martes, 3 de enero de 2017

Mirar por la ventana

Ayer, en el documental que la 2 dedicaba a Gil Parrondo, hubo un momento que ilustra mi desolación de hoy al conocer la muerte de John Berger. El maestro hablaba sobre un momento de la localización de la famosa escena del cañón de "Orgullo y Pasión" (Stanley Kramer, 1957), en la que un agricultor al que se había hecho una oferta por rodar en sus campos, con una contraprestación económica importante, ponía reparos a la colocación de unas estructuras que le tapaban las vistas. El campesino necesitaba saber cada mañana si había helado, si habían sufrido aquellas plantas que vigilaba. Gil Parrondo sentenciaba con afabilidad: "mirar por la ventana era su vida".
Acaso Berger, al ver a este hombre de piel oscura que está en la esquina de enfrente de mi casa, tocado con un gorro de lana, aterido de frío, viera en su mirada perdida el paisaje que ya no encuentra. Este hombre a menudo se sienta, con su chaqueta raída de traje, a no hacer nada, solamente a mirar. Me parece que mira más allá, como el muchacho que estaba el sábado apoyado en el manillar de su bici, con esos ojos azul eslavo que complementan su sonrisa y su silencio, ese muchacho bellísimo que parece un marinero soviético y que es ya un padre de familia cuyo hijo ha aprendido a mirar entre cañas y naranjos. 
Berger nos deja una obra que nos remueve, y cuyos personajes pasan a ser parte de esa familia adquirida en los libros que ya nunca nos abandona: la madre que no se sienta, servidora de todos, la madre que cocina, que disculpa; el hombre que trabaja con las manos hundidas en la tierra, y que ha perdido la visión de lo suyo como paso previo a la pérdida de la memoria, con el dolor de saber que ya no será la de sus nietos, solamente una mitología aprendida, reinventada, literaria, profundamente triste.

6 comentarios:

  1. Emoción que humedece los ojos, pienso en antepasados de parecida raíz y parecido ser. Gracias!

    ResponderEliminar
  2. Gracias a ti por pasarte. Abrazos ;-)

    ResponderEliminar
  3. Hay una vida para cada uno de los que la vivimos, pero cuando algunas veces, al atardecer, me sirvo un vaso de vino, mientras los vapores me invaden, con suavidad, pienso que realmente hay una única vida; aquella que hemos dejado en la infancia, llena de barro, de manos sucias, de sabores auténticos, de lluvia, de plantas que florecen con el sudor de la frente del labrador, de gallinas picoteando alrededor de una jofaina de agua y al fondo la voz protectora de la madre, niño, abrígate que hace frío...
    Feliz Año...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Feliz año, César...la infancia es ese lugar donde volver cuando estás perdido...

      Eliminar