquella fuente que también imagino, querida mía.
Salió el sol, mira cómo hace que entornes los ojos y pongas tu mano tapando tu frente, apenas marcada aún, risueña, juvenil… dan ganas de cogerte la mano para correr a guarecerse bajo uno de esos toldos de rayas que pueblan el barrio comercial de esa ciudad en la que te encuentras, en la que la gente viste con distinción y lee aún la prensa en papel, y la lleva bajo el brazo como una especie de complemento que dice cómo  percibe el mundo, que ahora es dorado de sol y azul de cielo. ¿Tomas un café? Sí, también tomas un café en mi boceto. Rasgas apenas el azucarillo, apenas lo viertes, apenas lo remueves. Apenas rozas la taza con los labios, como besándola, dejando caer al descuido una gota que resbala por ella hasta el platillo, donde queda perdida, como esos granillos de dulce que tomas con la yema del dedo, para después chupártela, como haciendo una travesura, al descuido, para mi sorpresa y tu alegría.
Querida mía: te imagino siendo generosa con el camarero que te sonríe cuando te alejas, pensando que eres preciosa, preciosa, preciosa. El camarero te ve dar un saltito en la acera para no pisar a un perrillo que olfatea un rastro invisible que está justamente bajo tus piececillos blancos, bajo esa humanidad tuya,  fragante, distante y rotunda que ha pasado a ser un aroma prendido en el mediodía parisino, vienés, que se torna activo súbitamente con el paso de una nube que viene, diligente como la racha de viento que la empuja a turbar el cálido paseo que empieza a ser desfile elástico de gentes ocupadas entre las que te camuflas, querida mía, amada mía, y entre las que ya no te distingo. 
Por qué desaparecerás ahora precisamente.
Quédate un poco. Si desapareces me vuelvo solo a donde me hallo, sentado, confinado, enmohecido. Unos kilos de hombre triste en una prisión europea, donde los que me rodean parlotean en jergas que no entiendo, ruidosos y ajenos a mi, un pobre hombre que estaba distraído y atropelló a un niño que quería coger un perrillo. Quedaron tendidos y sólo sé que pensé en llamarte  pero tú  me habías dicho que no lo hiciera, así que no llamé a nadie, porque ya no había a nadie a quien llamar.
 Y ya sólo fuimos el niño distraído, el hombre ausente, el aire amable de la tarde. La madre hierática y sola.
-¡Roldán, patio!

Me despido, querida mía. Voy a caminar en busca de esa nube que miraste esta mañana, de ese pájaro que voló acrobático y atrevido sobre tu cabello dorado, mientras me volvía invisible entre otras gentes.

martes, 28 de marzo de 2017

Lèo y Nora

Lèo se sienta en el borde de la cama, le falta ese brío con el que comenzó hace treinta años en el cuerpo, trabajando a todas horas, resolviendo con  olfato y constancia casos que otros no querían. Recuerda el primer asunto que le tocó en suerte. Dos mujeres muertas en dos días, tiradas en un camino, rubias y jóvenes, destrozadas. Aquellas dos prostitutas jovencísimas con la mirada turbia y los bracitos amoratados le persiguieron durante años,  se instalaron en su memoria tal y como las encontró. Las conoció muertas y así se grabaron para siempre en su mente. Su posición entre la maleza le recordó Leaf Drift, de Arthur Hacker, había hasta cierta audacia en la composición de aquella imagen; parecía una estampa preparada para provocar asombro, para que el espectador no pudiera dejar de pensar en el autor. Viéndolas   fue la primera vez en la que la palabra sola cobró sentido para él. Nadie las reclamó, nadie estaba buscándolas, nadie las echó en falta por la noche, por la mañana. Quizá venían de un lugar donde había campos de trigo y las mujeres se trenzaban el pelo con lazos, tal vez eran hijas de alguien a quien la vida había sobrepasado. Puede ser que fueran como las amigas de Nora, unas chiquillas a las que les faltó olfato para huir del depredador. El caso es que allí estaban, con el pelo amasado en un charco de fluidos y amargura. Sin nombre, sin lágrimas. Y allí se quedaron habitando, en su duermevela de la tarde, inquilinas de la conciencia que nunca dejaba de trabajar.
Desnudándose en el baño repasa su cuerpo frente al espejo; las huellas de dos balazos y multitud de huesos rotos le hacen sentirse cansado, anhela su infancia segura de pan blanco y calostros, flotando en el río, cazando patos y gorriones para la cena. Desde los primeros casos la cabecita calcinada de un pájaro ya no era un bocado, era el cráneo de cualquiera de las víctimas llamándole para que perseverase, para que no se olvidase de él. Tampoco iba al pueblo a la matanza; su organismo había desarrollado una repugnancia absoluta hacia la sangre, la carne. Al principio, el olor a hierro le producía una reacción ansiosa que le costaba controlar, le invadían imágenes de borbotones de sangre, de desvanecimientos. Con los años todo se apaciguó, su temperamento se hizo más calmado y entraba delante de los menos curtidos a esas habitaciones en las que no cabía la sorpresa, porque en el umbral de la puerta la muerte saturaba su nariz recta, que solamente se arrugaba un poquito en la punta cuando la evidencia era indisimulable. Los muertos le salían al paso pidiéndole que no los abandonara y él les prometía secretamente llegar al fondo de todo. Lo que ocurría es que el fondo siempre estaba más abajo y descendiendo  llegaba a lugares que nunca hubiese querido conocer. Lugares con olor a cuero y esposas, olor a lágrimas, a hacinamiento, a orina en los colchones. Olor a miseria, a alcohol, olor a alcantarilla, a muerte…

Suspirando con cierto alivio puesto que ya ha pasado lo peor, Lèo prende unas varillas de incienso, cierra los ojos  y se calza unas zapatillas que le hacen sentirse bien. Visualiza el aire que sale de sus pulmones en forma de luz, estira de sus vértebras con unas cuerdecillas, apilándolas como si fuesen monedas. Aspira el aire para exhalar con él todo lo malo que oprime su corazón. Quiere que al tirar ese aire viciado que tiene en los pulmones salga de su cuerpo parte de la grisura, de los vapores que aspiró hoy en la calle, en los que habían prendidas palabras gruesas, pensamientos abandonados, ecos de risas y de llantos. Nora le sale al encuentro, embriagada de tristeza, vainilla y canela.

-Te mordería.

-Adelante.

Nora le acoge en un gesto maternal y sensual al mismo tiempo. Lèo se abandona: la única verdad ante la muerte era aquella batita de nylon con margaritas, donde se había hecho propósito de esconderse para siempre.

-A rastras me van a sacar de aquí.

-No les dejaré.

lunes, 20 de marzo de 2017

Mala leche

El debate de la subrogación no sé si debería ser debate. Para parecer más demócrata puedo decir que sí, pero en realidad este debate me sabe a neoliberalismo sexual y a ponerle precio a lo que no lo tiene. Sólo puedo ver la subrogación como una esclavitud más. Otra más para añadir a la lista de cuantas nos ha puesto encima el patriarcado con sus enormes botas de pisar cuellos. Otra más.

Luis G. Chacón respondía a un tuit poniendo el acento en nuestra desmemoria, tan higiénica como galopante, y nos recordaba a las amas de cría de no hace tanto, nodrizas de la miseria, utilizadas sin rubor en situaciones en las que se mezclaba clasismo y necesidad.
Conocí a varias mujeres que ejercieron esta llamémosla, labor. Pero una de ellas me ha venido al presente con una nitidez que me daña. Durante su vida dio el pecho a muchos niños. Tuvo demasiados hijos y eso le permitió poder amamantar a los hijos de los caciques y los rentistas que necesitaban leche materna, aunque algunos de ellos, como ella me contaba, delegaban por comodidad o por repugnancia.
A punto de parir, se acordaba una especie de trato. Ella tenía un seno asignado al niño rico, el otro para el suyo. Siempre había de ser así, y la vigilaban mientras el niño lactaba. A veces una moza adscrita al servicio de la casa (una niña muy niña, por comer, básicamente), a veces la propia señora, que se aseguraba de que su niño fuera alimentado como ella pensaba que debía ser. El pago por la lactancia era en especie: viandas de buena calidad para que la nodriza estuviera bien nutrida, que muchas veces debían ser consumidas en presencia del donante, no se incurriese en la tentación de aliviar la necesidad de esa otra chiquillería famélica que ya no podía acceder a la leche de la madre. 
Me hablaba esta mujer de los celos de sus pequeños, de la falta de atención a esos otros hijos demasiado cercanos en el tiempo, demasiado pequeños para entender la aparición de hermanos y huéspedes. Me hablaba del sentimiento de culpa al doblegarse a los caprichos de la madre del niño rico, que la requería a cualquier hora, a cuenta de unos pocos huevos, de unas onzas de chocolate, de una cuarta de aceite.
Esta mujer cansada envejeció añorando al último de esos niños que le llevaban, cuya madre la eligió según me contaba, por la abundancia de su leche. Ese niño alargó la lactancia hasta que ya no hubo, y entonces, tanto él como su familia dejaron de frecuentar su casa. Poco a poco desapareció la familiaridad. Me contaba que veía al muchacho por la calle, casi un hombre, y que sentía el impulso de acercarse a él, aunque nunca lo hizo. El recuerdo del niño dormido sobre ella, con la boquita llena de leche, volvía de vez en cuando y me preguntaba intrigada si se sabía lo que soñaba un bebé, si era posible averiguarlo.

Otros caciques, otras miserias. Las mismas mujeres tristes.

lunes, 13 de marzo de 2017

Herencia

Cada vez es más caro heredar. Los pobres heredamos mucho. Nos pesa la herencia como una losa. Heredamos sobre todo silencio.
No hay nada que valga más que el silencio. 
El silencio hace que todo siga funcionando. Existe una creencia arraigada que asegura que si se rompe la regla del silencio, toda la armonía de nuestro pequeño mundo se resquebrajará. Los que nos rodean nos verán de otro modo. Murmurarán sobre nuestro desafío. No nos tendrán en cuenta. Seremos diferentes.

El silencio se teje lentamente. Es como el manto de Penélope. Tejido y destejido cada día, tan sólo un pequeño alivio con la noche, clandestinamente, secretamente, persistentemente. 

A veces alguien recuerda súbitamente. Pasó con las niñas de los preventorios, pasa con las víctimas de los colegios respetables que recuerdan un día, con todas las víctimas que no convienen, con todos los que saben lo que no debieran, con los que no están dispuestos a transigir. A veces el recuerdo llega a destiempo. Tal vez recordaban, pero callaban, porque el silencio garantizaba las órbitas celestes. Pero un día la palabra que sana y libera se abre paso, y descubren estos deslenguados que no están solos. Acto seguido aparecen de forma enérgica los que reivindican el silencio, la mordaza, la amnesia. Otros afines a los anteriores quisieran provocar la amnesia, anhelan impartir aquel silencio. Advierten sobre el cisma.
Disciplinan. Ignoran. Segregan. 
Sin silencio somos criaturas que no pertenecen a nada, desagradecidas, envenenadas. Así nos lo dicen con pena, con lástima, con asco, con ira, aquellos que nos enseñaron a callar con todos sus recursos, aquellos que son ese enemigo que no retrocede, que reivindica, que retuerce. 

(A veces en cualquier sitio alguien cierra la ventana para hablar de cualquier cosa. Por si le oyen. Y manda a los demás que hablen bajo. Si hablaran alto no pasaría nada, pero no se puede desafiar al universo del miedo, que flota sobre las cabezas educadas en la sumisión, la ocultación y el disimulo.)

Hemos heredado cantidades ingentes de silencio, y heredar cada vez es más caro. Ganas dan de renunciar al silencio y quedarse con las palabras para gritarlas.  Imaginen, disponer de todas las palabras, hasta esas que eran de otros. Sobre todo esas palabras. Entonces sí seríamos ricos.


martes, 7 de marzo de 2017

Ya está

Salvador está con la mirada gacha. Sentado en el bordillo de la calle, con las piernas estiradas sobre la arenisca de la calle, apenas parece vivo. Su respiración, profunda, relajada, mueve a pequeños golpes la vena del cuello que sobresale aún, como fruto de un esfuerzo, de una tormenta. Está Salvador con los ojos fijos en un punto que parece perderse en el horizonte castellano, sobrio y plano.
Ya está, dice uno. Está como muerto, dice otro.
Salvador no parece alterado. Su cara es como la de un pastor de un nacimiento. Tiene las facciones grandes, el pelo ovillado, la nariz prominente. Parece que a su espalda le falta cargar con un cordero que sirva de ofrenda. En la espalda lleva manchas de cal. Se pegó a la pared, casi reptando, esperando no ser visto, acechante. Pobre Salvador, dice una mujer que pasa y le mira con pena y espanto. Pobre Salvador, dice entre dientes, pero se le entiende. Pobre Salvador.
Salvador mira hacia su derecha, donde una manta escasa cubre un bulto. Unos pies salen de él. Pies que no andan, pies que ya no corren ni escapan. No siente pena ni dolor, sentado bajo el sol de la tarde, que se vela tras unas nubes que vuelan una tras otra. Qué paz, piensa el hombre. Ya no la molestará más. Ya no más advertencias. Una ya fueron muchas. Que se lo dije, dice el hombre. Que le dije que le buscaría. Ahí estás, te lo dije, te lo dije...
Salvador yergue la espalda cuando le llaman. No le queda más que ser un hombre ahora. Voy, dice al que le llama. Salvador, te has vuelto loco, Salvador, no sé qué te ha dado, Salvador, te has arruinado la vida. 
Que se tape, que la dejen cambiarse de ropa, que la dejen descansar, dice Salvador a un hombre que parece mandar a todo el mundo. El hombre no debe decirle nada y le mira con ojos ovejunos. Que lo haremos lo mejor posible, le dice al fin el hombre, que no se preocupe usted, que ahora ya intentaremos hacerlo todo bien. Que lo suyo está peor, porque le han visto. Le han visto, Salvador, que le aguardaba, que le ha disparado en el pecho sin mediar palabra.
Salvador sólo ve la blusilla rasgada una y otra vez, ese lamento de gato, la sangre en la pared, en la mesa, en las sábanas. 
Ha perdido el juicio, dirán. Ha echado su vida a perder, dirán. Lo que digan ya no le importa. Su venganza atávica se ha materializado y ahora se dejará llevar por el aire que va poco a poco refrescando el rostro congestionado, el cabello ceniciento, la mirada abisal que se ha aposentado en Salvador, padre de su hija, hoy más que nunca.

martes, 28 de febrero de 2017

Mi heroína

Cuando conoces a Belén, algo en tí cambia. Belén no es una mística, ni quiere dar pena. Es más, creo que si detecta en ti algo de paternalismo sentirá el impulso de noquearte. Belén es una luchadora, una heroína, pero no en el sentido finalista de la mitología, porque ella quiere escribir su propia historia.
Hoy la entrevista Ana, otra mujer de esas que agradeces a la vida que te la presente. Ambas escriben la historia de muchos. Que no te toca, que no das el baremo, que no estás tan mal como crees, que te resignes. ¿Resignación? esa es prima hermana de la culpa, y Belén no habla nunca en esos términos.
Cuando alguien dice que no, alguien ha firmado antes que no, previamente. Si leen su blog, encontrarán mucho corazón y mucha protesta, de la buena, de la que hace pensar. Porque ella te coge y te sacude, sufres lo que una amiga suya, con inmenso amor llama "un belenazo", y ya no puedes ver las cosas de la misma forma.
Todas las curaciones milagrosas que Mónica Oltra citó en el parlamento valenciano, todas aquellas mejorías en la baremación son el atraco diario que hemos sufrido. Para unos es una viñeta en el periódico, una portada bochornosa, pero para la gente dependiente y sus familias es vida, y la vida se mide en tiempo, pero también en calidad. Eso es lo que nos hicieron los yonquis del dinero. 
Por eso te pido que hoy leas su entrevista, te asomes a su blog, mires sus enlaces. Te pido que pienses qué puedes hacer como ciudadano para que estas situaciones cambien, y que te plantees que cada vez que hay un recorte no es en dinero: es en salud mental, en bienestar social, en ética, en vida.
Y que esa silla que acompaña a Belén  un día de estos será como la tuya, por enfermedad o por vejez, que no te vas a librar de pasar por caja. 
Abre el blog, mírala a los ojos y dile que esta no es también tu batalla...

martes, 21 de febrero de 2017

Amantes


Matilde Solís, viuda de Pedro Laínez, tiene una amante de pelo gris, Carmen. Son amantes desde hace cuarenta años y aunque sus hijos lo saben, nadie dice nada. Cuando van de excursión con la gente del pueblo  piden una habitación doble y cierran por dentro. Malditas camas separadas. Y si no esa puñetera costumbre de clavar la mesita a la pared… Tirar el colchón al suelo parece la única opción para dormir juntas, pero una cosa es tirarse al suelo y otra levantarse. Las rodillas, la cadera, los ligamentos, la artritis... todo eran impedimentos pero para voluntad de hierro, la suya. Carmen era expeditiva: para no poder dormir con ella se quedaba en casa, faltaría más. En una habitación de hotel de costa, dos ancianas suspiran abrazadas, sonrientes, sentadas a ras del suelo, mirando el mar desde la ventana. Se sienten tan afortunadas que empiezan a sentir que todo puede estropearse: es un mordisco de rata en el corazón que a veces asalta a la felicidad verdadera. La angustia anida en la tierra de la alegría y echa raíces profundas que se alimentan de dolores pasados, de traumas no resueltos. Carmen y Matilde quisieran vivir cien años como ahora. Pensar una en la falta de la otra las hace caer en un segundo de desesperación que se esfuma con un beso inesperado, como ese primero que llegó tras unas copas de anís dulce en la verbena de San Bartolo. Matilde aún nota cómo le da vueltas la cabeza y los dedos de Carmen jugando con el pelo de su nuca, la respiración, el contacto… Nadie advirtió lo que ocurría debajo del emparrado del bar, donde no quedaba nadie porque después de terminar la cena todos se habían ido al baile. Carmen y Matilde se quedaron mirándose una eternidad, se cogieron de la mano y estuvieron así, acercándose poco a poco, hasta encontrarse. No se separaron desde entonces, y mantuvieron su historia en secreto durante tantos años como vivieron sus cónyuges. Fueron buenos compañeros, leales, amigos después de todo.  Piensan arreglar el testamento para dejarse la casa la una a la otra. Cuando hablan de esto Carmen siempre termina llorando.

-Si te mueres, me mato, asevera.

A lo que Matilde responde:

-Eso lo dices en un arrebato, los chicos no se lo merecen. Son buenos chicos que necesitan a su madre. 

-Tú sabes que son unas fieras, no me vengas con esas.

-Fieras... no sé...

-Fieras. Ponles un cheque delante y verás. Matarían a su madre, por lo menos Felipe. Le han salido a mi tía Loreto, seca por dentro y por fuera. Seca como un pedernal. Menuda lengua viperina... Yo creo que lo de mi tía era porque estaba virgen y mártir.

-¿Tú crees?

-Y tanto ¿te acuerdas cómo tenía la piel? Como un lagarto.

-Bastante tendrá que ver eso...

- Pues sí que tiene que ver. Yo por la mañana me echo una cremita y me digo “para cuando venga mi mujer a quitármela a mordiscos”

Matilde y Carmen están ultimando lo que ellas llaman “el soponcio”, que consistirá en comunicar a la prole que se aman, lo que a la postre no es una gran idea porque el piso tiene un bocado importante. Dar al dinero vela en el entierro hace que no por deseado llegue antes.

A veces de un hijo a una hiena sólo hay cien mil euros de diferencia.

lunes, 13 de febrero de 2017

Ya sabes

Ya sabes cómo es ella. Es como la alamanda. Se enreda en mi corazón y casi lo asfixia, le da flores que lo perfuman. Lo llena de fresco, de verde.

Ya sabes cómo es. Como la flor de cactus que dura un día, hecha de papel de alas de mariposa, fundida en soles, brillando con chispas de fragua en los ojos.

Ella es mi mujer. Digo que es mía y miento. Ella es libre como la fragancia del jazmín, como la escama de la mariposa, como la lluvia que entorpece sus alas.

Tal vez sea la lluvia yo, y ella, mariposa de papel fragante, no pueda remontar el vuelo si lloro sobre sus alas.

Ya sabes cómo es ella. Nada la ata y transcurre por mi corazón como una exhalación frutal:  mujer de besos lanceolados, de sonrisa púrpura,  de mirada oceánica, de raíces hondas.


Ya sabes, no hace falta decir más. Ella es, sin más.

lunes, 6 de febrero de 2017

Mirko


Mirko, asesino ocasional,  sale de una portería con la cabeza gacha, puesta la capucha, con paso firme. Le sudan las manos. En una de ella lleva una navaja que hundirá en el cuello de un desgraciado, quizá tanto como él, aunque eso ya da igual. No quiso saber nada de él y tampoco le dejará que le vea la cara, esto es sólo trabajo. Un trabajo es un trabajo, nada más. Mientras camina ve a lo lejos el puente sobre la carretera donde miles de luces la dotan de vida. Pudiera ser un puente sobre un río y pudieran estar los hombres hablando sentados sin prisa, viendo pasar el agua. Si fuera aquel río suyo, aquel puente, se lanzaría desde lo alto a la poza, para que el agua fría desentumeciera su corazón de campesino sin tierra, y correría entre las cañas para que las mujeres se rieran con picardía al verle con los calzones mojados, pegados a la piel. Buscaría a Ana entre ellas, la miraría con la luna brillando sobre el pelo, le daría un beso y saldría corriendo tan feliz que creería morir al verla llevarse la mano a la mejilla, fingiendo un enfado que no era más que la espera de otro beso, de otra noche con la luna sobre el río, su río. Quisiera mirar y descubrir al final de la vía las lomas donde aprendió a correr, alfombradas de verde de forraje, salpicadas de reses sanas y felices que pastaban con parsimonia. Allí le enseñaron a ordeñar las ubres calientes de las vacas que giraban levemente la cabeza cuando estiraba demasiado; el sabor de la leche le llega a la boca mezclado con azúcar, que su madre echaba generosamente mientras removía la masa del pastel. “Ven corderito”, le decía, y él corría a acostarse sobre su pecho con la oreja pegada al esternón para escuchar su corazón latiendo sin cesar... Le hubiera agradado a Mirko ver aunque fuera por última vez las mieses, el carbón saliendo de la tierra en las vagonetas, los hombres tiznados, hercúleos y alegres duchándose, hablando de lo que harán cuando lleguen a casa y encuentren a sus novias, mujeres, a sus hijos...  Mirko quiere llorar cuando piensa que lo que más desea ahora es poder tocar un tronco recién aserrado, cogerlo con un gancho, echarlo al río para que se lo lleve, curso abajo, donde está su casa de contraventanas de madera, su casa de alero rojizo y dos robles en la puerta, uno por cada uno de sus abuelos, fuertes como los árboles que fueron plantados por ellos mismos. “Sé como el árbol, Mirko, crece derecho mirando a Dios” No podría volver nunca, nunca, la guerra le había robado el alma, ahora estaba perdido entre asfalto y alimañas. Quiso Mirko recordar cómo olía el aire entonces, cuando las vacas del vecino se metían en su casa y su hija le sonreía mientras las sacaba, y ya no pudo recordarlo apenas, y el olvido sombreó su mirada azulenca, tornando al muchacho en extranjero, al extranjero en matarife y al matarife -aunque aún no lo sabía- en un muchacho perdido que sólo quería volver a casa, a sentarse a llorar bajo del roble como cuando Ana se vino a Madrid a trabajar de camarera con su prima, aunque en realidad vino a que  le robaran el alma, como él iba a robar la vida de aquel hombre que está echando la basura en zapatillas, y cuyo delito era pedir un dinero prestado para las máquinas. 
Mirko cruzó deprisa la calle, para salirle al encuentro en la esquina, cuando vio salir unos piececillos al portal. El desgraciado tenía un hijo al que querer, así que aunque no podía dejar de matarle, no sería hoy. La clemencia de estas horas le acercaba al roble, a Ana, a casa. 
El matarife vuelve a ser niño un instante. Tal vez mañana busque a Ana. Si encuentra a Ana se irán. Mañana, sí. Mañana.