sábado, 4 de agosto de 2018

Eliseo (17)


Carallo, Eliseo, eso sí son tiros largos. Eliseo tiene medio sonrojo ante la sorna de la panadera, que no ha podido dejar de advertir el cambio de indumentaria del  hombre, que, sorprendentemente, y en palabras de Matilde, defiende bastante bien la ropa que lleva puesta. Matilde se ha mostrado todo lo reservada que es capaz sobre el episodio de las compras, y Pilar se muerde las uñas pensando en el hombre bueno y fondón, hablando tras la cortina del probador, buscando la aprobación de una señora bien como Matilde, que es de esas señoras acostumbradas al buen corte y que te pone las costuras derechas y en su sitio con un procedimiento simple que consiste en una serie de pequeños tirones secos que hay que resistir sin mover apenas el cuerpo. Pilar siente fastidio sólo de pensar en ese momento de la prueba, y le llega el  tacto del acerico y el olor de la colonia de su madre, muy cerca de ella, probándole uno de aquellos vestidillos primorosos, llenos de entredoses y puntillas, que tan poco le gustaban a ella. Siempre fue Pilar un misterio para su madre, empeñada en convertirla en una señorita con lazos, entregada a  una batalla titánica por reforzar lo que hubiere en ella de la condición femenina, alejándola de aquello que destilaba bien pronto la Pilar niña, esa niña fuerte y frágil que trepaba a los árboles y mordía las manzanas sentada en una rama, si acaso el lugar y el momento más feliz que recuerda. Aquellas pruebas de vestidos a los que era sometida Pilar niña se prolongaron muchos años en los que subió de nivel la hostilidad ante las imposiciones, primero amorosas, más tarde autoritarias, de una madre desesperada ante lo incomprensible de aquella criatura que iba creciendo y que de cuyos cambios e incertidumbres  no queda constancia, pues Pilar se encargó de destruir cualquier imagen que la vinculase a aquellos días. Es hermosa de una manera honesta, así la ve Eliseo tras saber de Lola. Todo es diáfano en ella, ya no hay misterio alguno a pesar de su mirada de animal astuto y su reconocida solvencia al indagar en cualquier asunto; ya no había reserva entre ellos y eso había transformado la ilusión en camaradería, una situación mucho más agradable, qué duda cabe, se dice un Eliseo aún planchado por las estribaciones del asunto de Lola, que son las estribaciones de una ingenuidad que llevaba media vida regalándole sobresaltos. Hoy sólo es un chico que estrena ropa y que espera un cumplido de los suyos. Esa vanidad inocente enternece a Pilar que decide no ensañarse; ojalá no hubiera existido esa lucha inútil con su madre,  esas retahílas de excusas, esos noviazgos fallidos que no contentaron a nadie.

En cada uno de los fracasos que Pilar recuerda hay un porcentaje de autoengaño. Este extremo la castiga especialmente, porque cada una de sus pequeñas mentiras piadosas le robó un poco de libertad. Ve a Eliseo salir y ponerse unas gafas de sol, casi triunfante, y detecta ese aire que Matilde imprime en cuanto toca. Ella no era cobarde, ahora lo sabe. Simplemente había estado demasiado sola. Todos, en alguna época de nuestra vida, deberíamos tener cerca a alguien como Matilde.

Paco, hoy voy a hacer sólo ensaladas, voy a poner el menú en plan fino, a ver lo que ocurre. Paco sonríe a Susana, arrobado, de esa manera que uno sonríe cuando se siente invencible al contemplar al otro. Eliseo los mira de reojo y Paco, acostumbrado a entrenar su visión periférica, le guiña un ojo explicando con el gesto el tema mejor que con mil palabras. Ahora que lo piensa Eliseo, lleva dos días Susana sin salir al telescopio. Ha recobrado el sueño, la serenidad o la alegría. Algo de eso hay y ella pellizca a Paco al pasar a su lado, haciendo que brote en Eliseo algo parecido a la envidia, a la nostalgia, a una tristeza pequeña. A cada cual llega lo suyo, decía su tía Fernanda, una mujer que nunca superó ser viuda; Fernanda tenía una teoría rica sobre el amor carnal que explicaba entre fogones. Eliseo niño la escuchaba decir que ella estaba muerta. Pasó unos días aterrado, tras los cuales cayó en la cuenta de que no era así, y que decía aquello porque estaba muy triste. De todas formas en su ánimo quedó la impresión viva de una mujer poderosa, casi de otro mundo, que, de un negro riguroso, pasó los últimos años de su vida añorando a su compañero, que no marido, según Tere. Fernanda previno muchas veces a Eliseo sobre la gente que hace lo que se espera de ella, como Tere. Esa gente, le contaba ella en tono confidencial, no se roza, no se come con los ojos, no tiene esa ansiedad que te muerde las tripas cuando el otro no llega. Recordaba Eliseo a Fernanda al ver los gestos de Susana. Fernanda supo que Raquel sería una mujer mal casada y despotricó contra todos cuando supo que había muerto. Vosotros  habéis vendido a la niña por una finca. Y ahora está muerta, pero ya estaba muerta antes. La habéis matado entre todos.

Estos son un tango, dice Matilde al oído de Eliseo. Acaba de llegar al bar, y se sienta a su lado haciendo un gesto con la mano. Paco, uno de esos de verdad. Estos son un tango de esos que acaba mal, me recuerdan a Mónica Vitti y a Giancarlo Gianinni, dice Matilde con aire de reserva. Estos se adoran y se odian, se distancian, se quieren, se necesitan, se aburren… No puedo con ese desgaste. Paco es un tipo estupendo y sufre con sus cambios de humor, que dice que los tiene controlados, pero ya has visto el cuadro: que si no me acuesto contigo, que si no quiero bar, que si voy a dedicarme al arte, que si me he enamorado de nuevo. Ahora que no trabaja por las tardes ha llenado diez carpetas con dibujos y esto, te lo digo yo, Eliseo, esa manera exagerada de crear, es que viene el chiquillo y no le conocen, que da miedo un desconocido viviendo en casa, que tiene casi veinte años y lleva toda la vida fuera, de colegio bueno en colegio mejor desde que tenía diez años. Es brillante. Remi me lo decía, que cuando volviera sería desastroso. Tiene una beca que es un trabajo para toda la vida en una empresa de tecnología. Vino en Navidad dos días y apenas hablaron. No sé qué pasará, pero creo que él se irá fuera porque no le ata nada aquí. Tiene la edad de largarse y lo hará pronto. Y entonces Susana se caerá a cachos. Al tiempo, Eliseo, porque ella le quiere como se quiere a un hijo. Yo no he tenido hijos propios, pero he visto desvivirse muchos padres por ese  hijo que todos los días te prueba. 

Eliseo se queda pensando qué clase de hijo ha sido. Tampoco tuvo mucho tiempo de serlo, eso es cierto. Tere quiso hacerlo bien, está seguro de eso, pero no era su madre. Su madre. Qué lejos le queda todo. Parece un recuerdo remoto esa tarde en el pueblo, la gente observándole de cerca, las ganas de escapar de todo, la incertidumbre.   Es el hijo de Serrano, menudo sinvergüenza, que no ha tenido cojones ni a venir al entierro. Aquellas mujeres sin cara, hablando en el cementerio, aquel aire denso, bascoso. Eliseo ya conocía entonces que su padre tenía otra vida y que no quería nada con ellos, pero aún ahora, que es un hombre hecho y derecho, siente como si alguien le apretase la cabeza cuando nombran a Serrano. Parece que detrás del nombre de su padre habrá, indefectiblemente, un comentario sutil que haga referencia a la querida, al abandono, a los hijos sin padre, a la mujer que nunca dijo nada sobre el tema, porque tal vez Serrano volviera un día, como un gato que ha estado de ronda, con una oreja hecha jirones, y  todo se pudiera perdonar, aunque ese perdón, según Fernanda, era merecedor de un par de bofetones que nunca hubiera dado ella, incapaz de otra cosa que no fuera querer a los suyos con auténtica fiereza.

- Estás rojo como un tomate. Acabas de recordar algo.
-Mi padre dejó a mi madre. Mi padre era sargento. Era guapo. Un golfo. Mi madre le perdonó siempre, hasta cuando no volvió. Yo le hubiera tirado a patadas, pero ella no me hubiera dejado… Pero no hubo ocasión.
-¿Le quería?
-Como si estuviera enferma.
-Lo estaba, no te quepa duda. No se puede querer con un cheque en blanco, Eliseo. Hay que guardar un buen trozo de alma para cuando llega el frío. Mi alma está deshecha desde que Remi no está. No queda un ladrillo en pie, pero los cimientos son míos. No se puede renunciar a los cimientos. ¿Sabes de qué están hechos los tuyos?


domingo, 29 de julio de 2018

Eliseo (16)


La playa es hermosa en verano, aún más cuando está amaneciendo. La playa es majestuosa, como un animal salvaje, y se muestra espléndida cada día. Matilde  aspira con fuerza el aire con olor a sal. La orilla está sembrada de algas y peces muertos; pareciera que se hubiera librado una batalla cruenta que ha acabado en un equilibrio casi artístico entre lo hermoso y lo feo. Hasta ese mújol de barriga hinchada, fétido y verdoso conserva cierta belleza. Se siente capaz de ver cada día el mar, de estar ligada a aquel cielo, de esperar el temporal y la resaca, como un ciclo natural, de esperar que las olas traigan  objetos imposibles, de buscar entre las conchas las más hermosas para hacer con ellas un colgante que tintinee en el balcón cuando haya levante. Matilde lleva ya una semana en la playa y planea establecerse allí de manera permanente. Eliseo le comenta que en invierno es triste el mar y los pueblos que lo bordean se llenan de bruma y se quedan medio desiertos cuando los veraneantes se llevan los niños y las pelotas, las verbenas y  los fuegos artificiales; que hay mucha gente que viene huyendo de la quema a urbanizaciones como la suya. Personas con un pasado inconfesable, personas sin raíces ni familia, o lo que es lo mismo, personas que no tienen nada que perder. A Matilde le parecen  argumentos débiles para retenerla en aquel piso que odia con toda su alma. Odio ese piso, Eliseo. Por mi lo quemaba entero. No hay nada allí que me retenga. Susana y Paco tienen al chico, ese chico al que no ven y que dicen que está llamado a ser el asombro del mundo. Tú tienes tu trabajo. Pilar lo mismo. Es más, tiene a Lola. Lola no lo sabe, pero está a punto de hacerse vieja, y en la próxima crisis sólo cabrán dos posibilidades: o se va Pilar o las dos se quedan solas. Ojalá acierten con su decisión. Hay que quemar las naves cada día, cada día. El piso es mi nave y yo necesito no poner más los pies en el portal.
El mar es magnífico, qué duda cabe. Parece que hay borreguitos, dice con un candor de muchacho un Eliseo muy triste, que busca dónde aparcar. Matilde sale del coche apenas frena, casi en marcha. Aquí no seré feliz, pero no me perseguirán sus cosas. Las he metido en cajas, las he mandado al almacén. Al final no vendimos nada… Hay proyectos que nacen muertos. Yo intentaba liberarme, pero no era ese el momento. Sé que pensáis que estoy medio loca, intentando una aventura a estas alturas.

-Me vas a perdonar, me voy. Hasta pronto, Matilde.

Paco espera impaciente a que salga Eliseo del coche. Hace gestos desde lejos. Interroga con tesón, pero no hay nada que contar. Se ha ido, quiere hacerse un exorcismo. Le recordamos muchas cosas, dice Paco en un suspiro. Remi está en todas partes y no podrá escapar, pero mira, cuando me llame iré a por ella, no puedo decir otra cosa. El padre de Yoni saluda. El señor Remi era  buen hombre. Sentí lo que le pasó. Dígaselo a la señora Matilde.  El padre de Yoni ha vuelto esta semana por el bufete, tiene un asunto pendiente. Se ven más de lo que él querría, y de este contacto ha nacido una familiaridad que no le agrada. Eliseo asiente con la cabeza mientras sube, escapando de la calle, hablando para sus adentros. Qué asco le dabas a Matilde.

Peláez trae grandes noticias. García se ha ido de la firma y queda una vacante. Han pensado en ti, Eliseo, para que trates con los particulares. Total, llevas en esto mil años y la gente te busca porque se te da bien. Tengo que saber las condiciones. Adelante, Eliseo, se dice pensando en Matilde. Adelante. Acepta. Será más sueldo, menos horas. Tendría que hablar con ella y contarle las novedades, pero no le hace falta. Hay un momento en el que sabemos lo que nos dirán los que nos quieren. Parece que la está oyendo. Pues claro que aceptarás. Tienes que comprarte ropa.

No sabe el hombre decir si acepta porque quiere hacerlo, si lo hace por un instinto de subir, aunque sea un poco. Si lo hace tendrá que viajar a menudo. No ha comprado un billete desde que… ya ni se acuerda. Lo mismo es incapaz de llegar a su destino y se pierde. Lo mismo es un desastre su gestión y no satisface al cliente. Mejor si renuncia enseguida, antes de que cambie lo que sea que haya de cambiar cuando a uno le ascienden. A Tere mejor no le pregunta, no quiere que confirme sus miedos, que le diga que no hay un futuro distinto al de la vieja profecía: el Eliseo solterón y decadente gana terreno cuando tiene delante un reto, que es ahora mismo decidir algo que sólo a él mismo le atañe, algo de lo que nadie está enterado. Renunciar es aceptar su falta de valor. Aceptar es un desafío que le supera. Si no aceptara, nadie se lo podría reprochar, salvo él mismo, y habría de inventar una excusa coherente para poderla utilizar llegado el caso. Ojalá no sintiera esta sensación de incomodidad. Desde que ha llegado a casa no puede desprenderse de algo muy desagradable parecido a la decepción.

-Peláez…
-Hola, Serrano.
-Que acepto.
-Lo harás bien. Hasta mañana.

No sabría decir Susana qué está haciendo Eliseo. Mira que la óptica es buena, pero no entiende para qué tanta vuelta, tanto ir y venir, tanto encender y apagar las luces. A estas horas lo suyo es insomnio, no cabe duda. Y nadie sabe en realidad por qué se espanta el sueño y por qué vuelve. Ella no puede conciliarlo ante el día de mañana, en el que –Paco aún no lo sabe- va a proponerle algo que habrá de aceptar por bien de los dos. Le mira mientras da vueltas, inmerso en un sueño dulce que domina su cuerpo, relajado, indiferente, ajeno a cualquier tensión. Paco duerme y nada ocurre fuera de su piel húmeda y tersa, casi perfecta. Susana siempre ha envidiado su tacto. Hay algo magnético en él que invita a acariciarle, pero sabe que si lo hace le despertará, así que le observa clandestinamente, durante horas en las que no ocurre nada, salvo Serrano entregado a una actividad frenética que contrasta con la quietud de la ventana de Matilde, ahora cerrada.

Susana no puede mirar hacia allá. Aunque le intriga qué ocupa la noche del pasante, no puede fijar los ojos allí sin pensar en su amiga, ahora lejos, mirando al techo. Ella sabe que  Matilde es también insomne. Lo era antes de lo de Remi, y duda que haya mejorado nada las últimas dos semanas. Tiene razón Susana. En su nuevo refugio, mira al techo Matilde, perdida en un silencio que hiere. Aunque una esté sola siempre hay alguien alrededor cuando vives rodeado de gente. Allí era diferente. Fue buscando un retiro y encontró el silencio. El mar apenas se mueve esta noche y la calma se ha apoderado de todo. No es la ciudad en la que pasa el camión de la basura, en la que los horarios de los demás imponen ritmos a la noche. Allí todo decaía con el último rayo de sol. Se veía Matilde como un animal de granja, fijos los ojos en el destello de la luz que venía de la calle. Le gustaba la idea de sabotearla, y que todo se convirtiera en una boca de lobo. Fantasea sobre la posibilidad de una población enfurecida, una masa que saquea comercios y quema contenedores de basura, enloquecida por la temperatura que hace imposible el descanso. Matilde cree que lo que ella necesita es mezclarse en un grupo salvaje y destructivo, ser parte de un conjunto de seres alienados entre los que pueda camuflarse para dar rienda suelta a su ira. Cuando estos pensamientos le asaltaban, Remi le hablaba bajito, le ponía una música suave y se la comía a besos. Remi tomaba su cabeza con las manos introduciendo los dedos en el pelo, y nada ya era tan grave. Y toda aquella cólera se disipaba lentamente hasta diluirse y desaparecer.

Con la certeza de esa solución imposible, Matilde echa mano del mueble bar del piso, perfectamente surtido tras cientos de visitantes ocasionales. Hay un licor de manzana que no tiene mal aspecto. Se sirve un chorro generoso en un vaso largo con dos cubitos de hielo. Enciende la televisión. Están poniendo un culebrón de los ochenta. La protagonista es una modelo cuya vida es un asco. Ella también llevó un bañador como ese, de un color flúor insultante, y no le sentaba mal. Beber sola es tristísimo, se dice Matilde, y tras un par de tragos pequeños, tira el líquido por el desagüe de la pileta. La modelo posa encima de un edredón de raso, casi tiene ganas de llorar al verla tan hermosa y tan desvalida. Por primera vez desde que no está Remi ha sentido algo distinto a la ira. Ha sentido miedo a naufragar entre las excusas, a hundirse entre copas y estupideces, a echarse un novio hortera que la desplume, a perder las pocas raíces que tiene. Matilde se ha sentido vulnerable y medita sentada en el borde de la bañera si tiene madera de suicida, si será difícil cortarse las venas. Si no lo hace ya terminará en una secta, así se lo cuenta muy seria, porque ahora mismo es un animalillo asustado que sólo quiere cariño, como todos los que acabaron tocando la pandereta o esperando una nave nodriza que les llevara al juicio final.

Eliseo pasa por el bar a final de la mañana. Ha quedado con Susana y Paco, dicen que quieren cerrar después de los cafés, que lo harán un mes de prueba; Susana se lo ha propuesto con muy buenos argumentos. Han hecho cuentas y es viable. Eliseo diría que ha ocurrido algo que se le escapa. Hay una paz diferente entre Paco y Susana.

-Matilde ha vuelto.

Pilar anuncia eufórica lo que todos ven. Entra Matilde con unas maletas, aún no ha pasado por  su casa. Paco va directo a la cocina mientras pregunta:

-¿Comes?
-Como.
-¿Vienes para quedarte?
-La playa es un aburrimiento. A punto estuve de jugar al póker por internet. 
-¿Me esperas y te subo los bultos?

Eliseo toma lo que queda de su café de un trago mientras Matilde coge de las manos a Pilar.

-Lo que te he dicho, Pilarcita. Que la vida es muy corta. 


domingo, 22 de julio de 2018

Eliseo (15)


La lavadora gira y gira. Es la primera vez que va a una lavandería, siempre había querido hacerlo desde que vio una película fresca y distinta sobre gente que iba a esos sitios. La colada da vueltas a una velocidad estable. Todos los movimientos continuos tienen algo hipnótico, y Eliseo, sentado en el banco que hay enfrente de su máquina, empieza a entrar en un trance espacio-temporal. Antes de hoy ha visto esa sucesión de círculos continuos, airosos, perfectos. Su madre batía los huevos así,  con precisión mecánica.  Los cascaba en el borde del lebrillo y los iba dejando resbalar poco a poco por la superficie del esmalte, ligeramente inclinado el recipiente, para facilitar la faena. Montaba unas claras blancas y untuosas con un brazo fuerte, que acunó muchos niños,  que segó trigo y arroz, que restregaba la ropa en el agua. Las manos de su madre no descansaron nunca. Hubiera quedado muy satisfecha al ver la solución que aportaban aquellas lavadoras gigantescas, pero seguramente -así se la imagina él- hubiera demostrado una cierta incomodidad, al estar sin hacer nada mientras la máquina rodaba y rodaba.

Eliseo recuerda a su madre en estos momentos. La sabiduría transmitida en susurros, generación tras generación de mujeres, tendría seguramente una solución para aquellos días inciertos. Ella le hubiera dicho qué hacer, qué decir, qué cocinar, cuándo callar, cuánto acompañar. Eliseo se siente a ratos pequeño y torpe, como un pajarillo inmaduro, y sólo ha acertado a decir a Susana que le preparase algo que hacer para aliviar a Matilde. Susana hizo unos bultos de ropa que metió en sacos de plástico y le dio instrucciones precisas: lava esto en la gasolinera. Las sábanas en la secadora, las cortinas, no. Pasa después a quedarte un rato. Le dejaré una ensalada con pollo para cenar. Por hoy no te preocupes, a ella le gustan esas cosas. Siempre ha sido muy fina para comer, una señora muy señora.
La lavadora centrifuga, acelerando poco a poco. Mueve las sábanas y las cortinas como si tal cosa. La otra vida de las sábanas y las cortinas empezaba ahora. Supone que ambas acabarán en el fondo de un armario; ya no tiene sentido volverlas a poner. Le gustaban esas cortinas, cómo se mecían, cómo filtraban la luz en su justa medida. En su casa sólo había un visillo permanentemente retirado. Tal vez era hora de cambiarlo. En su casa, hace mucho ya, hubo habitaciones con cortinas que él veía danzar en las horas muertas de la siesta. Parece que hace mil años; era esa época en la que su madre lavaba, agachada en el paso del agua, frotando con toda la inercia del cuerpo las miserias de los suyos. Tenía las rodillas redondas. Se levantaba del suelo con las marcas de las esteras que ponía debajo de ellas. Cualquier cosa servía para no estar directamente en el barro. Se maravilló cuando tuvo la primera lavadora de turbina, aquella especie de marmita de porcelana donde se metía a dormir el gato por la noche, pegado al olor de la ropa del trabajo, del jabón y de los detergentes que llegaban para maravilla de todos. Eliseo, ve y tráeme azulete. Azulete para las camisas. ¿Existirá aún? Era para unas camisas tiesas, perfectas, que planchaba sobre la mesa, con una manta debajo, mientras los demás hacían su vida. La vida de su madre transcurrió de asombro en asombro, a caballo entre dos épocas, al margen del mundo cuando su padre faltó. Así lo decía ella. Les faltó. Ya no estaba y estaba, sin embargo, en cada lugar de la casa. Su madre se quedaba sentada, al lado de la lavadora, con la mirada fija en los puntos de la porcelana. A él le parecía un pequeño firmamento interpretable. Había puntos más y menos cercanos, se podía incluso hacer figuras con ellos. Con el tiempo aquel diseño fue el del bajo del vestido de ella, que su tía llamaba alivio, si acaso la palabra menos ajustada al caso, porque igual que el bajo del vestido de su madre se fue poblando con geometrías para sacarla del negro, su memoria replicó patrones y vivencias, llenando las horas que las que él no estaba con las horas en las que él estuvo. Un día, –se ahoga Eliseo al pensarlo- ella tampoco estaba. Quedamos nosotros, dijo Tere, comunicándole un tipo de miedo desconocido. Las palabras de su hermana, protectoras y cálidas, calaron en su ánimo comunicándole una idea que se hizo fuerte durante mucho tiempo: el siguiente eres tú, Eliseo.

Viendo la colada dando vueltas sin parar, recordando aquellas frases hermosas y enigmáticas sobre el círculo y Platón que Matilde dejaba caer como si tal cosa, Eliseo metamorfosea en un ser estoico y tranquilo, al que ahora mismo le preocupa aquello que tiene un horizonte temporal de unas horas. Por eso, de vuelta al bloque 20, pasa por la panadería de Pilar y compra unos hojaldres calientes de espinacas y unas magdalenas enormes. Su madre hacía unas magdalenas doradas y altas, que invitaban a dar un mordisco en la capa de azúcar que quedaba coronando las piezas. Su madre hubiera quedado extrañada al verle, solícito y cálido, cuando él siempre había sido el más corto de la familia, auxiliando a una mujer que acaba de quedarse sola, una mujer que ella hubiera encontrado demasiado valiente, demasiado resuelta, demasiado leída. Sería difícil explicarle a su madre muchas cosas. Le gusta pensar que ella comprende sin que le explique, y que desde donde esté le escucha. Queda parado en la acera, a punto de echarse a reír al pensar qué le diría Matilde sobre su concepto algodonoso de la existencia. Queda parado y se le cae cualquier amago de alegría al asaltarle las imágenes de las últimas horas. Parece mentira, se dice, parece mentira. Es una verdad que atormenta y anula la capacidad de pensar. Es viernes o sábado, no sabe decirlo, tendría que mirar el periódico. Ha perdido la noción del tiempo. Le debían unos días y se los ha cogido sin dar muchas explicaciones. Susana mira el paquete que nadie había pedido. Son unas tonterías, para que coma lo que se le antoje. No comerá si está sola, replica la amiga. Me quedo un rato, sin problema. No quiero gente dando tumbos por mi casa, dice Matilde evitando mirar a los ojos, que a mi me gusta estar sola. Será como tú quieras, dice Eliseo Serrano, pasante y ahora amigo, colocando los pasteles en una bandeja, sirviendo un café descafeinado, removiendo incluso el azúcar. Tendría que verte Tere, dice Matilde con sorna, liada en un albornoz, con los ojos enrojecidos,  dando un trago que agradece; vaya con mi hermano el triste, que se ha quedado para poner cafés. Se yergue Matilde un poco, para que la observen los que la quieren. No miradme más, me cago en mi vida, que ya hablaré si necesito algo. Se queda Eliseo de guardia, dice Susana mientras sale. En algún momento te vas a ir, replica Matilde muy quedo. Debes hacerlo y yo, si veo que me come el miedo, te llamo para que me socorras. Me quedo esta noche y andamos, propone Eliseo. Nos vamos a caminar un rato. Matilde parece conforme hasta que una idea que no revela descompone la serenidad de su gesto. Ya lo sé, dice Eliseo. Aún no has tomado tierra.

El timbre suena una vez más. Lola se ha ido, dice Pilar mientras entra a la habitación donde le sorprende ver a Matilde en una posición imposible. Camina decidida hacia ella, pero la imagen de la mujer, profundamente dormida en un sillón, la hace retroceder. Está agotada, dice Eliseo. Lleva mucho sin dormir. Ambos la miran durante unos minutos.

-Siento lo de Lola.
-Debería habértelo dicho.
-No tenías por qué.

La cocina de Matilde es como un cuartel general. Hay pan y café. Magdalenas y valeriana. Fruta y valium. Unas tazas de té. Un poco de pan con mermelada.
Piensa Eliseo que ya han pasado tres días. Retira los restos de los platos. Los tiraría si fuesen suyos. Tiraría hasta las alfombras. Hay algo en este lugar que le suscita una aprensión desconocida, que le impulsa a limpiar y desinfectar todo. Vierte un poco de vinagre en un barreño. Echa unas gotas de detergente. Aspira el vapor penetrante que emana del líquido donde sumerge poco a poco los platos y las tazas. Tras un remojo leve, los frota con un cepillo, poco a poco. Los aclara. Los seca con un paño. Quita los restos de agua de la pileta. Abrillanta el grifo.

Matilde sigue durmiendo en el comedor desde que Remi no está. Eliseo subió con ella el primer día al piso, para que no lo hiciese sola;  la vio abandonarse en un sillón, segura ante su presencia. Ahora hay un mundo de cosas pendientes, pensó el hombre. Hay que fregar el suelo y los muebles, dice Pilar. Busca amoniaco, Eliseo, por favor… Trae fruta. Lleva esto. Dile a Paco. Necesitamos bayetas. Debe tener en los cajones.
Matilde tiene de todo en los cajones de la cocina. Tiene fotos de Remi y de ella. Fotos de un perro que tuvieron, de una casa que vendieron, de unas vacaciones pasadas. Las fotos están también entre la ropa, como escondían las abuelas los dineros, en los pliegues de las almohadas, entre las sábanas buenas.  Qué jóvenes estaban aquí, qué mierda de mundo éste. Sorprende verla colérica, encendida de pura rabia. No puedo con esta estafa. Y dice Lola que Dios. No hablo porque me enveneno. Pero qué mierda de estafa es ésta...

Reflexiona Eliseo en silencio. No cree en nada ahora mismo, no cree firmemente en nada. En Matilde, es posible. En la pluma de Susana. En el olor del pan de Pilar. En los cafés de Paco. Ahora cree también en el dolor, en un dolor desconocido hasta ahora, que tiene que ver con la impotencia que sientes al no tener nada que alivie al otro. Ese dolor le ha asaltado al ver a Matilde agotada, al ver a Pilar tan triste, pensando en Lola, seguramente, al ver a Susana, mirando a Paco. Qué dolor, Serrano, dice la vecina del primero. Que era muy buena gente, que esto es joder por joder en esta vida, que era un hombre de primera. Eliseo asiente. Le dicen cosas en voz baja. Muchos lugares comunes, muchas preguntas al aire. Él sólo responde con una sonrisa y una petición que no espera respuesta. ¿Me perdona?
Ven, Matilde, querida, es preciso que te desvistas. Matilde se deja llevar por Pilar. Tienes que ducharte y comer cada día, tienes que hacerlo sola. He mandado a Eliseo a la calle, para que nos traiga cosas. No le trates como a un chiquillo, ha sido mis pies y mis manos. Mis pies y mis manos, piensa Pilar, afligida. Nadie ha dicho eso de mí. Lola camina descalza. Donde está no gastan zapatos. Es un animal salvaje, se dice la mujer, abrumada por un sollozo que la ahoga. No necesita zapatos, no necesita a nadie. Su vida allí no vale nada, pero aquí no sirve para nada. ¿Sirve para algo la mía?

Vuelve Eliseo y se va respetando la calma. No dice ni siquiera adiós. Las bolsas en la cocina, la llave en el cenicero, la puerta con suavidad. Ya en casa, la luz  le asalta desde la calle. Escucha a Pilar de lejos y hace como que no oye nada. Quiere unos minutos a solas. Unas horas. Echar comida a Nemo y mirar un rato la tele. Pensar en estos últimos tres días, en cómo la vida llega y se va. En cómo el dolor llega y se queda. En cómo adoptamos el pesar del otro y lo hacemos nuestro. En cómo, sin esa comunión extraña, no se puede decir que estemos vivos.


domingo, 15 de julio de 2018

Eliseo (14)


Remi respira trabajoso. A veces le ocurre, dice Matilde. Pero hoy, no sé, le encuentro raro. Me ha entrado miedo. ¿Miedo tú?, dice Eliseo. Si tú eres indestructible. No te creas, no te creas, no te creas, dice Matilde bajando el tono poco a poco hasta hacerse imperceptible. No te creas.

Matilde se ha sentado junto a Remi. Bájate, Eliseo, bájate a casa, no he debido llamarte. Mañana no trabajo, dice él. Puedo quedarme un rato. Eliseo baja a casa un instante, pone una cafetera, la trae en una jarra, la sirve sin preguntar. Los sanitarios hablan poco a estas horas. Lo que usted quiera, señora. Yo me lo llevaría. Matilde desciende los escalones a unos centímetros de su hombre, espiando los vaivenes de la silla. Cuidado, se le escapa de vez en cuando. Que está muy cascado, que luego le duele el cuerpo, cuidado, cuidado…
Pasan dos horas, tres horas, cinco. Es de día. Llega gente y se va. Matilde apenas dice unas palabras, más para ella que para nadie.

-No estoy preparada, Eliseo.
-Tienes que llamar a Susana y a Paco.
-A Pili no, que viene Lola. Le va a dar una sorpresa.

Eliseo acaba de comprender quién es Lola, cuál es el secreto de Pili. Mientras intenta no aparentar su asombro, Matilde le regala una sonrisa a cambio de su ingenuidad de niño bueno. Remigio Cáceres, dice el interfono, y Matilde salta de la silla, perdiéndose por un pasillo demasiado largo.
Hace una hora que Matilde entró por la puerta cuatro. Susana y Paco llegan como llegan los que creen que llegan tarde, con la culpa escrita en la cara, azorados, tristes.

-No sé nada.

Eliseo está pensando que sobra. Ellos son sus verdaderos amigos, se dice con un poco de vergüenza. Ellos saben lo que hay que hacer ahora, si hay que llamar a alguien. No sabe si Matilde tiene familia, si en este momento ha de levantarse y desaparecer para que todos puedan hablar más libremente. La mano de Paco en el hombro le disuade en ese instante.

-Ella querrá que estés aquí.

Susana sale a la calle. La gente fuma a lo lejos, uno aquí y otro allá, cada cual con sus cuitas, trazando círculos con los pasos, sin llegar a ninguna parte. El guardia de seguridad va ahuyentando a los que salen, repitiendo sin parar la misma frase: caballero, aquí no se puede, y ahí tampoco; allá sí, donde el árbol. De un alcorque lleno de colillas brota una platanera escuálida que Susana dibuja en un cuadernito. Todo en el árbol es triste, parece como esos pinos que crecen vencidos por el levante, pero le falta fortaleza. Apenas unas pocas ramas después de una poda expeditiva, sólo unas pocas hojas coronan las ramas más altas. Parece mentira que haya un árbol tan melancólico, que el cielo esté tan vacío, que no haya ni un solo gorrión. Parece mentira que Remi esté acostado con uno de esos pijamas horribles y que Paco aún no haya hablado con Matilde. El árbol es anormalmente estático y no hay nubes en el cielo, ni hay niños, ni nadie habla. La gente fuma y da vueltas, parece un engranaje de movimiento continuo del que no sale nada, que no va a ninguna parte. Paco sale a buscar a Susana. La encuentra haciendo un boceto, sentada en un banco de hormigón. Este no se lo llevan, dice rompiendo el hielo con una risa nerviosa. Remi se va a casa, pero está muy débil, eso dice el doctor, y que le mandarán un enfermero a Matilde, para que le vea allí lo suyo. Susana levanta la vista, haciéndole una pregunta. No, no he hablado con ella. No me digas nada, mujer, ya sé que no soy buen amigo. Eres como puedes, como todos, le responde Susana al oído, antes de cogerle de la mano. A él no le faltas, porque él no está. Pero está ella, le dice entre airada y triste. No tengo el cuerpo para esto. Dale un abrazo a Matilde y acaba con este asunto.

Matilde estira el brazo con la palma extendida hacia arriba. En ella están las llaves de su casa. Eliseo, abre la puerta. Llega antes que nosotros, haz el favor, pide con un hilo de voz, con expresión aturdida. Que esté la puerta abierta cuando lleguemos. Eliseo arregla la cama con ayuda de Susana. Hay algo impúdico en estirar aquellas sábanas que no son suyas. Paco espera en el rellano. Ayuda a subir la silla. Cierra tras Remi y espera que alguien le diga algo. Se van los extraños y queda un silencio glacial. Ven aquí, dice Matilde, estrujando a Paco contra el pecho. Te echo de menos, mucho. Y echo de menos el mundo, la juventud, la vida. Nadie tiene la culpa de esto. Vosotros sois mi familia. Eliseo se escabulle hacia la puerta. Baja la voz Matilde mirando a Paco. Ayer me salvó la vida; me moría de miedo, hizo café, dice a una Susana que traga a malas penas. Es bueno no estar sola, responde la amiga. Paco y yo estamos bien, que sé que te preocupas por todo. No te creo, dice Matilde, pero agradezco la intención. Queréis que tenga paz y no puedo, porque lo que no me deja vivir es lo otro.

El timbre otra vez. Más sanitarios. Son cariñosos. Le preguntan su nombre, le hablan. Sigue estando Remi ahí, se repite Matilde. Apenas abre los ojos. No quiero que le duela nada, firmaré lo que haga falta. Míreme, me llamo Pepe. Este es mi número. Me llama usted cuando haga falta. Pepe tiene un aspecto delicado. Matilde abre mucho los ojos, incapaz de comprender por qué la ha tomado de las manos. Pepe se va por la puerta, es tan joven... Eliseo cierra con la tarjeta en la mano y habla un instante con Paco para que les hagan comida. Idos al bar, yo me quedo. Luego me escapo y me pones algo. Ahora subo un momento.

Le hace falta una ducha. Ducharse le sentará bien. Eliseo deja caer el agua sobre el cuerpo. Caliente, fría, es lo mismo. Su cuerpo tiene al fin sentido. Ha adquirido  significado al servir para algo más que para existir. Le duelen todos los músculos, rígidos, contenidos. Los siente, cada uno de ellos. Todos han sido movidos de su posición habitual, incluso su cuerpo le parece diferente. Se seca frente al espejo, ha adelgazado algo. Las camisas le quedan grandes. A Remi le venía grande el pijama. No le conoció antes de estos días confusos; sólo había tropezado a Matilde alguna vez, tampoco tantas. Es como si hubiera estado dormido, y se siente rabioso por ello. La vida había pasado, tantos años sin hacer nada, sin un objetivo claro, sin algo por lo que dar la pelea.  La imagen de Remi le atormenta, incluso siente algo similar al miedo, que no sabe lo que es, que es algo así como congoja, como ira, como angustia. Tiene unas náuseas muy insistentes. Le domina un miedo atroz a lo que ha de llegar, a no saber qué hacer con Matilde. Medio orfidal escupido al instante. Ropa cómoda. Fruta. Una mochila. Un libro. Dinero suelto. Las gafas de sol. Un reloj. Un cargador. Las llaves. Como si se fuera de viaje. Se siente como si estuviera de viaje en un lugar desconocido.

Paco le espera en la puerta. Te agradezco que te quedes. Eliseo siente pudor, no cree que nadie le tenga que agradecer nada. Desde la ventana de Matilde  se ve la ciudad, la autovía, las personas. Se ve lo mismo un poco más alto que se ve desde su casa. A los pocos minutos de llegar, Susana ya sale de su portería. Se quedó Dora en la cocina, les ha salvado la vida. Las rutinas se repiten hora a hora. El mismo autobús en la parada, las mismas personas que suben y bajan. Hay algo metódico en ese ir y venir, algo productivo y necesario. Eliseo cierra los ojos, sabe qué hay en cada lugar a fuerza de mirar y mirar por su ventana. Los días se replican sin remedio. Hoy hay mercado. Pasan señoras con carros, con capazos de los que sale algo verde. Lo ha visto miles de veces. Cada martes es así, desde que lo recuerda, y hoy es martes. La ciudad, sin embargo, había cambiado para siempre.


domingo, 8 de julio de 2018

Eliseo (13)


Pili está sentada en la cama, leyendo un correo de Lola. Sólo es una hora más tarde allí, pero las separa un mar y más de ocho mil kilómetros. “Hago aquí mucha falta; podías venir a verme. Te deben unas vacaciones, me lo has dicho mil veces…” Pili no recuerda qué le ha dicho a Lola. A veces, cuando están juntas no sabe lo que dice y no recuerda las escenas con nitidez. Sólo le vienen a la mente  imágenes sueltas, oníricas, en las que Lola se aparta el pelo de la cara, se acerca para besarla, o muerde una manzana con la mirada perdida, una manzana que ha abrillantado contra su blusa con grandes dosis de paciencia, lentamente, como si hubiera de fotografiarla después. Donde está, la prisa no tiene sentido, sólo vivir con conciencia. Así lo siente Pilar, y se desespera por ello. Ahora estará durmiendo. Lola duerme muy bien, sin removerse apenas. Pilar se levantaba sigilosa para poder verla soñar, para exprimir más los minutos. Le resulta insoportable saber que llega, saber que se va, saber que no puede retenerla. En realidad no puede retenerla nada; es Lola demasiado libre. Lo dicen las arrugas de su rostro, las canas, la risa, esas gafas que no se llevan. Pilar lo asumió hace mucho haciéndose trampa a sí misma. La convenceré. Querrá quedarse. No se irá sin mi. Me llamará cada día. Me escribirá cada dos. Vendrá cada mes. Lola ha sido muy clara dándole la oportunidad de negarse. Puedes no  venir y no pasará nada. Seremos muy buenas amigas, sabremos que hemos amado; no quiero que seas infeliz, no quiero que me reproches nada. Si me recriminas algo, me perderás al instante. Sólo quiero gente feliz, gente entera, gente contenta con sus decisiones, Pilarcita.  Pilar se enfada con ese Pilarcita que en labios de Lola suena a chiquilla ñoña y enmadrada. Ella es un poco Pilarcita, y aunque quiere decirle al mundo que es más Lola, la mata esa pena romántica de la ausencia de la piel, ese querer estar con el otro, tan cerca como sea posible, llenándose los ojos y las manos de ese amor carnal y loco que la lleva torturando desde que  Lola dijo que se iba a desarrollar un proyecto solidario para quitar un poco de dolor al mundo. Pilar se lo dice a sí misma: tanto dolor quitas como das, Lola. Y más que decirlo lo piensa, porque cree que Lola podría oírla, o sentir que esas palabras flotan entre ellas, y no lo podría soportar. Para que Lola vuelva, Pilar ha de aprender a no necesitarla tanto, que haya algo más importante, más vital, más arrollador que un amor maduro a destiempo. Esto del destiempo tampoco podría decírselo sin disgustarla de veras: Lola cree firmemente en vivir hasta el último instante con fidelidad a la vida, por lo que no hay nada que no llegue cuando le corresponde. Ve a las personas como semillas que germinan cada una cuando le toca, obedeciendo a leyes que nada tiene  que ver con las querencias. Pilar reflexiona estas cosas sin atreverse a escribir nada, observando los caracteres perfectos de la letra del ordenador. Cualquier cosa que redacta es peor que la anterior. Borra y borra. No, así no volverá Lola, se dice. Y si vuelve se irá. Y cada vez tardará más en volver. No se atreve a decirse lo que ya sabe: que Pilar no viene, pero que ella tampoco quiere ir. Cree que no sabe vivir fuera de ese barrio, de sus amigas. Es una creencia paralizante, terrorífica. Necesita el cielo que conoce, ese paisaje que es parte de ella. No hay solución esta noche, se dice mientras cierra el portátil ahogando la luz en la que faltaban las palabras mágicas. Te quiero, le escribe Lola desde otro mundo. Y yo a ti, contesta la panadera al aire, apagando la luz de la mesilla, intentando un sueño que no llega.
Paco y Eliseo han llegado a una gasolinera donde ponen un café horroroso. Aún así, van a probar. La empleada se llama Florinda. Es amable, pero el café, como era de esperar, no tiene un pase. Eliseo da el pie a Paco, le cuenta que tiene una hermana difícil a la que ha dejado el marido. Paco suspira un momento antes de contestar en  primera persona:
-Debe dar vértigo eso.
-A ella le ha hecho un favor.
Paco acaba confesando que conoce a Tere y a José Antonio y pregunta a Eliseo por Remi. Su rostro cambia, parece otro. Ya no es un hombre competente que tiene para todo una respuesta. Es un hombre herido con los ojos encarnados por la pena. A Matilde le vienes bien. Remi y yo fuimos muy amigos, pero yo no soporto verle así. No me conoce, no recuerda mi nombre. Soy cobarde con él como lo soy con Susana. Eliseo se remueve en la silla, incómodo ante la confidencia, nunca hubiera dicho que Paco es un hombre cobarde. Ella te observa por la noche. A ti y a todo el mundo. No pasa nada, hombre, ya hace tiempo que veo sus maniobras nocturnas. Un día le van a llamar la atención, porque tiene un telescopio de la NASA, y a la gente le gusta ir en calzoncillos por su casa sin que una pirada le haga una  radiografía. Se lo digo, Susanita, que nos van a venir a la puerta a decirnos de todo un día. Y ella se ríe y me dice que no hace daño a nadie, que es una cosa normal pasar el rato así si no se duerme. No sabría decir qué es lo que le ocurre. No quiere ir a un terapeuta, ni siquiera creo que le haga falta. Se pasa la vida esperando que cambie todo de golpe, como si fuese a ocurrir algo mágico. A veces compra lotería y se queda traspasada cuando ve que no nos toca. No quiero enfadarme con ella. Le gusta pintar, es buena, pero no sé si tanto como para vivir de eso.  No tengo ni idea de arte, yo sólo entiendo de menús y de cafés. Si ella se va del bar tengo que poner a alguien. No puedo y ella lo sabe. Es mayor para la universidad, tendría que hacer el acceso. Lo estuve mirando y le falta estudiar inglés y un par de cosas más, y para eso se precisa constancia. Cuesta admitir que ya no es tu tiempo, sino el de los hijos.  Le hace feliz pintar, podía pasar así horas y horas, pero estudiar y examinarse es otra cosa. No sé si sabrá fracasar, si podrá soportarlo.
Eliseo ha pedido otro café a Florinda mientras Paco se sincera. Da un sorbo y se cerciora de que es tan malo como el anterior. Le parece que lo de Susana es un problema  de verdad. Dice Matilde que es así desde siempre y que Paco pasa las crisis como puede. Que ella busca sin éxito una solución para las incertidumbres. Eliseo es un hombre de certezas, y no entiende ese desabrimiento que domina el ánimo de Susana, una mujer a la que supone práctica y organizada  a la vista de su negocio, uno de los más antiguos del barrio. Expone su teoría a Paco, que sólo acierta a decir que es Susana una mujer tremendamente compleja, que cada día le sorprende algo de ella, un matiz nuevo, una idea. Que tiene la impresión de que su cerebro nunca descansa y que a su lado él es solamente un hombre corriente al que el orden da mucha felicidad. Es una gran idea, se dice Eliseo. La felicidad en el orden, el equilibrio. La placidez de lo previsible. Esas son las cosas que le convierten en un tipo satisfecho, aunque este inesperado paseo nocturno le está gustando de veras, con las calles desiertas, los coches aparcados. Sólo rompe esa quietud un gato en algún rincón del seto, comiendo lo que le han dejado y huyendo de alguien que se acerca demasiado. Eliseo observa que ese alguien se les aproxima a buen paso y tiene tentaciones de salir disparado como el gato al reconocer al hombre que les aborda.
-A las buenas noches.
Yoni padre acaba de cruzarse con los hombres, interceptándolos en la acera. Eliseo da un paso atrás, esperando que el recién llegado le coja del cuello.
-Me ha caído un mes del rollo ese de la comunidad. Ya no tengo nada contigo. Al final ha ganado tu jefe.
Eliseo siente la palma del hombre, grande y caliente, golpeándole el omóplato repetidas veces en señal de reconciliación. Parece que escucha a Matilde decirle que no se puede fiar de semejante elemento, y que haga como que se va a su casa para ver las intenciones que tiene.
-Mira, Paco, parece que me está entrando sueño…
Paco bosteza largamente y asiente con la cabeza. Se aleja de él casi paseando, dando tiempo a un Eliseo aterrado a llegar a su portería y cerrarla antes que alguien entre con él.
-¿Te ha hecho algo?
Matilde sale a recibirle al descansillo. Os he visto desde el balcón, dice con una gran vena hinchada en la frente. Eliseo narra el episodio tranquilizándola. De paseo con Paco, se dice Matilde con un deje de envidia, es este puñetero calor, que nos escupe a la calle. Quiere saber si preguntó por Remi, si aún le quiere, por qué no viene a estar un rato con él. Dice que es cobarde, responde un Eliseo sobrepasado por el conocimiento de las emociones ajenas. Dice que es cobarde pero deja constancia de que no está de acuerdo. Pregunta Eliseo a Matilde si necesita algo, esperando que no sea así. Necesita sentarse en su sillón a ver cualquier cosa en la tele, a ver dar vueltas y vueltas a Nemo y a dejar la mente en blanco. Eliseo  Serrano, de profesión pasante, ha accedido sin pretenderlo a un pequeño universo humano. Desde hace unas semanas experimenta un sentimiento desconocido, que podía resumirse en necesitar  al otro. Ser alguien para otro, que el otro sea algo para ti. Algo así como una familia elegida, en la que hay luces y sombras, pero donde domina una sinceridad brutal que hace que todos sepan de todos. Ha decidido bajar sus defensas y eso no tiene marcha atrás. Las confidencias alimentan o matan la amistad, dice Matilde.  Nunca se había visto en una situación semejante, necesita tiempo para interiorizar tantos sentimientos nuevos. Tiene una sensación de estafa muy molesta, descubriendo a estas alturas de su vida qué llena la vida de la gente. Da una cabezada en el sillón que interrumpen unos nudillos en la puerta. Es Matilde.
-Sube, por favor. Es Remi.


sábado, 30 de junio de 2018

Eliseo (12)


El timbre, incansable, hace que Matilde acelere el paso hasta el interfono. Tanto estrépito para nada. No era más que un repartidor buscando alguien que le abriese el portal. La gente compra y compra, Eliseo. Yo he sido de tirar de tarjeta y sacarme las espinas fundiendo, pero hace tiempo que no, y después de lo de Remi, nada. Las cosas se amontonan y se amontonan. Y se olvidan. Si perdiera todo lo que acumulé no pasaría nada. Hay trastos que hace diez años que no veo. Hay cosas que no sirven para nada y ahí están; creemos que con las cosas retenemos el tiempo, pero el tiempo se va zumbando. Tengo un trastero en el centro. Si me armo de valor y digo de vaciarlo necesitaré voluntarios… Eliseo cabecea afirmativamente. Como no se venga alguien conmigo no voy a poder deshacerme de todo, porque me está sobrando el alquiler y total, ¿para qué todas esas cosas? Tengo hasta bolsos buenos. Imagina, Remi, que tenía muy buen gusto, me compró un Chanel hace siglos. Me niego a llevarlo. Conocí a una señora cuando era estudiante, viuda de un funcionario, que llevaba pieles de verdad, joyas buenas, y tenía unos bolsos de infarto. Comía sopa de cascarones algunos días, y otros ni eso. Me parecía tristísimo verla comprar envuelta en aquellos restos del esplendor. Cuando pienso en el Chanel y en otras chucherías que guardo como un tesoro pienso que no debería ponérmelas por nada del mundo. Es como si me acercasen a la muerte, no sé, es una sensación extraña… Eliseo sonríe con dulzura:
-¿Has pensado en regalar  a Pili y a Susana lo que no quieras? El resto lo vendes.
Matilde se queda pensando en un inventario que la devuelve a otros días. Y los cuadros, Eliseo, a quién se los doy, si no quiero venderlos… además no me van a dar nada. Tengo un mueble bar bueno, pero es muy voluminoso, decía el que nos lo vendió que lleva limoncillo, y eso lo mismo vale dinero. Tuvimos una época de hacer fiestas y también teníamos vajilla, esa te la quedas tú, si la quieres. Rehúsa Eliseo. La vajilla aún te puede hacer falta, y si es buena, como las joyas, a una mala, la haces dinero. Eso es lo último. Iremos el fin de semana, si te parece. Me parece. Dame un abrazo, que me salvas la vida. Y tú a mi, Matilde. Cena algo, anda, no tomes más café, dice el amigo a la amiga, antes de asomarse con mucho tiento para no despertar a Remi que está con los ojos cerrados sobre un lado de la cama.
-Que no venda las joyas, que se las regalé yo, Alfredo, ¿me oyes?
-No las venderá, no te preocupes.
-¿Iremos a pescar mañana?
-Iremos, descansa que mañana vamos a madrugar.
Remi se queda quieto, como un niño obediente, convencido por un instante de los planes de mañana. Eliseo baja el rellano despacio, pensando en cómo ha de ser ese ir a la deriva. Cierra su puerta, piensa en los trastos de Matilde. Cualquiera tiene un mundo de cachivaches. Susana está en el balcón, le saluda desde lejos. Él agita la mano. Hoy parecía estar mejor, eso dice Matilde. Debe ser una carga pesada tener la tristeza esperando, acechándote por cualquier cosa. Paco es un tío entero, eso también lo dice Matilde, y lo lleva todo con cabeza, porque otro hubiera claudicado. A Eliseo le rondan unas frases que Matilde repite y se repite a la más mínima ocasión. Hay que querer mucho, dice Matilde en un susurro, a veces mientras toma un sorbo de la taza que la acompaña a todas partes, a veces mientras ve dormirse a Remi. Hay que querer con locura: es como tener una hucha de la que uno saca en la escasez. Hay quien piensa que nunca llega, pero llega la carestía, y sacas de la hucha un día y otro. Matilde proclamaba que había que querer mucho al otro, quererle con todo el respeto, quererle por lo que ha sido, por lo que queda escondido en el cuerpo, debajo de todo lo que la vida ha traído. Matilde es sabia, se dice un Eliseo callado, observándose en el espejo. No conoce a nadie que sea como ella, ni nadie que quiera así.
Susana observa a Matilde. Tras despedir a Eliseo ha salido a la ventana a mirar cómo anda el mundo. Agita la mano y saluda. El saludo es devuelto al instante. No quiere hablar con ella ahora. Y sabe que está sola y que sería bien recibida, pero a poco que comenzasen a hablar le preguntaría por lo suyo. Que si está mejor, que si Paco es bueno, que si debemos hacernos fuertes, que si la vida es una estafa, que si yo creyera en Dios, pero ni eso. No, Susana no se siente capaz de soportar al  torrente Matilde, que derrocha cariño y palabras para Paco y su paciencia, para Paco y su buen pulso, para Paco, ese tío tan cabal, que tú no te has dado cuenta, que a ratos vives en otra galaxia, que es de oro de ley. Susana se siente incómoda cuando la conversación toma este rumbo. No cree que haya de defenderse de sus bajones y sus tristezas, pero sin saber cómo termina intentando justificar  esos sentimientos que la asaltaban de vez en cuando sin causa aparente. Ella y sus melancolías, sus insomnios, su relación con la comida, que ya no era placer, sólo trabajo, y que la tenía aturdida al tener cada día el mismo dilema. Si ya no quiero hacer esto, ¿por qué lo hago? ¿He de estar atrapada lo que me queda de vida? Paco la ve hacerse estas preguntas mientras imagina su figura bajo el camisón. Siempre ha sido guapa Susana; con los años ha ido adquiriendo un aire lánguido que a él le parece que le aporta una belleza decadente y dulce. Cuando se lo comenta a Matilde ella le dice que eso solamente es tristeza y que ha de ayudarla a salir de esa espiral. Pili opina lo mismo: no ve nada hermoso en las ojeras y los suspiros que Susana va dejando caer al aire. Pili entiende de ojeras y de suspiros, de infelicidades y de pensamientos suicidas. Pili tuvo un marido y ya no. Es la versión reducida de su tragedia, que no sé si es tragedia en lo estricto, puntualiza una siempre jocosa Matilde a la que Pili se lo consiente todo. La versión extendida se llama Lola. Lola es cooperante en un lugar del mundo donde ser mujer no vale nada. Pili espera que vuelva Lola dentro de dos meses; entonces negociarán si se va o se queda. Cree Pili (y Susana, y Matilde) que este mundo del barrio se le quedará corto a Lola y que tarde o temprano querrá marcharse. Y que Pili no la acompañará. Paco sabe algo pero no sabe si quiere conocer el detalle de la historia. Sólo ha visto una vez a Lola. Le pareció descolocada en el taburete de la barra, con su pelo entrecano, suelto sobre los hombros, alborotado, libre. Llevaba una blusa blanca sin planchar, un collar de semillas. Lola no pertenecía a aquel lugar, estaba claro. Es cuanto puede decir Paco de Lola y de su futuro con Pili. A veces Susana le dice que también es mala suerte querer a alguien que anda tan lejos y Paco calla, porque en ocasiones les separa una distancia imposible de precisar. Son esos momentos en los que no ha pasado nada y que hacen que el corazón se encoja ante un silencio que empieza quedo y se va solidificando hasta parecer indestructible. En esas ocasiones Paco quisiera poder invocar una palabra que la hiciera reaccionar, pero el silencio se hace fuerte y sólo cesa cuando uno de los dos duerme. Si es Susana, normalmente en el sillón del balcón, ocurre un prodigio, y es que con esa respiración tranquila de ella, fuera ya de este mundo consciente que la asfixia y la entristece, parece que caen todas las barreras y Paco se siente con derecho a acercarse a ella y observarla de cerca, hermosa, tranquila, en paz. Piensa Paco que tal vez sus sueños la transporten a ese lugar feliz donde no ha ocurrido su vida, donde se teje esa existencia inventada que tanto la satisface, donde no sabe si está él, o el hijo que aprende a volar sin que puedan remediarlo. El hijo está donde debe estar, a menudo se lo dice antes de hundirse porque echa de menos al niño de ojos enormes. Paco reza poco, pero reza con fervor porque las altas capacidades del hijo abarquen también la capacidad de comprender a Susana, la capacidad de empatizar con el mundo, ese mundo que el hijo ha sufrido como sucio, hostil, absurdo. Sólo en esas ocasiones Paco ha tenido verdaderas intenciones homicidas. Se da miedo cuando ve a su cachorro en peligro, con el corazón desbocado, reprimiendo la cercanía física con un cualquiera que ha decidido divertirse un rato a costa suya. Fue Matilde la que les aconsejó el colegio y Susana le guarda por eso una cierta reserva, aunque sabe que era lo mejor para los tres. Paco se rasca la cabeza mientras Susana duerme, y sin pensarlo dos veces, baja a la calle a caminar un rato. Por la acera de enfrente un hombre camina como él, prácticamente en pijama, sin ninguna intención atlética. Al cruzarse, ambos levantan la vista. Eliseo se sorprende al ver a Paco a esas horas por la calle.
-Hola, ¿todo bien?
-Bien, no podía dormir. Mañana viene mi hijo.
-No sabía que tenías un hijo.
Paco echa mano al teléfono y hurga en los archivos hasta encontrar una foto actualizada de su hijo.
-Se te parece a ti.
-Ya quisiera yo… ¿Habrá algún bar abierto a estas horas?

lunes, 25 de junio de 2018

Eliseo (11)


Susana la del telescopio, qué manera de autodefinirse. No sabía muy bien Eliseo cómo había de definirse él mismo, si por su situación laboral, si por sus aficiones, si por algo que resaltara especialmente en él, como la cobardía. Eliseo se veía a sí mismo como un cobarde, y así había pasado la vida, evitando los conflictos más pequeños en tal de no tener que enfrentarse lo más mínimo a nadie. El asunto del lanzador de bolsas de basura, por tanto, le había cogido por sorpresa, al no haberse enfrentado nunca a nada que fuera ni remotamente parecido. Eliseo reconstruye mentalmente la historia de su encuentro en la calle:
-Soy Susana, la del telescopio.
-Eliseo, cobarde.
En realidad no fue así; sólo pudo sonreír a Susana cuando descubrió con alivio que era ella la que le puso la mano en el hombro por la calle y no el macarra tatuado del barrio. Ella dijo que iba al bar, y él le deseó buen día. Podía haber ido con ella y haberse tomado un café, pero para eso hay que pensar rápido, y él aún estaba bajo la influencia de la impresión que le produjo sentirse atrapado un instante bajo las garras de Yoni padre. En realidad fue algo así:
-Soy Susana, la del telescopio.
-Hola…
-Soy insomne, Eliseo. No quiero que piense que he perdido la razón. Paco se lo puede asegurar.
Susana caminaba sin dejar de hablar, y se detuvo en la puerta del bar esperando que Eliseo la acompañase; en su lugar el hombre se rascó, cabeceó y sudó un poquito por la frente. Se excusó y Susana volvió al trabajo. Eliseo se quedo unos instantes reteniendo el rostro de Susana en la mente. Poco faltó para que chocara con un semáforo, pero pudo rectificar a tiempo. Así que esta mujer era la del telescopio. Mujer de Paco. Amiga de Matilde. Amiga de Pili.
Pili le tenía intrigado; en ella había algo diferente. Tenía un secreto. Un secreto de verdad, no una de esas chorradas que nos hacen enrojecer cuando las recordamos. Un secreto verdadero, ese tipo de secreto que hace que cambie la visión que los demás tienen de nosotros. Algo grave, tenebroso, algo que la atormentaba, pero ¿qué podía ser? Matilde se lo diría antes o después en uno de sus ataques de sinceridad. O Tere. Prefería que  fuese Matilde. Su manera de exponer la realidad le resultaba más cercana, más honesta. Tere tenía una visión matizada por millones de prejuicios. Este mes estaba tardando en venir, y eso ya no le estaba gustando. Casi le hacía falta pelearse un poco con ella, sentía algo parecido a echarla de menos, una sensación nueva que no sabía muy bien cómo gestionar. Tras el teléfono Tere suena lejana. Eliseo pregunta y aunque no la ve, sabe que Tere tiene cara de asombro. Era la primera vez que Eliseo la llamaba porque sí. La primera en toda la vida. Tere emite un sonido extraño, entre el ahogo y el sollozo. Nunca había escuchado Eliseo llorar a Tere desde que eran chicos. Le faltaba la respiración, intentaba una palabra, volvía a caer en una especie de gemido largo que acaba con una palabra cortante: voy. Tras colgar, Eliseo abre la ventana a tope, saca la cabeza mirando hacia arriba, buscando a Matilde. El ruido de la persiana hace que la mujer aparezca. Un gesto le invita a subir y Eliseo acepta. Matilde le espera en la puerta y se encoge de hombros al verle llegar. Él sólo dice que viene Tere y ella que no se deje pisar. Cinco palabras para definir amistad:
-Luego vuelves y me cuentas.
Tere se queda tras la puerta, tomando aire para llamar. Al final Eliseo abre, harto de esperar. Tere se le cuelga del cuello y vuelve a caer en un llanto violento que la asfixia. Eliseo espera que se serene y va a hacer nada a la cocina, cuando una retahíla de volumen ascendente le ataca por la espalda.
-Hay otra, otra… Otra… ¡Otra!
Y otra vez más lágrimas, más pañuelos de papel, más lamentos. Se veía venir, le diría si pudiera: era un chulángano desde siempre. Eliseo  se autocensura con sentido del deber. No siente pena por Tere, no cree que esto que le ocurre sea malo para ella. Tere dice el nombre de ella: Susi. ¿La prima? La prima. Eliseo quisiera poder poner cara de sorpresa, pero José Antonio siempre había tenido cierta debilidad por Susi, incluso tenían cierto parecido físico. En realidad parecían hermanos, tan alegres, tan decididos, siempre inclinados a la risa y la alegría. Se buscaban en las reuniones familiares, bailaban, bebían y parece ser que coincidían en más cosas. Arrecia la tormenta mental en una Tere desarbolada y furiosa que no puede dejar de narrar sus pequeñas miserias. Que si están juntos Eliseo, y yo con la cama fría, Eliseo, que yo necesito cuidar de alguien, Eliseo, que si tú me dejas, Eliseo, yo te lavo y te plancho, Eliseo, que vas hecho un Jesucristo, y llegas al trabajo a tu hora, que seguro que llegas tarde, como si lo viera, que yo te guiso Eliseo… Y yo te como, replica un Eliseo divertido ante los intentos melodramáticos de una Tere cada vez más agresiva. Ella le mira con reprobación. Le hubiera abofeteado. Le hubiera abofeteado muy fuerte como representación de todos los hombres. De todos los hombres adúlteros y rijosos, de todos los que prescinden de ella y viven vidas ridículas.
-Me he quedado sola y he pensado venirme contigo.
-No puedes, Tere, tengo novia.
Tere calla y mira  a su hermano como miran los gatos antes de cazar un grillo. Ojos fijos, espalda tensa. Piensa rápidamente una maldad que proyecta en ese interior cenagoso que pugna por salir a flote. A saber quién es la novia, se dice ebria de su veneno. Lo mismo es novio, porque en fin, ya tiene una edad este inútil que algo debe pasarle cuando no se ha comido un colín. Tere pasa de la pena al desprecio en una mirada concentrada  en Eliseo, que se revuelve en el sillón esperando una bomba que le haga trizas. Tere nunca falla. Tere tuerce el gesto, altiva. Se levanta como un resorte. Ha dejado de llorar hace veinte palabras. Gira sobre los pies y se va sin decir nada. Eliseo tampoco dice nada esperando un portazo que no llega. La futura ex mujer de José Antonio se ha ido escaleras abajo maldiciendo interiormente al flojo de su hermano.
-¿Para qué le dices que tienes novia?
Matilde mordisquea una galleta con absoluto deleite mientras Eliseo le cuenta que le ha invadido el pánico al pensar en Tere vagando por allí. Imaginando un día cualquiera desgrana mandamientos y manías, ejemplifica las servidumbres, las rectificaciones constantes, las labores inexcusables. Matilde elogia la rapidez mental de Eliseo, que ha dejado muy claro que no sale ahora con nadie.
Eliseo bebe un trago de café. Yo no puedo vivir con Tere, es imposible, se dice para lavar una sensación de culpa muy molesta. Yo no la aguanto con sus cosas. ¿Es lo mejor para ella estar conmigo? Lo dudo mucho. Creo que debe hacerse fuerte en ese casoplón que tiene, quedarse con la mitad de todo, llevar al infiel al notario y partir por la mitad hasta los tenedores. En eso, lo que quiera, pero decirme que tengo viejos los calzoncillos, que cambie el cepillo de dientes… No y no, se dice Eliseo, y cabecea mientras bebe, divirtiendo a una Matilde que le observa con ternura.
-¿Quién va ganando en tu cabeza?
-Creo que yo, de momento.
Matilde le habla de la culpa en voz baja. Mira chaval, la cosa es muy simple: la culpa, si la dejas, te come. Yo tengo que salir a la calle. Dejo a Remi en la cama. Está sedado, no se levanta. Todo apagado, cerrado y seguro. Los primeros días fueron un infierno, relata una Matilde con la mandíbula muy tensa. Me escaldaba con el café, no me daba tiempo a tomarlo. El pan, a la carrera. Sólo una salida a la semana, cuando venía su hermana los sábados, para que yo pudiera ir a hacer la compra. Ahora está malita, la pobre, y me traen la compra a casa, y tampoco salgo a eso. Eliseo intenta interrumpir a Matilde y ella pone su mano sobre la suya, imponiendo un silencio que la deje decir por fin eso que la está quemando. Deja que acabe, deja. Deja que te diga una cosa. En ocasiones hemos de vivir para los otros. Para eso hay que cerrar la puerta a veces, dejar que la vecina diga que eres una hiena, y hasta desearle buenos días. No es mala gente, es ignorante y piensa que ella es mejor que yo. Tere piensa que es mejor que tú, no sabemos por qué razón lleva una vida diciéndose que es así, y tú, amigo mío, la has dejado. No pierdas este terreno conquistado. Estoy orgullosa de ti.
Suena el timbre, desabrido, y Matilde se levanta con extrañeza. Eliseo piensa en su hermana, en que tal vez sea ella, en que ha vuelto porque se ha quedado con ganas de sacarle los ojos.