jueves, 31 de agosto de 2023

Como toda la vida

 

No será para tanto, dijo una madre al auditorio tras una llamada de atención desesperada de una profesora a los padres. Lo dijo con autoridad. Qué poco aguante tiene la gente, remató la madre de una de las joyas. Hagan la prueba, introduzcan la palabra aguante en una conversación trivial y verán cómo alguien lo relaciona con la subida en el número de divorcios y rupturas: la gente ya no aguanta nada.

 

Hay que aguantar al niño, adolescente, marido, compañero de trabajo, jefe. Hay que aguantar. La paciencia como panacea, como virtud femenina. “Obedece y con tu ejemplo enseña a obedecer”, decían las fuerzas vivas. No obedecer era convertirse en una mujer a la que correspondía la reprobación y el castigo, bien directo de los tutores, familiares y demás allegados, bien de la masa social que no se pone de acuerdo en nada más rápido que en un chisme o un linchamiento.

 

Nadie puede sugerir a estas alturas que las campeonas de la selección femenina de fútbol pecaran de indisciplina. Es imposible llegar a su nivel con falta de compromiso. Lo que queda tras eso es lo de siempre. La tutela ejercida sobre ellas, entre psicópata y ridícula, no es más que “como toda la vida”, como dice Manu Sánchez en un derroche de ingenio que ha hecho que le brote un NO-DO entre las cejas. Lo de toda la vida es una mandíbula que muerde fuerte, porque a quién no le gusta un privilegio, a quién. Recuerdo una frase de uno de los documentales de Mabel Lozano sobre la prostitución: “la profesión más antigua del mundo es mirar hacia otro lado”. Somos muy de mirar hacia otro lado, eso se llama discreción, que también era un atributo muy valioso en aquellos papeles de color rosa de la Falange: “No busques destacar tu personalidad. Ayuda a que sea otro el que sobresalga”.

 

Se lo han aplicado a Jenni Hermoso al pie de la letra. Porque en según qué mentes despejadas, lo de toda la vida sigue estando vigente por el artículo 33. Qué disgusto cuando descubran que está derogado no el fuero, sino ese mundo rancio. Y que hay leyes de igualdad. Y ministras. Preparen las sales. Avalancha de señores desmayados.

  

lunes, 28 de agosto de 2023

Argumentario

 

Eso ya pasó. Hace mucho tiempo. ¿Aún te acuerdas de eso? Son ganas de remover lo viejo. Se estropea más que se arregla. Total él ya tiene otra vida y no se ha oído nunca nada. ¿Estás segura de que no exageras? Pues yo nunca he tenido problemas con él, lo mismo lo has malinterpretado. Si es un padre estupendo, ayer mismo iba paseando a los nietos. Si su mujer es feliz. Si eso que dices fuera verdad se notaría.

Yo me defendía sola. A mi nadie tuvo que decirme qué hacer. Haberle pegado una patada. Cuando se pone la cosa mal hay que ser valiente. A buena hora me iban a mi a tocar. Tienes que estar muy segura de eso que dices, porque eso es muy grave. Ese hombre tiene familia, piénsatelo.

Pues yo renuncio al trabajo, porque la dignidad es lo primero. Pues si se queda tu amiga es porque le va la marcha. Pues no será la cosa para tanto cuando no le ha partido la cara.

A buenas horas sales con esas, después de veinte años. ¿No tuviste tiempo de denunciar? Eso se hace cuando ocurre, ahora son ganas de escándalo y de hacerse notar. Será que ni entonces lo tenías claro ni ahora tampoco, que tú eres algo fantasiosa, toda la vida igual. ¿Estás segura de que no te lo inventas? Algo habrían visto los maestros, no me creo que pase y nadie se haya dado cuenta. Algo me habrían dicho las otras madres. ¿Se lo has contado a alguien?

No se lo cuentes a nadie, porque tenemos que ver qué hacemos. Si vuelve a pasar tú me lo dices, pero de esto ni una palabra, que no sabes cómo son los pueblos. Imagina qué desastre, no quiero ni pensarlo. Tú siempre has exagerado las cosas, de pequeña eras mentirosa, te inventabas cosas para salirte con la tuya, y ahora quién te va a creer.

No le cuentes eso a nadie, la gente no quiere oír desastres. A la gente no le importa nuestra vida. No quiero ni pensar que me pregunten, ¿tú has pensado lo que nos pasará si te dedicas a hablar de eso? Dirán que eres una fresca, porque esas cosas no le pasan a todo el mundo. ¿Seguro que no le diste pie? Porque últimamente estás un poco revuelta y hay que saber hasta dónde llegar.

De ahora en adelante no quiero hablar de esto. Tú te defiendes a patadas, a mordiscos si hace falta. Tú te defiendes que a mi no hizo falta que nadie me defendiera. A partir de ahora lo resuelves tú porque es tu problema, ¿no quieres ser mayor? Pues te apañas.

Te apañas sola, quiso decir, seguramente.

domingo, 20 de agosto de 2023

Los míos

 

“Deseando que lleguen los míos”, me decía mi amigo José Luis en el último mensaje escrito que conservo de aquellos días en los que aún era posible descolgar el teléfono y hablarle. Le preguntaba yo quién era los suyos. “Los elegantes, los silenciosos, los que sepan mucho y no se note. Esos, si llegan, serán los míos”.

Ver a Rubiales portarse como Rubiales ha provocado en mí un sentimiento que me atrevo a considerar como universal en cuantas mujeres conozco. El logro de Rubiales ha sido desbloquear el recuerdo de aquel baboso que un día decidió que nuestro cuerpo les pertenecía. Los hay de muchas categorías e intensidades, y todos juegan a lo mismo: somos amigos, familiares, vecinos, compañeros, conocidos. Venimos a besarte y cogerte de la cintura, a retener tu mano, a ponerla en tu hombro con confianza, a rodearte, a hablarte demasiado cerca, demasiado cordial, demasiado, simplemente. Todas o combinadas. El baboso es insistente y va cargado de razones. Te está dando un pésame o pidiéndote que cenes con él para proponerte un trabajo. Te está preguntando por tus padres o alegrándose de verte. Te está largando un rollo que hace que se te acorte la vida, pero qué más da. Lo que importa es que él consiga lo que quiere, ya sea el beso, el asedio físico o, en definitiva, ejercer el control de la situación mermando nuestro espacio, prescindiendo del consentimiento -gran palabra-, marcando el ritmo de nuestra NO relación.

Siento rabia por todas nosotras, las que hemos revivido esa sensación de asco intenso que nos lleva al vecino o al conocido grimoso. Siento que el testimonio gráfico de un día tan importante esté empañado por esas imágenes que no necesitan explicación. Y siento que mientras tecleo no se haya destituido a este hombre que no es de los míos ni de los de José Luis. Hechos tan lamentables como los de hoy nos recuerdan que hay que decir a los niños que no se besa por obligación, que el abuso sexual nace en círculos cercanos, y que el afecto se da pero no se exige, y mucho menos, se violenta. Díganle a sus niños que si parece raro seguramente lo es, y que han de tener confianza para contarnos cualquier cosa, por si todo se tuerce y un adulto que ellos consideran confiable decide tener con ellos un secreto. 

En esta evocación de la grisura que Rubiales me ha aportado hoy caben muchos nombres propios. Es como una náusea. Es el recuerdo en la recámara, esperando siempre. 



miércoles, 19 de julio de 2023

Mucho texto

 

Todos los días son domingo y todas las horas, la hora decisiva.

Este domingo pesado, lleno de polen y avispas, recuerda a otros que fueron, y que fueron olvidados por desidia. Porque el hombre es desidioso. Al hombre se le secan las plantas y el gato le maúlla de hambre, y apenas se siente culpable por los crímenes pequeños. A veces tampoco por los grandes: llamar a alguien subnormal o maricón, desear la muerte al vecino, aparcar tapando una salida, haciendo que una persona que va sobre ruedas tenga que jugarse una caída que a veces ocurre. Cayó Fulano de su silla. Ya estaba mal, no es anda nuevo. Fulano y sus huesos precarios no son de mucha importancia si se es joven y vibrante, si se ha vuelto a las seis de estar toda la noche por ahí y se jalea y se grita pidiendo un café cargado.

El hombre es desidioso, eso es un hecho. Las plantas se nos secan, hasta las que están a goteo, y forman hileras pardas de naturalezas muertas que dicen que este o el otro tuvo algo mejor que hacer. Las cuadrillas de las urgencias han pintado una señal en el suelo que reza un sotp inquietante. Pare, si le viene bien, parece que ponga. Al rato es un stop expeditivo, todo en orden, circulen. Los trabajadores fosforescentes se tuestan en horarios imposibles, enfundados en poliéster, cumpliendo la normativa. La formalidad viene a imponerse, me dice un vendedor de tomates. En su ánimo hay algo de orgullo y de protagonismo, como si fuera el garante del orden, como si hubiera sido responsable de este giro copernicano que me están predicando y que no veo, por más que me esfuerzo. No creo que los cambios deban proceder de un manifiesto inflamado o de proscribir los versos de un poeta. Soy geóloga de vocación y percibo erosión o voladura. Pero ambas cosas no se producen igual, lo mismo me equivoco, porque también tengo algo de artista, que es como ser gato callejero hambriento, como ser pájaro que huye, como esas tórtolas insistentes que no aportan casi nada más que cinco arrullos seguidos. La erosión viene por la desidia, esta es mi teoría. Las cosas se desgastan poco a poco y se caen de pura vejez hasta que es polvo o nada lo que queda. Mi vendedor de tomates predica su voladura controlada, poniendo él los cartuchos ahí donde haya una grieta, formando esa grieta si es preciso, hundiendo los explosivos en las entrañas de aquel que anda dormido, porque un hombre dormido es fácil de fragmentar en trozos irreconocibles de humanidad. A un hombre dormido se le engaña como a un niño, y se le dan los pedazos en una bolsita como cuando te daban un cangrejo vivo para que no incordiases. Dura la ilusión de unir los pedazos un tiempo, hasta que llega el día en el que uno de ellos falta, y nadie se lo ha llevado. Da lo mismo que sea un mostrador que un análisis de sangre, unos centímetros de acera o un maestro para los hijos. Te han quitado un trocito y ya no eres un hombre entero, un hombre con sus conquistas y sus derechos. Eres un hombre que tenía algo y ya no lo tiene, y ese algo ha desaparecido sin fecha. En esto de ser un hombre a falta de unas piezas, nunca falta un letrero escrito con letra apresurada: vuelvo enseguida.

(Lo suyo viene de Alemania, decían, hace ya un tiempo, cuando los plazos eran indefinidos. No se puede saber cuándo llegará: estamos en agosto. No está el encargado. No hay presupuesto. Falta un papel. Lo han recurrido. Cuando venga el jefe le pregunto. Le mando un whatsapp en saberlo. Contáctenos por formulario.)

Un hombre incompleto sacude las piernas un poco, como si quisiera despertar de nuevo, y vuelve al sueño casi sin ser consciente. Su organismo ha descubierto que puede funcionar con menos, y se aplica a la labor de ahorrar energía. Puede comer peor, puede pasar más calor, puede tardar más en llegar a los sitios, puede tener a los hijos más horas solos, y los hijos pueden tener más años los dientes torcidos, los libros antiguos, las gafas sin graduar. Los hijos crecen en Etiopía y aquí también lo harán… ¡Lo han hecho siempre! ¿Acaso no crecimos nosotros? ¿Acaso Ramón y Cajal tenía wifi? Son ganas de enredar, no se necesita tanto. La felicidad es tener dinero para una caña, para ramonear en un centro comercial, para ser como los que vemos en las pantallas que nos vigilan. Somos diligentes y tenemos información. Nuestro teléfono es invocado tan a menudo que parece un apéndice más de nuestro cuerpo. Y nos llega un goteo de historias que son sólo curiosidades, y esas anécdotas sazonadas se convierten en motivo de nuestras disputas mientras seguimos perdiendo pedazos. Pero es tan sabroso sentirse informado, llegar a todas partes, sentir que somos partícipes de un estado de opinión, que no podemos resistir activar una vez más la pantalla donde aparecen unas vistas soberbias de la costa de Croacia. No pasa ni un minuto y mi banco me ofrece un crédito. Su oportunidad ha llegado, me dicen, sea libre para ellos. Un padre abraza a un hijo en un maravilloso blanco y negro. Firme en menos de cinco minutos.

Haga realidad su sueño.

Cierro el anuncio y en cuestión de apenas diez minutos me llama una voz sibilante: haga realidad su sueño, tiene un crédito preconcedido. Pruebo una posibilidad de escape diciendo que es cuenta conjunta. Tampoco hace falta que su marido se entere.

Me gusta esta mujer que me susurra con maneras de embaucadora. Me parece que si sigo dándole conversación nos iremos juntas con el cash que me tiene casi aprobado. Es una voz untuosa que viene a sacarme del tedio. Todo lo que quiso hacer, ¿no ha ido usted a Italia? No he ido a ninguna parte. Pues por eso, con este dinero se puede comprar ropa para viajar y dos buenas maletas. Le cuelgo porque lo siguiente es que quedemos en la esquina y nos larguemos sin despedirnos de los que andan por aquí cumpliendo con sus obligaciones. Señora se fuga con teleoperadora tras cobrar un crédito exprés. Me acabo de convertir en un faldón de tele de media tarde.

 

Pasó el orgullo y me acordé de todos los que se fueron a empezar de nuevo. A esos y a esas les robaron más trozos que a los demás. Empezar de nuevo que era vivir en peligro por un corazón clandestino, pero vivir al fin, conscientemente, desprendiéndose de toda la mugre acumulada por ese chistar continuo que suena dentro de la cabeza. Callar los pensamientos debe ser muy estresante, no poder querer a quien tú quieras. No poder ser, simplemente, aunque no quieras a nadie, aunque no quieras estar con nadie, aunque nadie lo sepa. En mi corazón mis alumnos, un suicida, varios familiares y amigos. Todos ellos están conmigo y caminan a mi lado mientras me revuelvo, como si alguien me cogiera de la manga para no dejarme correr. Me enseñaron a ver cuándo alguien no deja vivir a otro. Esas personas que maritirizan a los demás sin motivo se revelan ante mí nítidamente. Son los que miraron mal a los míos, los que les insultaron, los que tropezaron con ellos o dejaron de servirles en un bar. Son los que vienen a volar los cimientos de la igualdad que lucha por imponerse, porque la igualdad nunca llega suavemente, la igualdad es una pelea constante que se reaviva cada día. Hay que desconfiar en estos días de los que digan que ya no hay que luchar por los derechos. Eso no va a ocurrir nunca, y más vale que vayamos siendo conscientes de que los que nacieron abajo, los que están abajo por linaje y porque nacieron con las cartas marcadas, son vistos como prescindibles, y que muchas veces necesitan de los que andamos más boyantes. Al fin y al cabo esa es una de las razones de estar en el mundo, servir para algo, para alguien, ponerse a disposición de los demás.

Ese hombre que arrastra su humanidad en una bolsa, sin saber cuántos trozos le faltan, ha decidido escuchar al que le ofrece vivir como si fuera lo mismo tener o no su cuerpo completo. Este hombre que es receptivo al veneno de las serpientes, cree que su salud es de hierro, que su arrojo le hace solvente, que no hay nada ni nadie que pueda amenazar su bienestar si se actúa con contundencia. Cree que debe pagar menos impuestos y que hay que invertir en autopistas por las que nunca va a rodar, porque no le da su sueldo para festejos. Eso sí, si cambian los dirigentes, si hay personas menos melindrosas al frente, las personas como él recibirán el reconocimiento que les hace falta para coinvertirse en pilares de su comunidad. No es hora para tibios, se dicen los que han despertado con ese sonsonete que les agrada tanto y que cuaja de embustes una mitología que yo, personalmente guardo en varios libros con títulos bien rimbombantes. Todos ellos dicen que merecemos más y que nos han robado la cartera los de siempre: los pobres, los muy pobres y los rojos, abogados de todas las causas que van en contra de la moral y las buenas costumbres, entendiendo que dentro de éstas no entra ni comer ni tener casa. La casa para el que la pueda hipotecar, la comida, para el que pueda ir al dentista. Los libros para el que le guste leer, que soy yo más de series, me decía una criatura que va escorando lentamente al lado oscuro de la fuerza. Es curioso, en verdad os digo, ver a un niño que no deja de ser un niño. Un niño con cincuenta y tantos, un niño de promoción, un niño que te quiere explicar que ha oído que la cosa está muy mal por la agenda 2030, pero que no se ha leído al respecto más que un par de refritos que carecen de autoría. Hemos vuelto, eso parece, de nuevo a la tradición oral, y habrá que guerrear por las mujeres, acaparar las ovejas y contar historias terribles que sirvan de cultura y advertencia. Mi paciencia llegó a su límite, el día que una persona que yo creía sensata, me dijo que el arn mensajero nos iba a amargar la vida. Con los años he aprendido a poner cara de asombro y esta persona me dijo que nunca se había visto eso. Parece ser que era mensajero porque iba camino de Sebastopol en un caballo incansable hasta que le cogieron los tártaros. No le disuadí, pero creí conveniente apuntar, en la lista de las cosas que a nadie interesa, que hay que ampliar un poquito el tema de la célula, para que no creamos que una célula es como una bolsa de plástico donde llega un jinete con un ucase entre la guerrera y la camisa y la vida del planeta tose con verdadero trabajo respiratorio. La célula es la ciencia, y la ciencia y su método es una oportunidad para poner en duda cuanto sabemos, lo que somos y lo que podemos explorar. El acientifismo es un dolor crónico que a fuerza de ser soportable empieza a ignorarse. Sin embargo hay que arrancarlo como una mala hierba, con esa eficacia con la que se llevan las cuadrillas municipales de las ciudades los árboles viejos dejando huérfano el alcorque, sustituyéndolo por ladrillitos y ocurrencias que ya no pueden cobijar los bancos donde los viejos antes tomaban la sombra. Ahora todo es sol, como esa parte del tendido que dicen es más condescendiente con la falta de arte. Será que nos preparamos, en lo estético también, para tragar sapos de todo tamaño. Va a ser esa la razón por lo que lo feo y lo hortera se extiende y se revalida en los comicios que dan a los alcaldes varas que no sueltan por si acaso alguien tiene intención de blandirlas sobre ellos. Las ciudades son menos amables, y las hormigas que corretean por ellas no se han parado a pensar que lo feo y lo malo se dan la mano, que pasear por esta o aquella esquina es gloria o ruina de una zona que se determina sobre plano. Van demasiado deprisa, pendientes de sobrevivir, huyendo del calor y las basuras, de las ratas, de la propia vida que se vuelve más hostil cuanto más lejos de casa. Vivo, como dice mi querido Luismi, en el Levante feliz, y el clima es benévolo hasta que arrecia el calor. Está el aire irrespirable porque ha cambiado y no viene del sur, sino del pasado. Llegaron riéndose de todo, exhibiendo su lejanía con la cultura, censurando, despreciándonos a nosotras especialmente, porque ya no somos aquellas cuya única misión era ser servidoras (para servir a Dios y a usted). Aún así, puedo decir que en este metro cuadrado la vida es agradable y sencilla, salvo que seas homosexual o comunista, o negro, o árabe o gitano. O pobre en cualquiera de sus formas. O hayas tenido problemas mentales, o tengas un hijo con discapacidad, o la discapacidad la tengas tú mismo y tengas que esquivar todo tipo de barreras que siembran las calles como se siembran las minas antipersona, sin escatimar en gastos, sin dejar un palmo limpio. El clima es amable y la gente lo mismo, y el mar sólo es bravo en ocasiones. Esto no es el Cantábrico. El agua está más caliente y el aire en verano huele a pólvora y a Castrol. La libertad de enroscar, de incendiar, de sentirse dueño del mundo con una tormenta de emociones.

Invocar a Zweig en estos días nos da un aura de suicidas con conciencia. Hay que leer de manera incansable. ¿Acaso toda esta miseria no es sino haber estado lejos de lo que el conocimiento dice, de cualquier visión crítica?  Me gusta decir a los chiquillos que saber es como cavar un pozo en el que sólo el agua profunda sale verdaderamente limpia. Hay quien bebe agua turbia por sólo cavar un poco. Hay quien ahonda sin descanso, porque debe haber  algo mejor, porque siempre hay más y más abajo. Los campos de conocimiento no pueden simplificarse tanto como para que cualquiera los domine. Por eso mismo creer que lo que te dan resumido en un minuto equivale al trabajo de una vida es tan falso como ingenuo. Creer no es pensar, escuchar no es entender. No hay saber sin reflexión, y ésta no existe sin una formación adecuada. A un niño se le entrega el conocimiento que se ha comprobado mil veces. A un adulto debería tratársele igual. Pero qué sería de los argumentarios y del que los escribe. Qué sería de los oportunistas, comunicadores y demás patulea mediática, más pendiente de los efectos especiales que del verdadero significado de las cosas. Qué sería de esta vanidad sobrevenida de convertirse en una influencia para otros, cuando la importancia se mide en dinero y en una fama que se consume como una bengala sin que nadie la recuerde pasado un tiempo.

La inmediatez nos mata, nos hace débiles, nos obliga a saltar antes de tiempo. Y de este modo se fabrican las noticias alarmantes, los titulares escandalosos, todo lo que mueve a la curiosidad. Nunca ha estado tan difusa la frontera entre informarse y husmear. Basta  con que algo nos suene para que se le de carta de naturaleza. Basta con que alguien a quien consideramos simpático nos regale su reflexión. Quien la patrocine es indiferente, porque eso sí, cada opinión lleva tras de sí la huella del sponsor, que suena más profesional que padrino, tal vez esto último más ajustado. Padrino es el que se compromete en el bautismo a hacer de padre espiritual, a falta del propio. Y de este modo nos sentimos ligados a la opinión de personas que sirven a intereses divergentes a los nuestros. Cualquier empresario de fuste, de esos que tienen dinero aquí y allá, que fabrica y compra aquí o allá nos dirá, llegado al caso, que le hiere ver cómo la nación se desintegra. Este discurso es trasversal y muy versátil, porque no se puede desmontar. Los argumentos sentimentales alimentan las pasiones y las militancias, no tanto así a las personas que han de ir, ordenadamente, orgullosamente a votar, como dice Antonio, en defensa propia. Vivimos en la base de una gravera; la cima está mucho más lejos de lo que cuenta la fábula del emprendimiento, y la estructura del ascensor es más parecida a una cucaña que a una escalera. Tengamos claro al votar que las clases sociales son impermeables y que oponen una resistencia sistemática a la asimilación de elementos externos. Que ser rico se hereda, y ser pobre también.

 

Si eres mujer, vota.        

Si crees que tus derechos peligran, vota.

Si sabes positivamente que tu existencia les ofende, vota, por Dior.

 

(Ya sé. Mucho texto.)

 

  

miércoles, 4 de enero de 2023

Promesa

 

La promesa del azul en las alturas, encabalgando brisas volanteras, llegó esta mañana sin aviso.

El tiempo se ha quedado congelado. Qué cosa más extraña es querer tener una vida diferente, y qué perversión hay en el bucle que empuja hacia el embudo donde espera la hormiga león, batiendo sus mandíbulas perfectas.

Soy una presa que se debate en las arenas sueltas del tiempo, agotando el aliento que se escapa como un gemido pequeño: aún soy joven, aún me pertenece la vida, aún no he sido expulsado de la felicidad y la alegría.

He revisado mis arrugas, he sido consciente de la derrota de las horas en el cuerpo, he vuelto a tener mirada de científico sobre las marcas que me van añadiendo valor, como capas de arenisca de colores, aluviones de momentos y alegrías, sedimentos de pena, bancos inertes de piedrecillas que debilitan el caminar y lo hacen triste, como esos dolores que terminan por formar parte del cuerpo. Como los vicios que desgastan los zapatos y los vuelven inservibles para otro.

Sigo viva. Esa es la enseñanza. La única y capital enseñanza.

Y como desperté y respiro todavía, no me queda otra que amar esta existencia que se acaba y empieza constantemente.

Qué haces, me pregunta un amigo.

Vivo.

Amago con una tristeza que no llega, porque hay una obscenidad en el derroche de las horas regaladas. Me asalta la conciencia: no es esto lo que hablamos cuando vimos que es posible morir y dejar un rastro de orfandad en los que te amaron. La pena es una impostura para sentirse mejor, para creerse capaz de sobrevolar la tierra que se volatiliza sobre las cosas cuando no se mueven. La pena es inevitable, oceánica, salvaje. La pena consume y ciega. La pena es un trago amargo que no se acaba nunca, que domina los sentidos y los embota, que engancha como una droga y da sentido. La pena nos define y nos impone rutinas mendicantes, nos lleva al desierto y nos abandona. Engorda nuestra vanidad y nos destruye. Nos convierte en vigías de la felicidad ajena, en verdugos de la luz, en enemigos del alma, si existiera.

Créanme si les digo que hoy el azul es más azul y el sol más cálido y vibrante. Créanme: estoy viva aún y lo celebro como sé celebrar, con una reserva puritana. Pero no puedo resistir comentarles que hay milagros todos los días.

Ane tendrá un hermano en primavera.

 

 

 

 

viernes, 1 de julio de 2022

Jaulas

 

Mi gato ha vuelto de hacer sus kilómetros nocturnos, lleno el pelaje de restos de parietaria, de olor a casa ajena. Ha caminado describiendo círculos alrededor de su casa que es la mía, buscando nada, pasando el tiempo.

Hace unos días vi a un muchacho en un parque. Tenía unos pómulos bellísimos. Pensé en dibujarle, si supiera, en fotografiar su rostro, si no fuera un pecado mortal andar curioseando las caras de los desconocidos. Pensé en el gato al verle allí, fumaba sin prisa un pitillo. Una mochila en el parterre, unas botas de montaña. Era una ocasión feliz. Contrastaba nuestra indumentaria con la suya, nuestra alegría con su indiferencia. Al volver estaba en el mismo sitio. Es posible que también esta noche. O tal vez estuviera de paso. A estas horas calienta el sol en esa plaza, y no hay donde resguardarse. Acaso si hubiera césped y árboles podría ser como la raíz de un ficus, y unirse al tronco y a la tierra, o ser una orquídea que sestea bajo un helecho. Mi gato huye del asfalto, salta de madera en madera, de toldo en toldo. Mi gato es doméstico y salvaje, vuelve a casa a comer y ronda nidos y jardines cuando se escapa porque no hay forma humana de retenerle que no pase por una jaula. ¿Meterán al chico de cabello rubio a una jaula también? ¿Le pondrán una multa dirigida al banco del parque? ¿Le reclamarán sus escasas monedas en un ejercicio de autoridad?

Mi gato moriría en una jaula, y hay quien tiene alma de gato, de gorrión, de nube. Hay quien necesita una fuente de agua limpia y tener dónde resguardarse de lo recio del sol y del frío, de lo hiriente de la realidad, de las cámaras indiscretas. Si yo fuera gato o tuviera mi vida entre los setos no sé qué necesitaría. Sé que una jaula no, una jaula nunca. Mejor unas botas curtidas, para ir y venir, intentando, aunque no lo parezca, el camino a casa.

martes, 21 de junio de 2022

Nápoles

 

Nápoles me ha parecido demasiado grande. Cada vez que vuelvo me parece más masificada, más agotadora, más ruidosa.  Los muchachos que están en los bares riendo y bebiendo son siempre los mismos, y el azul es delicado, y yo, querido mío, me he prometido no viajar sola nunca más.

Recuerda la última vez que vinimos. Entonces éramos más, es la maldición de los años. Cada día falta alguien. La semana pasada Jose, hoy ha sido Celeste, tan bonita como siempre. Estaba un mundo de años sin pensar en ella. Pero hoy se ha ido y ya no está, como resumen.

Ya me dijiste que Nápoles no, que mejor algo más tranquilo, y yo te tengo que dar la razón, porque ya no estoy para pelear por un taxi. La vida me ha ido apartando de muchas cosas, entre ellas un taxi. Esperarlo, llamarlo. Prefiero caminar, ir a todas partes pisando fuerte, fijándome en las paredes, o conduciendo un coche alquilado cualquiera. Ya sabes que viajo con libros y muchos planes, pero que al final siempre termino leyendo en cafés. Recuerdo lo decepcionado que estabas aquellas primeras veces en las que no hubo apenas un cruce de palabras. Aún creo a veces que fue porque soy mortalmente aburrida, que lo soy aunque me digas que no me trate mal. Tan sólo soy realista y debería ir pensando en ser también sincera, ahora que queda poco por ocultar. Me gustaría morir quedándome dormida con uno de esos libros maravillosos que llevan las tapas de piel. Como si pudiera viajar con sus letras. Parece que te escucho decir que entonces no me lleve a Proust. Es, como dices, especialista en desmenuzar la nada mejor que nadie. El tiempo perdido, decías, y se te escapaba una risa. Debería haberme ido contigo a la montaña.

Me traje una novela negra, cosas del trabajo, y un par de poemarios. Al segundo día encontré una librería y me compré una edición horrorosa de Ana Karenina. Busqué el final y ahí estabas. El hombre bueno, la trascendencia y el hijo. En el bar de mi hotel ponen música de Coltrane y el camarero ya sabe cómo me gusta el café. La moqueta está limpia y hay una señora que viaja sola y lee, como yo, pero ella partituras de orquesta. Lleva entre manos la sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, se la ve emocionada, inmersa en el segundo tiempo. Tal vez sea la música de su vida. Lleva unas piedras buenas en los pendientes y camina con tristeza. Tiene el teléfono silenciado. La llaman y no contesta. Toma café americano por las tardes y martini por la noche. Lleva unas gafas oscuras como unas que tuve para pelear con las timideces y que no me salvaron de nada. Me miro aún al espejo y veo aquel comentario de aquel señor al que todos admiraban por su ingenio. Eres una impostora, nada más que eso. Y yo lloré mucho ese día. Nunca haré nada que valga la pena, me dije muy flojito, casi para no escucharme. Aquel señor era un artista reconocido y yo una aspirante. Otro artista me dijo, borracho como una cuba, que nunca llegaría a ninguna parte. Posiblemente haya muerto también, como el artista, como Jose, como Celeste, y esté donde quiera que se halle diciendo mírala, lo sigue intentando, pobre infeliz.

Ahora Chet Baker. La señora de los pendientes verdes ha cerrado su partitura y tararea My sweet Valentine. Una pasión así, un destello de genialidad semejante. Toda la vida persiguiendo esa quimera de la creación. Buscar la voz propia es un camino atormentado que se alivia en momentos como este en el que llevo ya medio martini y me viene condenadamente grande, porque hay algo de renuncia en mi cuerpo y a veces se me olvida que no tengo salud para esto, ni me viene bien el azoramiento y la euforia entre extraños. Tengo un torbellino de palabras que no sirve para nada, como una ráfaga de poniente que trae basura por el aire y te alfiletea la cara para que te mueras de asco. El asco. Se me olvidaba este efecto secundario de beber a deshoras, des-días, des-años. No tengo excusa, llámame floja, que es medio martini y estoy pensando en dormir en el bar, aquí sentada en esta butaca de capitoné que no me llega a los hombros por detrás, por lo que, si me estás leyendo ahora, probablemente estaré con la cabeza colgando bien hacia delante (muerte del loro), bien hacia atrás (esguince cervical asegurado), y en unos días estaré en internet con un letrero que ponga karen in process, o algo así. Cuando estoy contigo hago menos estupideces. 

¿Ves por qué deberías haberme acompañado?

Hay una luz amarilla y cálida. Entra a veces por la ventana, entre estas cortinas ligeras que van y vienen como la vela de un barco. Proust hubiera dedicado al menos diez páginas a describir esta calidez, esta armonía que no es nada, sólo un instante congelado, un instante de paz en un universo bélico y feroz. Llegan noticias inquietantes, el mundo arde y hay quien está alimentando ese odio. En este bar parece que no ocurre nada. Tal vez por eso la gente los elige para huir de sus conflictos. En este bar, querido mío, hay una atmósfera neutral y amable, y todo parece estar bien entre personas de todas partes que conviven sin ningún problema. Hace un momento entró un chico, sij. Llevaba el orgullo de su kirpán sobresaliendo de un fajín de tela maravillosa, y en sus ojos, oscuros y perfectos, no se apreciaba ni un ápice de hostilidad. Cedió el paso a un señor más mayor que él, que pudiera ser alemán, holandés, qué sé yo… No tiene la mayor importancia. Lo único relevante es el discurrir pausado de las horas, entregadas, en mi caso a la observación, posiblemente estéril, de todo cuanto me rodea.

El mundo arde, dice una señora por teléfono en perfecto inglés. Arde, es indudable. Hay un televisor colocado con discreción, casi avergonzado de su existencia. El teletexto reproduce cifras de fallecidos, de destrucción, estadísticas de la infamia que para unos es liberación y para otros, derecho de conquista. Poco vale la vida cuando un cuerpo queda a merced del aire de la tarde en una carretera perdida. Lo más parecido a un sepelio es la imagen fija que acompaña al subtítulo, terzo mese, tercer mes. Hace ya tres meses. Aunque acabara hoy el conflicto, serán al menos diez años más de guerra.

No quiero ponerme triste. Es posible que recuerdes, o no, da lo mismo, que me propusieron un trabajo cerca de casa. No cuajó, no había dinero. Si no hay dinero no es trabajo, le dije a alguien que me aduló convenientemente al otro lado del teléfono. Pues otra vez será, me contestó, en un alarde de ingenio. Sé que no habrá próxima vez. Sabes que soy experta en bajarme de trenes en marcha, pero este ni había salido de la estación. Qué vida esta, pendientes de los dineros, de las querencias, de las amistades circunstanciales, que vienen a ser nada, o a menos, nada que valga la pena. Cuando colgué miré la cuenta del banco. Aún no debo dinero, pero estoy al borde del colapso. No te puedo engañar, a ti no. Me siento algo mayor para vivir en el alambre. Me llegó un mensaje de Roger. Tenemos que hablar. A saber qué quiere decir eso. Hablar de qué. Podría haberme avanzado algo, pero me da en la nariz que no sabe cómo empezar esta conversación. No puedo decirte el descanso que encontré al terminar cualquier relación personal o profesional con él. Bueno, tú sí lo sabes. Vuelve ahora, a intentar infiltrarse en mi vida con sus maneras de monja. Ya sé, tienes una tía monja. Con sus maneras edulcoradas, con sus maneras opacas y cargantes. No, Roger, no tenemos que hablar, le hubiera dicho, pero le dejé, como dicen los jóvenes, en visto. No tengo nada que aportar a este tema, querido, no me interesa nada de nada este tema, le hubiera dicho, pero ya me conoces, no me adorna la simpatía precisamente. Así que Roger espera que le indulte socialmente y yo espero no encontrármelo cuando vuelva por Alicante, que Alicante es un pueblo grande donde todo se sabe. Hasta la vuelta de alguien tan insignificante como yo.

No, no sé cuándo vuelvo. Me está gustando esto. Una señora me ha dicho si le doy clases de español. Es una huésped británica, encantadora, que viaja sola por primera vez. Peter, su marido, murió hace tres años. Eso es lo que le dice a la gente, pero en realidad Peter se fue con otra y ella le desea la muerte. Entenderás por qué me cae tan bien mi nueva amiga inglesa, que se ha comprado por medio de una inmobiliaria una casita minúscula en un secarral. Conozco la zona y espero que ella también, porque en ese lugar no hay ni malas hierbas, aunque pienso que será feliz donde vaya. Tampoco puedo decirte por qué, pero Marnie es feliz de dentro a fuera, y eso es casi como tener una escalera de color en este mundo de gente que nace con las cartas marcadas. Hemos quedado en vernos en el bar y probar si el camarero sabe hacer un Cosmopolitan en condiciones, que será lo menos importante, porque por bien ejecutada que esté la copa, el efecto en mi cuerpo será infinitamente peor. Me río pensando en cuando estuve aquella tarde con Leire y probamos a beber absenta. Qué temeridad. Nunca más, nos hemos prometido. Y somos ambas mujeres de palabra.

Me dijiste que iríamos a Cartagena, aún podemos hacerlo, si nuestras citas médicas nos dejan un respiro. Ver las ruinas romanas y ese mar, incansable y vivo, que recibe la vida con un abrazo. Las teselas, las piedras… Voy a ser una ruina poco vistosa, estoy empezando a pensar, mientras veo a las parejas corriendo al agua. Hay sin duda una edad en la que todo el cuerpo responde a un propósito plástico, y todo es armónico y encaja con la idea misma de la felicidad, con la energía, con la pasión. Fuimos esos y aún lo somos, llenos de ganas, ansiosos, hambrientos de otra mañana brillante, de otro café, de otro día. Echo de menos entrar en el agua corriendo, vencer la resistencia, sumergirme agotada, buscarte como una boya y apenas enlazarte los brazos en el cuello para después flotar tostándome, aunque sean sólo unos minutos, en los que soy como un alga que serpentea prendida de un pie minúsculo sobre el fondo, para salir y secarme al sol como las bolas de posidonia, para rodar con el impulso de una ola pequeña que me lleva y me trae hasta el abandono. A veces nos hemos sentido tentados de vivir lejos del mar y la sola idea nos ha entristecido. Qué seríamos nosotros lejos de esta playa, de cualquier playa. Un mar, aunque sea helado. Un mar tibio, un mar con mujeres de vestidos blancos… No me has preguntado cuándo vuelvo, pero te lo digo ya. Pronto. Lejos de ti me ahogo. Marnie se ríe, que conste. Le leo lo que te escribo y dice que hay algo pasional y adolescente en mis letras. Marnie fue profesora de lengua, o eso dice, y me reprocha falta de fuerza. Mas energía, me dice, mucho más energía. Deberías conocerla.

Hoy han encontrado a un muchacho con un disparo en una pierna. Nadie dice nada, pero en la calle la sangre sigue tiñendo el asfalto. Es un recordatorio continuo de otro Nápoles que no conozco. El chico ha sobrevivido, lo he leído en la gaceta local, porque aquí nadie dice una palabra del asunto. Viví siendo estudiante en un barrio donde las mujeres andaban por la noche, y se escuchaban gritos y malas palabras. Conviven muchas ciudades en una, muchos barrios, muchas calles, de día, de noche, solapados, sin verse. La calle manchada de sangre se parece a aquella calle donde también, a veces, había restos de un navajazo en el suelo. Todas las sangres se parecen cuando las absorbe el suelo, que anda siempre con una sed que espanta, que nunca tiene bastante. Aquí el suelo está sediento y despide un calor bascoso y seco. Parece a ratos que no se puede respirar. Esta mañana me ha ocurrido, mientras me latía una parte indeterminada del cuerpo. Ahí no hay nada, me decía mi médico, y al final sí había. Ese miedo, amor, ese miedo implacable que tiene ahora Lucía, que le seca la boca y le encrespa los dedos. Sergio me llamó para decirme que estaba débil. Cómo le quiere ella, con ese amor que es admiración y es consciencia del tiempo, de los hijos, de esas flores de frutal que veo desde la ventana. Me traje la nikon para usar el teleobjetivo, y parece que hay una tienda donde aún revelan carretes. Tengo una  foto de Lucía en blanco y negro, con ese olor que tiene las fotos, a química y a revelación. Está seria y dulce, como si esa foto fuera para Sergio. A ella no le gusta demasiado tomarse fotos. Es tan bonita… echo de menos su voz y su risa, y echo de menos su mundo siempre estético y cuajado de imágenes hermosas. Los que viajamos poco viajamos con los demás, vivimos sus vidas, somos partícipes de sus desafíos. En esa foto Lucía lleva un jersey de rayas marineras. Al decirme tú esta mañana que ibas a salir en bicicleta os vi a los dos por aquí cerca, tomándoos un vermut, esperándome. Habíamos hablado tantas veces de ese día que para mí ya ha ocurrido. Me he sentido feliz al imaginar ese momento en el que no habría nada sórdido ni triste: nada más unos viejos camaradas, románticos y cínicos, perdidamente sentimentales.

Sergio me escribe con su teléfono. Las personas tenemos una manera especial de expresarnos. Sergio quiere que me sienta bien, y me da esperanzas, pero eso precisamente es lo que me hunde. Tan bonita, tan dulce, tan inteligente. No tengo palabras para expresar tanta tristeza. Por eso he querido venirme aquí a recuperarme, para que tú descanses, a medio camino entre nuestra vida y la vida que se escapa en habitaciones en las que dormitan nuestros amigos. Me da miedo pensar que Sergio ya no me escriba, o que me llame para decirme algo que no quiero escuchar. Esa llamada, esa llamada que es distinta y es igual. Esa llamada que recueras toda la vida porque te falta el aire y la vida es peor, más triste, más vacía. Más pobre.

Hay una señora que se llama Sofía, su marido se pasa el día fuera, creyéndose un conquistador. Lo tengo ahora donde quiero, dice ella, porque los dos somos muy mayores y él no está para nada. Antes era un galán y ahora es un globo que yo pincho cuando sube. Pero era muy guapo, me dice, y me enseña fotos de un señor rubio con maneras de cantante melódico. No te espantes, que yo le quiero con locura, pero es más un hijo que un marido, para qué vamos a engañarnos. Se encoje de hombros y se ríe, acordándose de una de las muchas aventuras que él tuvo. Aquella pobre pensó que se iba a divorciar… si es que las mujeres somos tontas. O nos lo hacemos, le digo yo, por decir algo. Vuelve el galán y se van juntos. Él le ha traído una flor y yo me he pedido otro café, con hielo, prego. Mi cuerpo está acartonándose, volviéndose cada vez más leñoso, y absorbe cualquier líquido con una avidez espantosa. Como si hubiera algo latente que a veces estalla lejano, avisando de una catarsis, algo escondido bajo capas de tripas y carne que sirve más bien para poco, Roger querido, Roger amigo, Roger paciente. El hielo se va fundiendo lentamente: no soy consciente del calor que me rodea. Estoy sumergida en un ambiente de nave espacial. El aire huele igual a todas horas, tiene la misma temperatura, el sonido fluctúa tan solo un poco, como imitando el oleaje, meciendo las quimeras de todos los que nos hemos llegado hasta aquí, como barcos que nadie reclama, lleno el casco de lapas, abarloados, y hasta cierto punto, felices. Es la soledad la que llena los bares, me recordaba hace poco un amigo. Vine yo a este buscándola y no lo he conseguido. Es tan fascinante la gente, tienen sus voces tantos colores, hay tantas vivencias en ellos… Ya sé. Es la avidez del que flaquea por haber visto otra vez el precipicio, y que le impulsa a alejarse un poco para sentirse libre, para sentir el miedo de perder de vista la costa, para probarse una vez más, como si en el miedo hubiera una gran prueba de vida, o alguna enseñanza. Ya sé que tú crees que esto no es más que una fiebre que ha de pasar de largo y que me dejará exhausta y con ganas de no repetir un desafío semejante. Pero necesitaba volver a Nápoles, para como uno de esos barcos que vi esta mañana emprender la vuelta siguiendo varios rumbos. Lo llaman derrota. La vuelta es una derrota si no se tiene donde volver, y yo, querido mío, sólo puedo volver a ti, no sé ir a otra parte. Nápoles es  un puerto de paso. Los días son puntos de paso entre verte y no verte, entre libro y libro, entre un precipicio y el siguiente hasta que no haya más.

Espérame, esta noche vuelvo a casa.